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04 diciembre 2011

EL HIJO DEL MINISTRO

     Creía que nunca me volvería a pesar tanto una valija como aquel flamante portafolios de cuero marrón del colegio. A la salida de clases formábamos un pequeño grupo con el tano Tenembaum, con Hojman, con el vasco Oyonarte y nos íbamos a la estación de Plaza Once, que quedaba muy cerca, para jugar a emborrachar nuestros trece años de marmotas con unos brillantes y sudados tubos de moscato; costaban chauchas pues lo verdaderamente codiciado y costoso era el especial de jamón y queso que vendían, con un pan blanco y crujiente de corteza blandita, que resplandecía dentro de una campana de vidrio, cargado de un jamón cocido que nunca más olió igual y un queso cortado a máquina, grueso y algo picante. Comer el especial implicaba el sacrificio de volver caminando a casa, y volver de Plaza Once a Plaza Italia era demasiado; quedaba muy lesionado al día siguiente, me costaba ponerme los zapatos y tenía que repartir paquetes en la fábrica de mi tío.  


     Mi padre era muy estricto acerca de que los niños manejáramos dinero, pero no era muy contemplativo de las leyes laborales y su peronismo no se aplicaba a la doctrina casera; a él, que en el barrio lo llamaban el Ministro, nadie le iba a reprochar que le saliera un hijo vago. Así que inventaba múltiples ocupaciones para nosotros, en lo posible siempre unos cuantos barrios más lejos de donde tenía su bulín, en el que vivió la mayor parte del tiempo la vecina, Antonieta.
     En todas las épocas hubo alguien que supo aprovecharse de las desesperaciones ajenas. Y en esa época fue Domínguez. Me había dicho: “Si me prestás las témperas, te compro un sánguche, un especial” . “Hecho”. Y en la clase de dibujo presencié indignado cómo apretaba los pomos despiadadamente, vaciando en las hojas Canson toneladas de pintura. Yo le decía: “Pará!” y él, cínico, repetía: “Me gusta la textura”.   Así que yo me consolaba pensando en el especial de jamón y queso y en cómo se me iba a deshacer dentro de la boca.
     A la salida fuimos a la estación a pedir nuestros moscatos y se nos añadió la apalabrada compañía de Domínguez, con los soquetes caídos y la valija escrita con birome. Al llegar a los mostradores que escondían los barriles, Dominguez pidió “un especial” y apenas se lo entregaron le hincó el diente de tal manera que se llevó por delante medio sánguche. “Qué me dijiste cara dura?. Teníamos un trato!”. “Sí, como vos decís, teníamos” y se echó a correr agarrando la valija.   No me dio tiempo de reaccionar o ahí mismo le hubiese puesto el ojo morado.  Pero les dije a los muchachos: “Mañana lo mato a piñas”.
     Me pasé el día disfrutando de la visión de la cara mormosa de Domínguez. Al llegar por la tarde al colegio se separaba la muchedumbre a mi paso como en un western que espera su duelo al sol. Se corría la voz por todas las aulas: “Hay piña”. “A la salida hay piña”.

FOTO ARTEOSCURA

     El retado a duelo ni siquiera se enteró por mí. La masa quinceañera lo aupó como posible vencedor antes de que se diera cuenta del tamaño de sus brazos y sus piernas de escarbadientes.
En el primer recreo desapareció la población escolar del patio; en cambio en Plaza Once, al pie de las masónicas cenizas del monumento a Rivadavia, se formó un círculo de guardapolvos grises. Domínguez y yo, frente a frente, separados por dos metros de polvo de ladrillo. Comenzó a saltar como un púgil peso pluma y a mover los puños de manera frenética, mientras su jopo engominado se resistía a caer sobre los ojos. Cada vez que yo tiraba un puñetazo gritaba “Oooooleeeee” y lo esquivaba. Pero en mi pecho y en mi estómago ardía la humillación del especial robado y la visión que me había alimentado durante todo el día. Entonces, sin amagar siquiera, embestí como un toro bravo; me tiré encima de él y empecé a pegarle en la cara. Veía sus ojos de terror y sus mejillas enrojecidas, pero todo en mi cabeza eran témperas y sánguches que gritaban “Justicia!”.
     Si nos hubieran separado un minuto antes se hubiera ahorrado el ojo morado pero, al fin y al cabo, tenía su lección y ya no se haría el listo con nadie. Yo, ese día me fuí a pie a casa. No me acuerdo de haber caminado, sino de haber sido transportado por mis pensamientos. Las témperas vacías que me compró mi vieja. Los paquetes inmensos que me esperaban en la fábrica. Los especiales que me podría haber comprado con un sueldo. Y la cara mormosa del Ministro, si verdaderamente existiera la justicia.


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