“Mira...Es una cuna” dijo Horacio acercándose.
“Y qué hay dentro? Preguntó ella.
“Es que no lo ves? Es una lengua. Una inmensa lengua
de un material muy extraño”
HARMONIUM
Hacía mucho tiempo que no nos tomábamos de las manos. Recorrimos la secreta tienda, ella me seguía sin ver nada, como una celadora o una enfermera. Yo creo que el error es que alguna vez la amé. Sí, la amé y eso cambió todo. Se mezclaba su silencio con los muebles kitsch, la numismática digna de Aureo & Calicó, un par de chelos y una pequeña guitarra portuguesa. El dudoso anticuario no nos despegaba la mirada, que pasaba obstinadamente de nuestras cabezas a unos espejos en el techo, que seguían mostrándole nuestras cabezas y en algún otro ángulo también le mostraba nuestras manos. Lo vi entonces. Apareció ahí arrinconado y cubierto de polvo. Era una época en la que gastábamos dinero en cosas inútiles, sin embargo no me atreví a preguntarle si le parecía buena idea comprarlo. Después de tantos años de advertencias y amenazas ya me había replegado. Era un objeto que si entraba en la casa saldría yo detrás sin ninguna duda por la ventana. Y ella se encargaría de eso con la ayuda de mi padre. Al cabo de un par de horas nos despedimos del improvisado salón de arte con un ademán imperceptible dirigido al hombre hindú que la regenteaba y salimos al aire fresco de la tarde. Se detuvo el autobús frente a nosotros y bajó un hombrecito leyendo un periódico amarillento. Sentí la misma inquietud que cuando me sentaba en el último banco de la iglesia y se acercaba poco a poco la mujer de la colecta, con esa bolsa oscura que representaba para mí las comilonas del cura. El pequeño hombre calvo miró de soslayo hacia atrás, hacia nosotros y se metió apresuradamente en la tienda, doblando bajo el brazo su ajado periódico.
“Alguna vez has estado al lado de un asesino sin saber que era un asesino?”. Mi pregunta no obtuvo ninguna respuesta. Así que continué: “Creces y te vas transformando en asesino sin saberlo. Ciertamente tú no lo sabes, pero lo eres.”
En ese momento seguramente ella pensó: “Deberías estar en ese manicomio” pero no lo dijo. El autobús giraba rodeando la plaza, bajábamos en cinco minutos.
Cuando desperté por la mañana me puse a recortar mis figuras de papel. Estuve un largo rato recortando una medusa sobre mi cama. Me levanté para ir hacia la cocina y me golpeé la cabeza contra una esquina de la pared. Recordé cuán lejos estaba del equilibrio. Me pasé la medusa por la herida. Se aplastó. Se desintegró. Se transformó en una escabrosa bola de papel que fue a parar a la basura.
Vi mi viejo teclado en un estante. Hacía meses que mis dedos temblorosos no coordinaban. Podrían morir en un cerebro para siempre el sentido del ritmo y la melodía?. Seguía lobotomizado, con una maleta cerrada y cargada con la mitad de mis cosas en el oscuro despacho, esperando en silencio una señal que me dijera: “Ahora!” Entonces recordé la tienda de antigüedades y aquel viejo harmonium. Tenía que conseguir que alguien me ayudase. Pensé en Francisco pero era de esos amigos que hacen ver que te ayudan y luego te delatan. Necesitaba que me trajeran el armonio a casa, que entrase sin que lo vieran y que fuese a parar directamente al despacho. Me encontraba algo confuso y obnubilado, me faltaban o me sobraban datos entre los recuerdos. Serían las pastillas. Habrían ocurrido realmente o eran invenciones de mi memoria? En cualquier caso a la mañana siguiente volvería por ahí y evitaría las pastillas. Quizás volviese a un lugar en el que nunca había estado.
Después de desayunar me fui paseando a pie por la ciudad. La vida me resultó mucho menos monótona de lo que creía sin los efectos del topiramato. Me convencí definitivamente de que el auto conspiraba contra mis percepciones, sensaciones y sentidos. Me estaba volviendo un paramecio. Detenido en medio de la acera, sin mi caparazón de ciento cinco cavallos y solo, reaparecieron mundos frente a mí que estaban secuestrados. Cuando iba con ella tampoco los veía, no percibía nada, sólo su permanente control, su cápsula, sus tentáculos. Su silencio vigilante, amenazante. Su habilidad para omitirme.
