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17 junio 2012



LA PIEDRA DE LA LOCURA



“The Extraction of the Stone of Madness”, a painting by Hieronymus Bosch depicting trepanation (c.1488-1516)




Mira por el ventanal cómo el sonido del agua cae sobre el agua.  Oculta en la sombra de la salita de estar, escruta los cristales mojados de la residencia.   En su rostro sobrevive una sonrisa, aunque en su mirada, hace tiempo desapareció la intención de las persecuciones y las búsquedas, y queda sólo una expresión deshojada de memorias.   Van y vienen las frases, los nombres,  las canciones, las secuencias interminables, los rostros, las tardes mondando fruta, patios mojados, canceles cerradas, trigo y millo amontonado, fuego en algún pajar... Hay un momento sin embargo en que recobra el sentido, en que extrañamente mira alrededor y reconoce a los dinosaurios.  Los ve.  Se deslizan pesadamente por el jardín.  Se lleva con lentitud extrema una mano a la cara y se frota los ojos.  Quiere ponerse de pie pero está atada a la silla.  Alguien se acerca y toma asiento a su lado. Le sonríe y le dice dos o tres cosas inconexas.  Abre un periódico y comienza a leerle en voz alta.  De nuevo ese temblor.  Levanta un poco la mirada y allá arriba en la colina, por encima de la estampa del jardín, ve el mausoleo.  No recuerda quién está ahí.  Busca.  Intenta.  Rastrea.  Se sumerge otra vez.  Cree que sólo lo habitan libros pero no está segura.  No llegan los nombres a su lengua.  Ni la voz. Se va, se escapa por el camino de los cipreses mientras se acerca la enfermera.  Trae un embudo puesto en la cabeza y en la mano un tulipán, y le sonríe extendiéndole una gelatina de fresa llena de pastillas.
Ahora recuerda al asteroide.  Esa inmensa bola  que impactó contra la tierra.   Siente como si hubiese caído directamente sobre su cabeza.  Alguien grita del otro lado de la sala, resucitaron todos sus muertos y cree que lo vienen a buscar para llevárselo.  Hay distintos tipos de cárceles pero las visitas de los domingos son todas iguales.  De nuevo la locura.  Cierra los ojos esperando que pase.  Lo ve de pie junto a ella, es otro dinosaurio.  Se están extinguiendo uno a uno.  Se encogen, se arrastran, empujan carros metálicos que los sujetan, sus piernas ya no soportan su propio peso.  La gravedad no ha sucumbido a la vejez.  Es un cambio en el eje de la tierra.  Quiere dormir, dormir.  Volver al líquido amniótico.  Cae la noche sobre la colina y el mausoleo se ilumina como una ciudad, está desierto.  Y piensa por última vez que ya no quedan niños,  pero no importa.  Que las ballenas están volviendo a la tierra a suicidarse y ella sonríe todavía, mirando la lluvia.  Y que la piedra de la locura sigue fragmentándose una y otra vez en infinitos universos.


Adriana Fernández Lagoa ©