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| FOTO DAVID ESCUDERO |
Ya se estaba acercando a la entrada cuando los vio. Sutilmente desordenados, esperando. Ella acompañaba con un lento zig zag de sus pies el movimiento imaginario de la acera. Su cuerpo avanzaba inmóvil, en realidad era su bastón el que tiraba de la acción hacia adelante.
Algo encorvada pero con cierto brillo en los ojos, su existencia la prolongaba más allá de lo respetable; y cada instante, como Melmoth el Errabundo, esperaba encontrar a alguien que la liberase. Tal vez por eso, mientras ellos vieron la presa, ella inmediatamente identificó al liberador.
Al llegar junto a la entrada volvió a mirarlos, inquisidoramente. Ellos estaban de pie junto al cantero, colocados como para una foto familiar; sólo el niño subía y bajaba de dos en dos los escalones, saltando una y otra vez como si jugase a la rayuela.
Se dispuso a embocar la llave en la cerradura y el más joven de los hombres, tomándole la mano con cuidado le dijo:
- Seguro que no se acuerda de mí...Vengo a traerle una carta de su hijo.
Giró la cabeza para pasar la mirada por los rostros pero ninguno le era familiar, así que preguntó:
- De quién? De Ricardo?
- Sí, de Ricardo.- Dijo el hombre joven, sonriendo, mientras la empujaba hacia el palier.
Antes de que pudiera evitarlo ya estaban todos con ella en el ascensor. Un silencio incómodo obligó a la mujer más joven a preguntarle:
- Le puedo preguntar cuántos años tiene?- Parecía tan sinceramente interesada que ella respondió:
- Noventa y dos m´hijita...
- Qué bien está! Tiene una piel muy bonita!
Le pareció estúpida pero sabía que no lo era. Cayó en la cuenta de que ella también podía preguntar ¿"De dónde es la carta"?. Pero temía la respuesta y qué sentido tenía hacerlo. Ya no había vuelta atrás.
Abrió la puerta del piso y entraron todos detrás de ella. Las dos personas mayores, que parecían los abuelos del niño, hicieron entonces su aparición:
- Qué hermoso departamento!- exclamó el hombre mayor.
- Una maravilla esa mesa. De dónde es?
- De Brasil- contestó ella. Y mientras lo hacía pensaba que lo mismo hubiera dicho "apoplegía", porque a él le importaba bien poco de dónde era la mesa.
Entró a la cocina y puso la cafetera sobre el fuego. No sabía si ofrecerles asiento o dejarlos hurgar los rincones, pero tomó la iniciativa la mujer de sonrisa estúpida.
- Siéntese que el té lo hago yo.
Y con una mano pesada sobre el hombro la obligó a sentarse. Le acercó una taza de té oscuro y humeante y se quedó un instante de pie junto a ella. Entró el resto de la tribu a la cocina y se sentaron alrededor de la mesa, hablando y preguntando trivialidades.
Recuperó, gracias a los efectos del té, unos recuerdos largamente perdidos; y aunque las voces seguían parloteando palabras sin sentido, ella veía una niña de trenzas bajo un limonero, en la casa de Salta, llevando la marmita con la vianda para su madre.
Las voces se disiparon, dispersas por la casa. Cruzó los brazos sobre la mesa y apoyó la frente en ellos. La cabeza pesaba una tonelada. Sentía los pasos por los corredores, las puertas que se abrían y cerraban, las manos hurgando en los cajones.
Los secretos que hurtaban las cucarachas olían a alcanfor y tomaban cuerpo en su mente confusa: el collar que usó en la recepción de la embajada, el reloj en el que miró la hora de la muerte de su padre.
Abrió los ojos o eso le pareció y el niño estaba sentado a su lado, vigilante, listo para dar la voz de alarma si gritaba. Sus ojos se clavaron en los de ella. Nunca había visto a un niño mirar de esa manera. Un niño que tenía el poder de un disparo. Ahí estaba: su liberador.
Pero no se inmutó, ni siquiera pestaneó. Y ella lo vio tan quieto que supo que era huérfano. La muerte de una vieja era una carga demasiado pesada para un huérfano. Así que cerró los ojos y esperó, soñando el robo de un interminable pasado, a que las cucarachas abandonaran el barco.
Adriana Fernández Lagoa

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