LA PIEDRA DE LA LOCURA
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| “The Extraction of the Stone of Madness”, a painting by Hieronymus Bosch depicting trepanation (c.1488-1516) |
Mira por el ventanal cómo el sonido
del agua cae sobre el agua. Oculta en la sombra de la salita de
estar, escruta los cristales mojados de la residencia. En su rostro
sobrevive una sonrisa, aunque en su mirada, hace tiempo desapareció
la intención de las persecuciones y las búsquedas, y queda sólo una
expresión deshojada de memorias. Van y vienen las frases, los nombres, las canciones, las secuencias interminables, los rostros, las tardes mondando fruta,
patios mojados, canceles cerradas, trigo y millo amontonado, fuego en
algún pajar... Hay un momento sin embargo en que recobra el sentido,
en que extrañamente mira alrededor y reconoce a los dinosaurios. Los ve. Se deslizan pesadamente por el jardín. Se lleva con
lentitud extrema una mano a la cara y se frota los ojos. Quiere
ponerse de pie pero está atada a la silla. Alguien se acerca y toma
asiento a su lado. Le sonríe y le dice dos o tres cosas inconexas. Abre un periódico y comienza a leerle en voz alta. De nuevo ese
temblor. Levanta un poco la mirada y allá arriba en la colina, por
encima de la estampa del jardín, ve el mausoleo. No recuerda quién
está ahí. Busca. Intenta. Rastrea. Se sumerge otra vez. Cree
que sólo lo habitan libros pero no está segura. No llegan los
nombres a su lengua. Ni la voz. Se va, se escapa por el camino de
los cipreses mientras se acerca la enfermera. Trae un embudo puesto en la
cabeza y en la mano un tulipán, y le sonríe extendiéndole una
gelatina de fresa llena de pastillas.
Ahora recuerda al asteroide. Esa
inmensa bola que impactó contra la tierra. Siente como si
hubiese caído directamente sobre su cabeza. Alguien grita del otro
lado de la sala, resucitaron todos sus muertos y cree que lo vienen a
buscar para llevárselo. Hay distintos tipos de cárceles pero las
visitas de los domingos son todas iguales. De nuevo la locura. Cierra los ojos esperando que pase. Lo ve de pie junto a ella, es otro
dinosaurio. Se están extinguiendo uno a uno. Se encogen, se
arrastran, empujan carros metálicos que los sujetan, sus piernas ya
no soportan su propio peso. La gravedad no ha sucumbido a la vejez. Es
un cambio en el eje de la tierra. Quiere dormir, dormir. Volver al
líquido amniótico. Cae la noche sobre la colina y el mausoleo se
ilumina como una ciudad, está desierto. Y piensa por última vez
que ya no quedan niños, pero no importa. Que las ballenas están volviendo a la
tierra a suicidarse y ella sonríe todavía, mirando la lluvia. Y que la piedra de la locura sigue fragmentándose
una y otra vez en infinitos universos.
Adriana Fernández Lagoa ©

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