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27 abril 2011
MAL BICHO
Todo tiene truco. Se sentó bajó la noche caliente y húmeda, confundido. Mintió tantas veces para disimular que era a él a quién buscaban. Los foguetes de Vista Alegre cada vez que tronaban lo descomponían un poco más, estaba todo rojo y sudaba como cuando se subía a un avión y empezaba a retorcer las manos y pasárselas por los muslos una y otra vez. Lo habían descubierto, mentía. Tendría que decir cualquier cosa que justificara sus escapadas al monte a media noche, porque después de la primera mentira se descubren todas.
Se había estado escondiendo detrás de la intimidación y el acoso, presionando, asustando, amenazando, pero ahora él era el acorralado. Había revisado todos los archivos y todos los papeles buscando cualquier cosa que pudiera implicarle y nada. Sabía que existía una inexplicable sospecha. Lo sabía porque ella era mujer, de las que no respetaba los códigos de servilismo, detestaba el doble discurso del obsecuente. Precisamente en el vientre de los sepulcros habitaban esta clase de mujeres, de las que pueden hablar en voz alta. Fingió ser generoso y amable durante una temporada y le pidió favores, datos, información, fingió pedir ayuda. Le pidió dinero prestado.
Pero esa noche tenía en las manos el arma limpia, sin una sola huella. Se había deshecho de cualquier evidencia de encuentro, había preparado perfectamente la coartada. Y pensando otra vez en ella se rascó ferozmente con las uñas negras todavía llenas de tierra.
24 abril 2011
LA MADRE DE ANTONIETA
Faltaba apenas un lustro para liquidar el siglo diecinueve cuando Buenos Aires ya tenía en funcionamiento el primer tranvía eléctrico. Y para mediados de los cuarenta del nuevo siglo la ciudad ya crecía a un ritmo febril. La terminal de Palermo que era la antigua Plaza de los Portones, se llamaba ahora Plaza Italia donde estaba el monumento a Giuseppe Garibaldi. Ahí comenzaba hacia el río de la Plata el parque 3 de Febrero, en los terrenos donde Sarmiento había planificado el jardín zoológico y el botánico; muy cerca de lo que había sido la estancia de su enemigo, el caudillo federal. La Plaza Italia, como un altar de sacrificios de razas y nacionalidades, terminal del tramway, el sitio por el que pasaban lavanderas, planchadoras, amas de leche, limpiadoras, fruteras, entre las que también caminaba Angelita, única hija de inmigrantes italianos dueños de un puesto de verduras en el mercado.
Era por entonces una mujer de exquisita fealdad, tenía esos ojos hundidos e inmensos, de párpados anchos como para escribir en ellos, la frente con curvatura de bóveda y extensa hacia atrás, el cuello largo y la boca pequeña dentro de una cara estrecha y huesuda. En su juventud había sido muy atractiva, sin embargo ahora tenía una vejez en la que solo resplandecía su belleza interior. Sus manos se habían doblado por la artritis y sus uñas eran gruesas, duras y descuidadas como caparazones. Pero su rostro áspero todavía daba esos besos cálidos que sólo las madres saben dar.
Cuando se casó con Hipólito se mudaron a una habitación en la primera planta de una casa chorizo que había comprado una gallega. Hipólito era guarda en el tramway, por eso todas las mañanas llegaba primero, caminando ya uniformado hacia la terminal.
En la casa de inquilinos tenían derecho a un baño donde la ducha funcionaba con azul alcohol de quemar. Había una cocina a leña o a querosene por habitación pero el baño era compartido. Para ellos era casi un departamento, la pieza estaba en una pequeña terraza y se podía ver todo el patio desde la baranda, que por las tardes servía de balcón.
En esa habitación transcurrió toda su vida. Había una cama de una plaza y media donde cabían dos personas no muy holgadamente, dos mesas de luz, un ropero, una alacena donde guardaban la escasa vajilla, una mesa de apenas un metro cuadrado, dos sillas thonet y un banquito. Una pequeña ventana daba a la milimétrica cocina que no era más que un portón de madera para evitar la lluvia sobre cuatro azulejos, un tiraje y una encimera de cemento donde se apoyaba el calentador Bram Metal de bronce que en los días de invierno también servía de estufa.
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| FOTO ADRIANA LESTIDO |
Allí nació Antonieta que vivió y creció como los demás niños de la casa, que también dormían en un sofá cama. Todos iban al colegio municipal, cuando eran muy pequeños se turnaban para llevarlos pero al cumplir diez años los mayores empezaban a ir solos. Una vez al año llegaba al barrio la Gran Exposición Rural, una feria del campo que se hacía a la vuelta de la casa, en unos terrenos poblados de enormes pabellones con el nombre de familias aristocráticas, donde los estancieros traían su ganadería para exhibirla en enormes establos y participar de los grandes premios y los remates.
