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25 diciembre 2010
23 diciembre 2010
Lititz/Santiago
Traté de inventar un fondo...
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| Fotografía Leo Cobo www.leocobo.es |
que es intangible, infinita
como el universo,
como el universo,
azul, absurda,
divina y monstruosa a la vez,oprimida por las formas,
esclava de la estructura
de los conceptos,
que quiere expandirse
sin materia
y se aterroriza
ante el precipicio,
como un abismo
al que te dejas caer
y vuelas.
TACTO DE FACTO
Desconozco la diferencia entre la suavidad y el desprecio. Para mí son conceptos similares. Desde el 73 no los explico ni los distingo.
Laura se empeña en coleccionar esos huacos eróticos de la cultura moche que para mí solo tienen una finalidad: recordarme que la falta de sensaciones no es algo que te impida vivir ni que te torture, aunque prescindir del tacto no significa prescindir del dolor.
Puedo describir la piel de su espalda con la misma indiferencia que al pasar los dedos por el mármol de una lápida, o sobre esas vasijas del Cuzco que decoran la chimenea, como único escenario donde se repiten las posturas sexuales y los miembros erectos.
Laura sí me siente. Experimenta con mi cuerpo. Supongo que su empeño es inversamente proporcional a mi respuesta. A veces pasa su lengua por mis ingles con lentitud y yo escucho la ligera presión de su rostro entre mis piernas, trato de imaginar el calor húmedo de su saliva, la venenosa y dulce mordedura de su boca. Pero mi estómago no se contrae, no se abren mis poros más de lo que puede abrirse el tejido de las sábanas. Intento mentirle, decirle que lo siento. Y ella simplemente arremete otra vez balanceando la gravedad de sus senos sobre mi torso lampiño.
A menudo deseo ser ciego. No porque sea más digno carecer de un sentido que de otro, sino porque al apagarse el mundo dentro de los ojos, surgen las percepciones olvidadas y muertas que yacen fuera del cuerpo. Ya ni siquiera soy capaz de recordar el contacto helado y el golpe seco de la picana. Mi cerebro por borrarlo, lo borró todo. En la oscuridad de aquella celda se desprendieron de mi las texturas y con ellas el género hombre. Máscaras o vendas, cuerdas, sed y hambre, el persistente dolor de la electricidad en los genitales, ese hedor a chamusquina, el recorrido caliente de las heces y la orina por mis muslos...Y luego una ausencia del mundo que solo yo fui capaz de proclamar cuando me vendaron los ojos con mi propia bufanda.
Tocar, palpar, acariciar, rozar su pubis es un acto mecánico que no conduce a nada. Ese hilo invisible del placer, del goce de su cuerpo, se ha roto y sus cabos se han perdido en la profundidad de mi olvido y mi memoria. Ahora aunque lo intento no soy capaz de unirlos nuevamente. No son mis dedos los que han perdido las huellas de las cosas, es cada centímetro de mi piel que se ha vuelto inerte, loco, que le da lo mismo el calor que el frío, el sudor que el llanto.
Quisiera encontrarme con ese hijo de puta en un interminable simulacro de fusilamiento y devolverle al final todo este vacío con un tiro en las pelotas.
Laura se empeña en coleccionar esos huacos eróticos de la cultura moche que para mí solo tienen una finalidad: recordarme que la falta de sensaciones no es algo que te impida vivir ni que te torture, aunque prescindir del tacto no significa prescindir del dolor.
Puedo describir la piel de su espalda con la misma indiferencia que al pasar los dedos por el mármol de una lápida, o sobre esas vasijas del Cuzco que decoran la chimenea, como único escenario donde se repiten las posturas sexuales y los miembros erectos.
Laura sí me siente. Experimenta con mi cuerpo. Supongo que su empeño es inversamente proporcional a mi respuesta. A veces pasa su lengua por mis ingles con lentitud y yo escucho la ligera presión de su rostro entre mis piernas, trato de imaginar el calor húmedo de su saliva, la venenosa y dulce mordedura de su boca. Pero mi estómago no se contrae, no se abren mis poros más de lo que puede abrirse el tejido de las sábanas. Intento mentirle, decirle que lo siento. Y ella simplemente arremete otra vez balanceando la gravedad de sus senos sobre mi torso lampiño.
A menudo deseo ser ciego. No porque sea más digno carecer de un sentido que de otro, sino porque al apagarse el mundo dentro de los ojos, surgen las percepciones olvidadas y muertas que yacen fuera del cuerpo. Ya ni siquiera soy capaz de recordar el contacto helado y el golpe seco de la picana. Mi cerebro por borrarlo, lo borró todo. En la oscuridad de aquella celda se desprendieron de mi las texturas y con ellas el género hombre. Máscaras o vendas, cuerdas, sed y hambre, el persistente dolor de la electricidad en los genitales, ese hedor a chamusquina, el recorrido caliente de las heces y la orina por mis muslos...Y luego una ausencia del mundo que solo yo fui capaz de proclamar cuando me vendaron los ojos con mi propia bufanda.
Tocar, palpar, acariciar, rozar su pubis es un acto mecánico que no conduce a nada. Ese hilo invisible del placer, del goce de su cuerpo, se ha roto y sus cabos se han perdido en la profundidad de mi olvido y mi memoria. Ahora aunque lo intento no soy capaz de unirlos nuevamente. No son mis dedos los que han perdido las huellas de las cosas, es cada centímetro de mi piel que se ha vuelto inerte, loco, que le da lo mismo el calor que el frío, el sudor que el llanto.
Quisiera encontrarme con ese hijo de puta en un interminable simulacro de fusilamiento y devolverle al final todo este vacío con un tiro en las pelotas.
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