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26 febrero 2011

A MARQUESIÑA


     

              A Marquesiña temblaba con sólo recordar como  A Marquesa se quitaba el anillo. Tres dedos flacos ceñían su anular por la base para desnudarlo de un pedrolo que podía dejar alguna huella.  Solamente le pegaba con la mano del revés y sus nudillos eran gruesos como nueces.   A Marquesa era una mujer de peinados altos, voluptuosos y pomposas faldas.   Siempre parecía irritarse con su proximidad y giraba la cabeza soslayándola, frunciendo el ceño como si estuviese oliendo a establo.  En casa de A Marquesiña no había agua, así que cuando llegaba al Pazo por las mañanas todavía no se había lavado las manos.  Pero su naríz... Su naríz aún estaba impregnada por los narcisos y las amapolas de los pechos de  A Marquesa Lo primero era preparar el desayuno y luego limpiar uno por uno todos los crucifijos del Pazo.  Una de las principales excusas para el castigo eran las telarañas.  Así que cuando sucedía algo inesperado que podía quebrar esa rutina profiláctica  A Marquesiña  en seguida reconocía esa mirada.  Una mezcla de amenaza y placer que le traía de inmediato a su mente  el anillo.

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