Venían los gauchos, paseaban con sus botas de carpincho, sus rastas de plata y sus facones como si fueran los hacendados, pero en el campo andaban en patas y dormían ahí entre las vacas, sobre los fardos de alfalfa. Entonces el aire se hacia espeso y la casa rezumaba por sus paredes olor a bosta y a arroz con leche. Una vez al día iban al ordeñe y volvían con baldes o damajuanas de litros. Así que había que hervir, colar, sacar la nata, y aparecían esas enormes fuentes blancas por todas las cocinas, cubiertas de una costra de canela y flotando las cáscaras de limón en sus esquinas. Ese era uno de los días en que Angelita preparaba los niños envueltos, bien apretados con escarbadientes y guisados en salsa de tomate hasta casi deshacerse. Para Antonieta era su día de fiesta que superaba cualquier otro agasajo a pesar de que nunca tuvo demasiados juguetes, guardaba bolsas inmensas de tatuajes del pájaro loco que venían en los chicles de banana y toneladas de muñequitos de plástico que traían los chocolatines sorpresa Jack. Le costó años deshacerse de ellos, pero no había sitio para tesoros. Hipólito murió muy jóven, así que pronto Antonieta abandonó el sofá y durmió con su madre hasta que apareció el Ministro.
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Angelita se preguntaba con qué había llenado su vida que parecía tan extensa, entre las mismas cuatro paredes, haciendo su arroz con leche y zurciendo medias. Todo lo que se preguntaba por las noches sobre el pasado quedaba borrado en el café con leche de las mañanas o se consumían sus pensamientos en el fuego de las ventosas que le aplicaban cuando le dolía la espalda. No era capaz de recordar nada. Nunca discutió ni reprochó lo que le tocaba. Aceptaba el bien y el mal como venían y siempre hizo lo mejor que pudo. Soñaba con todo lo que había logrado que era muy poco y con todo lo que iba a lograr en el tiempo que le quedaba. La idea de la muerte no le resultaba dolorosa, había padecido amargas semanas y ya estaba cansada. Últimamente se preguntaba si había una relación entre la manera en que una persona vive y la manera en que muere. La distancia entre sus metas había sido tan corta y el tiempo para alcanzarlas se había hecho tan largo que morir se le hacía fácil.
En cambio para Antonieta morir era un absurdo. No en el sentido metafísico, pues ella jamás se planteaba ningún sentido para las cosas, era orgánica, visceral. Sus respuestas eran instintivas, meras invenciones, fantasías o especulaciones producto de la facilidad con que daba rienda suelta a sus impulsos primarios de vivir o morir. Por la misma razón absurda que se suicidaría sin pensarlo, en ella siempre muerto un deseo aparecía inmediatamente el gérmen de otro, así que era el deseo lo que la mantenía viva y no el instinto de supervivencia.
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| FOTO ADRIANA LESTIDO |
Mientras su madre agonizaba en la cama del hospital, Antonieta esperaba dentro del baño a que el médico terminara la ronda de visitas. No quería que su madre la viera sufrir, no quería verse sufrir a sí misma. Era su manera de seguir conectada a la vida, de darle sentido, de impedir que de pronto se transformara en un drama. Su deseo de amor siempre superaba su deseo de muerte y esa era la peor forma de soledad.
Angelita sólo respiraba por Antonieta, incluso después de aparecer el Ministro. Él vivía en la casa de en frente, era casado y tenía cuatro hijos, y era ya un muchacho cuando Hipólito y ella se mudaron al barrio. Jamás le dijo una sola palabra ni le hizo el menor reproche a su hija. Aunque todos los vecinos lo sabían sólo se comentaba en los sitios y momentos oportunos. Ahora que se moría solo deseaba que Antonieta no sintiera la mínima culpa. Ella padecía otra soledad, la auténtica soledad del que ama.
Y Antonieta gemía de placer, de compasión y de venganza mientras hacía el amor sobre el inodoro para que su madre se muriera tranquila. Para que no pensara que ella iba a sufrir, que iba a quedarse sola o con el Ministro que era lo mismo, para que pudiera irse en paz a la otra vida. Así, con la incerteza de que el amor tarde o temprano nos encuentra.
El pequeño mundo que rodeaba a Angelita se había desvanecido para siempre, y parecía llevárselo el vapor de aquella tarde fogosa en Buenos Aires, mientras los ventiladores de la casa velatoria empujaban hacia la calle nuestras carcajadas y Antonieta se dejaba caer en los brazos de un hombre sin pantalones.
