Me gusta el verano. El silencio pesado del aire.
Nunca pensé si moriría en invierno
o en verano bajo una sombra de cuarenta grados.
Nunca pensé tampoco si tendría que escoger
a cuál de mis hijos darle la última gota de agua.
Y veo cruzar por el cielo de este oscuro infierno
un águila carroñera vestida de resplandeciente oro.
Debo haber cogido mal la carretera
y me estrellé contra una roca antes de subir al avión que me trajo aquí.
En mis sueños anoche dejé Yibuti.
Cuatro minutos antes abandoné Kenia.
Unos novecientos mil somalíes están refugiados
en países vecinos a causa de la sequía y la hambruna.
Algunos llevan veinte años viviendo en el campo de refugiados,
El de Dadaab supera las cuatrocientas mil personas
pero sólo puede acoger noventa mil y continúan llegando unos mil trescientos al día.
con treinta toneladas de ayuda no alimentaria a Mogadiscio.
Pero hoy aterricé en Madrid.
Fiesta y algarabía motivadora para quinientos mil evangelizados.
Pasado mañana estarán en sus casas
contando el subidón del verano en Madrid.
El jardinero vestido de blanco no advirtió
que los olivos morirían en dos semanas si no eran trasplantados.
En un imperfectísimo mundo tendría razón el jardinero,
habría que llamar a especialistas para que los salvaran.
Sus vidas se parecen cada vez más a las de unas escuálidas plantas
abandonadas en un invernadero bajo el sol de África.
Está científicamente probado
que el ritmo cardíaco mínimo se registra cuando dormimos.
Y ya queda muy poca gente a la que le sigue latiendo el corazón
de un modo casi imperceptible.
Quedamos dos grandes bandos:
los antropológicamente definidos
y los que nos importan menos aún que los animales.
Luego quedarán los sobrevivientes adaptados y los no adaptados,
como yo que deben ser disciplinados para seguir siendo considerados humanos.
Los no sobrevivientes ya sabemos todos quiénes son.
Yo sólo soy un hombre, o una mujer,
que corre detrás de sus propios pensamientos,
un ser antropológicamente definido por ahora
y sobreviviente inadaptado
que apenas pretendo dejar un rastro de olvido detrás de mí.
Al fin y al cabo un poeta es más que un payaso?
No tengo ninguna otra inquietud por las noches
que aferrarme a mi almohada
para que no me arrastre el naufragio del sueño.
Veo a través de sus ojos un futuro que me espanta
pero mis propios ojos no ven nada ciegos de tanto imaginar.
Cuando era pequeña no importaba cuánto era mucho o poco.
La medida de la felicidad estaba en la sorpresa,
en algo que hemos perdido irremediablemente
si no somos capaces de trasplantar un olivo,
aunque luego termine muriendo en la azotea
de un piso ciento treinta y tres.
Porque entonces ni los paneles solares
ni sus ojos como arañas aterciopeladas
extendidas vigilando el abismo podrán salvar ya nunca más a nadie.
Estaremos todos ocupados en mantener quietas las aguas
del espejo donde se reflejará Narciso.
La principal ocupación de los privilegiados es la intriga,
la red de influencias, el vínculo que los une al resto de privilegiados,
un mundo de pirámides humanas
en el que algunos seremos sólo abono y combustible.
La libertad se ha transformado en una quimera,
hemos sido empujados a no elegir eligiendo.
Y como ya no es un bien común
pues simplemente será abolida y reemplazada por la norma.
Fingiendo ignorarlo todo vamos dejando detrás un tendal de muertos.
 |
| Fotografía Andrés Serrano © |