Supongo que tendré que retirarme a vivir un tiempo
atravesar esas cortinas de gasa
que acariciaban mi frente
cuando no medía ni tres palmos
correr entre las hileras
desparejas de árboles azules
arremangarme de nuevo la camisa
para lavar mis brazos
en la fuente de tu cuerpo
y ver caer la lluvia a lo lejos
mientras se incendia el monte
sudar sin despertarme
de aquella pesadilla
y esperar que a mi mano
le quepan esos guantes
cuando llegue la nieve.
Sí, supongo que tendré
que retirarme a vivir un poco
antes de que llegue ese invierno
en el que tu sol se ponga.
Sube a una silla
y se trepa a un ventanuco
por el que sopla su alma.
Desacomoda
sus músculos faciales
para esculpir una sonrisa.
En una mesa doblada
por el agua
convoca al sol
de las miradas de su infancia.
Entre tantos productos
de la industria humana
se sirve miel en la tostada.
Ese líquido venerable
que transforma
en amables sus palabras.
Yo sólo creo
en mi "estrella underground"
porque cierro los ojos
y ella me canta aún debajo de la tierra
una melodía de bronquios maltrechos. Espero su música cada noche
encerrada en un cuarto de baño
porque ella es capaz de auyentar
cualquier fantasma
ella es el final de todas las pesadillas
y el alba de todos los insomnios.
Ella es mi "estrella underground".
Sube...Sube... Sabes? Todavía te espero. La brisa marcando el compás de la tarde de un día de enero. Tus manos apenas creciendo (las venas fragantes) recorren mi pecho. La hierba en tu pelo. El sol en tus ojos. Saliva en los versos.
“Es que no lo ves? Es una lengua. Una inmensa lengua
de un material muy extraño”
HARMONIUM
Hacía mucho tiempo que no nos tomábamos de las manos. Recorrimos la secreta tienda, ella me seguía sin ver nada, como una celadora o una enfermera. Yo creo que el error es que alguna vez la amé. Sí, la amé y eso cambió todo. Se mezclaba su silencio con los muebles kitsch, la numismática digna de Aureo & Calicó, un par de chelos y una pequeña guitarra portuguesa. El dudoso anticuario no nos despegaba la mirada, que pasaba obstinadamente de nuestras cabezas a unos espejos en el techo, que seguían mostrándole nuestras cabezas y en algún otro ángulo también le mostraba nuestras manos. Lo vi entonces. Apareció ahí arrinconado y cubierto de polvo. Era una época en la que gastábamos dinero en cosas inútiles, sin embargo no me atreví a preguntarle si le parecía buena idea comprarlo. Después de tantos años de advertencias y amenazas ya me había replegado. Era un objeto que si entraba en la casa saldría yo detrás sin ninguna duda por la ventana. Y ella se encargaría de eso con la ayuda de mi padre. Al cabo de un par de horas nos despedimos del improvisado salón de arte con un ademán imperceptible dirigido al hombre hindú que la regenteaba y salimos al aire fresco de la tarde. Se detuvo el autobús frente a nosotros y bajó un hombrecito leyendo un periódico amarillento. Sentí la misma inquietud que cuando me sentaba en el último banco de la iglesia y se acercaba poco a poco la mujer de la colecta, con esa bolsa oscura que representaba para mí las comilonas del cura. El pequeño hombre calvo miró de soslayo hacia atrás, hacia nosotros y se metió apresuradamente en la tienda, doblando bajo el brazo su ajado periódico.
“Alguna vez has estado al lado de un asesino sin saber que era un asesino?”. Mi pregunta no obtuvo ninguna respuesta. Así que continué: “Creces y te vas transformando en asesino sin saberlo. Ciertamente tú no lo sabes, pero lo eres.”
En ese momento seguramente ella pensó: “Deberías estar en ese manicomio” pero no lo dijo. El autobús giraba rodeando la plaza, bajábamos en cinco minutos.
Cuando desperté por la mañana me puse a recortar mis figuras de papel. Estuve un largo rato recortando una medusa sobre mi cama. Me levanté para ir hacia la cocina y me golpeé la cabeza contra una esquina de la pared. Recordé cuán lejos estaba del equilibrio. Me pasé la medusa por la herida. Se aplastó. Se desintegró. Se transformó en una escabrosa bola de papel que fue a parar a la basura.
Vi mi viejo teclado en un estante. Hacía meses que mis dedos temblorosos no coordinaban. Podrían morir en un cerebro para siempre el sentido del ritmo y la melodía?. Seguía lobotomizado, con una maleta cerrada y cargada con la mitad de mis cosas en el oscuro despacho, esperando en silencio una señal que me dijera: “Ahora!” Entonces recordé la tienda de antigüedades y aquel viejo harmonium. Tenía que conseguir que alguien me ayudase. Pensé en Francisco pero era de esos amigos que hacen ver que te ayudan y luego te delatan. Necesitaba que me trajeran el armonio a casa, que entrase sin que lo vieran y que fuese a parar directamente al despacho. Me encontraba algo confuso y obnubilado, me faltaban o me sobraban datos entre los recuerdos. Serían las pastillas. Habrían ocurrido realmente o eran invenciones de mi memoria? En cualquier caso a la mañana siguiente volvería por ahí y evitaría las pastillas. Quizás volviese a un lugar en el que nunca había estado.