15 abril 2011
14 abril 2011
LA HERMOSA MATILDE
MATILDE SE ENJUAGABA EL PELO TODOS LOS DIAS CON INFUSIÓN DE MANSANILLA PORQUE HABRÍA QUERIDO SER RUVIA TODA LA BIDA.
TENÍA UN CUERPO ESBELTO, AUSTERO Y NADA LLAMATIVO, Y AÚN CONSERBABA PARTE DE SU MUSCULATURA A PESAR DEL ROHYPNOL. HABIA SIDO TAN PROSTITUÍDA COMO ERMOSA. LE HABÍAN DADO TANTAS OPORTUNIDADES DE SER NADIE QUE SE HABIA OLVIDADO HASTA DE SU APELLIDO.
NO TENIA NINGUNA ESPERANSA DE RECUPERAR NI EL TIEMPO NI LA CORDURA, Y ADEMÁS EN CUANTO EL TIEMPO SE LE ESCURRÍA, SÓLO LA IDEA DE DORMIR LA TRANQUILISAVA. ASI ENGENDRABA UNA SERPIENTE EN ESPIRAL QUE SE LA DEVORAVA POCO A POCO, DESDE LOS PÁRPADOS HASTA LOS PIES ESCUÁLIDOS, ATRAPÁNDOLA EN LAS REDES DE SU MELENA COLOR UEVO.
ERA RITUAL Y ONÍRICO, COMO SE SENTABA EN LA VAÑERA Y ABRÍA LAS PIERNAS DESNUDAS CON LA CAVESA HACIA ADELANTE. ENTONCES BOLCABA ESA PÓSIMA, UNA TURBIA COLASIÓN QUE DEJAVA ESE COLOR DECADENTE EN SUS RISOS INTACTOS DE LA NIÑA QUE HABÍA SIDO. CUANDO COSINAVA LAS TRES COSAS QUE SOLÍA HACER, SE ENVOLVÍA LA CABEZA EN UNA TOALLA PARA QUE EL PELO NO LE OLIERA. POR TRES SALCHICHAS Y ALGÚN CALDO NO IBA A DEJARSE PERFUMAR LAS OBSESIONES.
TUVO DOS IJOS COMO DOS APÉNDICES EXTIRPADOS. NADA LA UNIÓ A ELLOS. QUISÁS DE VES EN CUANDO ALGÚN ESCÁNDALO CON EL ENCARGO DE CONSEGUIRLE MAS PASTILLAS.
COMO UN FABOR RECÍPROCO HACIA ESA BIDA ASQUEROSA, SE DEDICÓ A ESPERAR QUE ESOS DOS NIÑOS SIN PADRE ALCANSARAN LA EDAD SUFISIENTE PARA TRAERLE LO QUE LES PIDIERA. SU MADRE DE PEQUEÑA SIEMPRE LE DECÍA: "MATILDE ...ES MEJOR CRIAR SERDOS QUE IIJOS... AL MENOS TE LOS COMES"
LA BERDAD NO RECORDAVA SI ALGUNA VEZ ELLA LES HABÍA REPETIDO LO MISMO A LOS SUYOS COMO ESOS LÁTIGOS QUE VAN PASANDO DE MANO EN MANO. SIMPLEMENTE UN DIA YA NO BOLVIERON. HABRÍAN PREFERIDO ROVAR PARA ELLOS MISMOS. O NO QUISIERON OLER MÁS ESE ÁSIDO OLOR A CAMOMILLA, A MATRICARIA SECA, COMO SUS OVARIOS DESFLORESIDOS. TAMPOCO ABRÍAN VUELTO A LAS BIAS DEL TREN. EN LA ÚLTIMA APUESTA, EL NEGRO TARTA SE QUEDÓ SIN PIERNA, Y TODO POR OTROS 20 PESOS. ELLOS ALGO LA QUERÍAN A MATILDE...PERO TAL VEZ QUISIERAN MÁS A SUS PIERNAS.
SE FUERON SIN DESIRLE NADA. MATILDE PASÓ UNOS DIAS SIN COMER Y SIN LEBANTARSE DE LA CAMA. CUANDO SE LE ACAVÓ EL ROHYPNOL CREYÓ QUE IBA SIENDO HORA DE CORTARSE EL PELO. Y POR AHÍ EMPESÓ.
