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05 abril 2011

LA MAMA VIEJA




Con mayor frecuencia y mayor premura que la deseada, descubrimos que nada es como fue la primera vez.  Tita pronto cumpliría ochenta años y se sabía de memoria todos los guiones porque había visto las mismas películas muchas veces. Adoraba esos diálogos que se repiten como un déjà vu porque jugaba a improvisar sus bandas sonoras.  Fantaseaba con sus divas del cine.  Le gustaba con diferencia emular a Gene Tierney, tan sofisticada y bella.  Ensayaba sus gestos distinguidos y el aplomo de su cabeza frente al empañado espejo del baño, mientras se calzaba la abultada pollera roja y candombeaba unos pasos enclenques antes de salir para el corso.  Durante todo el año se reunía la murga, un grupo de sexagenarios en el que ninguno tenía las piernas ágiles de Tita.  Al terminar los ensayos, a veces, se quedaba a comer unas pizzas en casa del Gramillero.  Eran una pareja casi obligada por sus personajes murgueros, ella era la Mama Vieja.




Tanto en el candombe como en la vida, porque Tita era negra y la Mama Vieja representaba la dignidad de las mujeres negras y su bondadosa alma abnegada, bailando con orgullo poniendo siempre la cabeza alta.  El Gramillero era Cosme, se pegoteaba con un pastiche su barba de algodón y al bailar cargaba el maletín de yuyos con una mano y el bastón en la otra. Cosme no era negro, había quedado muchas generaciones atrás el último mulato, asi que practicamente la suya se habia blanqueado, pero en cuanto empezaba la cuerda de tambores, entre el chico y el repique la sangre se le volvía negra.  Tita, quizás por ser mayor que él, sabía muy bien qué frase soltar cuando quería que la invitaran al cine o la acompañasen al médico.  Había adquirido de su gata la singular destreza de obtener compañía siempre que se presentase la ocasión.



Todo podría haber sido perfecto salvo por la circunstancia de que a Tita la habían trasplantado, no de un órgano sino de toda una geografía.  A los treinta, cuando trabajaba de criada, había conocido a un hombre que le prometió que nunca más volvería a preocuparse por nada y había cumplido con creces.  La sacó de una ciudad vertiginosa, de un lupanar de subterráneos, colectivos y vendedores ambulantes para llevarla a un pueblo, a un barrio de un pueblo, en el que conocía a todo el mundo pero no podía contarle su vida a nadie, de tan larga y aburrida que era.  Y a Cosme, que era veinte años más jóven que ella,  le quedaba un suspiro en este mundo.
Así que se juró que ese febrero sería el último carnaval.  No tenía a nadie.  Le pareció que lo más duro que había hecho en todos estos años había sido ir tachando de uno en uno los nombres de su agenda.  Cerca del final, su único encuentro apasionado era con los recuerdos que se metían en su cama y la abordaban musitando nombres propios, para no dejarla dormir sola, ni con pastillas ni con valerianas.




Era joven cuando se casó con aquel hombre capaz de amarla hasta la impotencia, un hombre que jamás había usado una palabra inconveniente, ni había reparado en otra mujer que no fuese Tita, a quien ese amor indisputable y axiomático la ponía enferma, la dejaba moribunda, sin ansias de respirar, al borde del aburrimiento y la apatía.
El pobre Víctor amaba como ama un santo, con inapropiada devoción como para arrugar las sábanas, como aman algunos hombres a su madre.  Amaba con una bondad tan extenuante que Tita comprendía, no solo que ella no merecía ese amor sino que jamás desearía obtenerlo, porque era un amor tan grande que se bastaba a sí mismo y envuelto en esa inanición no percibía ni la indiferencia.
Así que cuando Tita finalmente quedó viuda, descubrió que existían los deseos y las fantasías.  Lo que le pasaba a Tita es que nadie la necesitaba nunca, nadie la había necesitado realmente.  
Sin pensar siquiera en cuánto tiempo podría quedarle al Gramillero, rompió una hucha que había remendado varias veces en la que estuvo guardando vueltos y sueños, y contó.  Había de sobra.  Así que se fué a una agencia de viajes y compró un tour completo para dos personas a la Patagonia.  Era su último sueño pero el más esperado, era la primera vez de algo por fin, por primera vez en años.
Fugitivos de sí mismos en diez exultantes días escaparon de una vejez que detenía el paso.  Antes de regresar, la última tarde, se tomaron un whisky escocés frente al glaciar, como lo sirven en el barco del fin del mundo, con esos cubitos de hielo prehistóricos que sacan del agua helada, envueltos los dos en la misma frazada mientras se les congelaban los mocos y los minutos de vida que quedaran.




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