Después de desayunar me fui paseando a pie por la ciudad. La vida me resultó mucho menos monótona de lo que creía sin los efectos del topiramato. Me convencí definitivamente de que el auto conspiraba contra mis percepciones, sensaciones y sentidos. Me estaba volviendo un paramecio. Detenido en medio de la acera, sin mi caparazón de ciento cinco cavallos y solo, reaparecieron mundos frente a mí que estaban secuestrados. Cuando iba con ella tampoco los veía, no percibía nada, sólo su permanente control, su cápsula, sus tentáculos. Su silencio vigilante, amenazante. Su habilidad para omitirme.
Llegué a la tienda y entré al mismo tiempo que lo hacía el hombrecito calvo. El vendedor hindú me reconoció de inmediato. Le pregunté por el instrumento y por las posibilidades de transportarlo. De pronto se me ocurrió que el pequeño hombre de los periódicos era un cómplice perfecto. Él tendría que mantenerla ocupada el tiempo suficiente para que estuviera terminada la mudanza.
Algo de ésto le dije y estuvo de acuerdo. Estuve por preguntarle cuánto costaban sus servicios pero me pareció que el precio dependería del trabajo que ella le diera, así que lo dejé en sus manos.
Acordamos con el hindú una fecha. Sería el martes por la tarde. Intercambiamos allí unas señas y quedó todo pactado con exactitud.
Decidí no hacer ningún cambio en mi mediocre existencia hasta el martes, porque si se introducen demasiadas variables las posibilidades de error se multiplican.
Era ya muy tarde el lunes por la noche y yo continuaba con la puerta del despacho cerrada y la luz encendida, un convicto por propia voluntad. Pero no quería retroceder, ni quería que me hicieran retroceder hasta caer de culo. A los cuarenta años ya había fracasado en casi todo y siempre a fuerza de retroceder como una herencia kármica. Ahí afuera estaba lleno de esa clase de monstruos que avanzan sobre peldaños de cabezas. Aún así la realidad nunca llegó a defraudarme completamente y muchas veces superó mis locas fantasías. Decidí que ya no quería pensar más por esa noche y me fui a dormir.
Por la mañana me sentí entusiasmado cuando ella me dijo que tenía un día muy complicado. Así que abrí el cajón de mi mesilla de luz y busqué mis tijeras. Esa mañana recorté gusanos, enormes gusanos anillados y cubrí las mantas de fauna cadavérica.
Como a las once y media llegó el armonio. Hubo que hacer toda clase de maniobras para meterlo por la puerta. Al cabo de dos horas estaba finalmente instalado en el estudio. Sentí la misma satisfacción que si me hubiese librado de algo podrido que ocultaba en el trastero.
De inmediato comprobé con euforia que todos los intentos por abolir el pasado habían resultado insuficientes. Estaban intactas en un cajón mis partituras. Era increíble que sobrevivieran a tantas mudanzas y a tantos intentos deliberados por extraviarlas. En medio de un silencio casi religioso comencé a tocar “Home Sick Home”, sin rabia y sin pastillas. Quizás había recuperado mis manos y mi música. Estuve encerrado horas. Extraviado en las profundidades del harmonium, con un éxtasis sexual, un orgasmo interminable y liberador.
En un instante de los que recuperé la compostura escuché sonar insistentemente el telefonillo. Atendí y entre los desafinados bocinazos que subían de la calle escuché su voz: “Ábreme quieres!! Dónde estabas?”. Aturdido cerré nuevamente con llave la puerta del estudio. Escuché detenerse el ascensor y abrí la puerta. Ahí estaba, despeinada y sucia. Como si fuera diez años más vieja y más verborrágica: “Te acuerdas de ese hombre bajito que vimos al salir del anticuario? Es increíble, me preguntaste si alguna vez había estado al lado de un asesino. El muy cerdo me quiso robar el bolso. Lo tironeé justo a tiempo y tropezó. Aún están los bomberos recogiendo sus pedazos de las vías del tren.”
Y si te ahorcaras con el nudo de tu corbata? Si dejaras por fin el sordo sonido de la habitación vacía?
Donde me mira
un cartel de la Garbo
estúpida Ninotchka.
No existe ningún dato
ni cómo
ni por qué de tu pericia
pero el amor se acaba
y llega el tedio.
Un rostro ligado
a la mitad de la existencia
y para sentenciarlo
no habría pruebas.
Entonces Los sueños eran tan pequeños...
Apenas cabían en un día
En una larga mañana.
Aunque no se cumpliesen
Siempre un sueño
Rescataba a otro sueño.
Entonces
Subíamos a los árboles
Y creíamos que lo más alto
Para ver el mundo
Era el molino.
Entonces
Cada cromo era
Codiciada fortuna
Un tesoro que estaba
Allí
Para nosotros.
Y las celebraciones
Advenimientos milagrosos
De amores extraviados
Detrás de las cortinas.
Entonces las canicas
Tenían un sabor prohibido
Irregular, redondo
Del vidrio dentro de la boca
Necesitábamos dos manos
Para beber la leche
Y al dueño del balón
Esperando en la esquina
Seguimos siendo vagamente
Los de entonces
Que no éramos felices
Sino gloriosamente indiferentes.