Y SI TODABÍA NO ENCONTRASTE UN FONTANERO TE VAS A LA PUTA MADRE QUE TE PARIÓ
Y SI TODABÍA NO ENCONTRASTE UN FONTANERO TE VAS A LA PUTA MADRE QUE TE PARIÓ
11 abril 2011
05 abril 2011
LA MAMA VIEJA
Con mayor frecuencia y mayor premura que la deseada, descubrimos que nada es como fue la primera vez. Tita pronto cumpliría ochenta años y se sabía de memoria todos los guiones porque había visto las mismas películas muchas veces. Adoraba esos diálogos que se repiten como un déjà vu porque jugaba a improvisar sus bandas sonoras. Fantaseaba con sus divas del cine. Le gustaba con diferencia emular a Gene Tierney, tan sofisticada y bella. Ensayaba sus gestos distinguidos y el aplomo de su cabeza frente al empañado espejo del baño, mientras se calzaba la abultada pollera roja y candombeaba unos pasos enclenques antes de salir para el corso. Durante todo el año se reunía la murga, un grupo de sexagenarios en el que ninguno tenía las piernas ágiles de Tita. Al terminar los ensayos, a veces, se quedaba a comer unas pizzas en casa del Gramillero. Eran una pareja casi obligada por sus personajes murgueros, ella era la Mama Vieja.
Tanto en el candombe como en la vida, porque Tita era negra y la Mama Vieja representaba la dignidad de las mujeres negras y su bondadosa alma abnegada, bailando con orgullo poniendo siempre la cabeza alta. El Gramillero era Cosme, se pegoteaba con un pastiche su barba de algodón y al bailar cargaba el maletín de yuyos con una mano y el bastón en la otra. Cosme no era negro, había quedado muchas generaciones atrás el último mulato, asi que practicamente la suya se habia blanqueado, pero en cuanto empezaba la cuerda de tambores, entre el chico y el repique la sangre se le volvía negra. Tita, quizás por ser mayor que él, sabía muy bien qué frase soltar cuando quería que la invitaran al cine o la acompañasen al médico. Había adquirido de su gata la singular destreza de obtener compañía siempre que se presentase la ocasión.
Todo podría haber sido perfecto salvo por la circunstancia de que a Tita la habían trasplantado, no de un órgano sino de toda una geografía. A los treinta, cuando trabajaba de criada, había conocido a un hombre que le prometió que nunca más volvería a preocuparse por nada y había cumplido con creces. La sacó de una ciudad vertiginosa, de un lupanar de subterráneos, colectivos y vendedores ambulantes para llevarla a un pueblo, a un barrio de un pueblo, en el que conocía a todo el mundo pero no podía contarle su vida a nadie, de tan larga y aburrida que era. Y a Cosme, que era veinte años más jóven que ella, le quedaba un suspiro en este mundo.
Así que se juró que ese febrero sería el último carnaval. No tenía a nadie. Le pareció que lo más duro que había hecho en todos estos años había sido ir tachando de uno en uno los nombres de su agenda. Cerca del final, su único encuentro apasionado era con los recuerdos que se metían en su cama y la abordaban musitando nombres propios, para no dejarla dormir sola, ni con pastillas ni con valerianas.
Era joven cuando se casó con aquel hombre capaz de amarla hasta la impotencia, un hombre que jamás había usado una palabra inconveniente, ni había reparado en otra mujer que no fuese Tita, a quien ese amor indisputable y axiomático la ponía enferma, la dejaba moribunda, sin ansias de respirar, al borde del aburrimiento y la apatía.
El pobre Víctor amaba como ama un santo, con inapropiada devoción como para arrugar las sábanas, como aman algunos hombres a su madre. Amaba con una bondad tan extenuante que Tita comprendía, no solo que ella no merecía ese amor sino que jamás desearía obtenerlo, porque era un amor tan grande que se bastaba a sí mismo y envuelto en esa inanición no percibía ni la indiferencia.
Así que cuando Tita finalmente quedó viuda, descubrió que existían los deseos y las fantasías. Lo que le pasaba a Tita es que nadie la necesitaba nunca, nadie la había necesitado realmente.
Sin pensar siquiera en cuánto tiempo podría quedarle al Gramillero, rompió una hucha que había remendado varias veces en la que estuvo guardando vueltos y sueños, y contó. Había de sobra. Así que se fué a una agencia de viajes y compró un tour completo para dos personas a la Patagonia. Era su último sueño pero el más esperado, era la primera vez de algo por fin, por primera vez en años.
Fugitivos de sí mismos en diez exultantes días escaparon de una vejez que detenía el paso. Antes de regresar, la última tarde, se tomaron un whisky escocés frente al glaciar, como lo sirven en el barco del fin del mundo, con esos cubitos de hielo prehistóricos que sacan del agua helada, envueltos los dos en la misma frazada mientras se les congelaban los mocos y los minutos de vida que quedaran.
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