Llegué a la tienda y entré al mismo tiempo que lo hacía el hombrecito calvo. El vendedor hindú me reconoció de inmediato. Le pregunté por el instrumento y por las posibilidades de transportarlo. De pronto se me ocurrió que el pequeño hombre de los periódicos era un cómplice perfecto. Él tendría que mantenerla ocupada el tiempo suficiente para que estuviera terminada la mudanza.
Algo de ésto le dije y estuvo de acuerdo. Estuve por preguntarle cuánto costaban sus servicios pero me pareció que el precio dependería del trabajo que ella le diera, así que lo dejé en sus manos.
Acordamos con el hindú una fecha. Sería el martes por la tarde. Intercambiamos allí unas señas y quedó todo pactado con exactitud.
Decidí no hacer ningún cambio en mi mediocre existencia hasta el martes, porque si se introducen demasiadas variables las posibilidades de error se multiplican.
Era ya muy tarde el lunes por la noche y yo continuaba con la puerta del despacho cerrada y la luz encendida, un convicto por propia voluntad. Pero no quería retroceder, ni quería que me hicieran retroceder hasta caer de culo. A los cuarenta años ya había fracasado en casi todo y siempre a fuerza de retroceder como una herencia kármica. Ahí afuera estaba lleno de esa clase de monstruos que avanzan sobre peldaños de cabezas. Aún así la realidad nunca llegó a defraudarme completamente y muchas veces superó mis locas fantasías. Decidí que ya no quería pensar más por esa noche y me fui a dormir.
Por la mañana me sentí entusiasmado cuando ella me dijo que tenía un día muy complicado. Así que abrí el cajón de mi mesilla de luz y busqué mis tijeras. Esa mañana recorté gusanos, enormes gusanos anillados y cubrí las mantas de fauna cadavérica.
Como a las once y media llegó el armonio. Hubo que hacer toda clase de maniobras para meterlo por la puerta. Al cabo de dos horas estaba finalmente instalado en el estudio. Sentí la misma satisfacción que si me hubiese librado de algo podrido que ocultaba en el trastero.
De inmediato comprobé con euforia que todos los intentos por abolir el pasado habían resultado insuficientes. Estaban intactas en un cajón mis partituras. Era increíble que sobrevivieran a tantas mudanzas y a tantos intentos deliberados por extraviarlas. En medio de un silencio casi religioso comencé a tocar “Home Sick Home”, sin rabia y sin pastillas. Quizás había recuperado mis manos y mi música. Estuve encerrado horas. Extraviado en las profundidades del harmonium, con un éxtasis sexual, un orgasmo interminable y liberador.
En un instante de los que recuperé la compostura escuché sonar insistentemente el telefonillo. Atendí y entre los desafinados bocinazos que subían de la calle escuché su voz: “Ábreme quieres!! Dónde estabas?”. Aturdido cerré nuevamente con llave la puerta del estudio. Escuché detenerse el ascensor y abrí la puerta. Ahí estaba, despeinada y sucia. Como si fuera diez años más vieja y más verborrágica: “Te acuerdas de ese hombre bajito que vimos al salir del anticuario? Es increíble, me preguntaste si alguna vez había estado al lado de un asesino. El muy cerdo me quiso robar el bolso. Lo tironeé justo a tiempo y tropezó. Aún están los bomberos recogiendo sus pedazos de las vías del tren.”
Para Flora del Valle "HOMESICK"

...me quedé con las ganas de ver el video. Muy buen relato. Saludos.
ResponderEliminarSandra
Tengo la suerte de tocar un armonio, que además estoy "restaurando", en una parroquia de mi ciudad. Buscando en Google me he encontrado con este fantástico relato. Ha sido muy sorprendente que recurras a un instrumento tan olvidado, inusual y desconocido, cuando un piano te habría servido. Felicidades por lo bien que escribes y por ayudar a que los armonios no enmudezcan para siempre.
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