Suelo creer cuando me asaltan algunos recuerdos de la infancia que como un estigma de ciertas familias acomodadas, hay generaciones que van sufriendo una merma en sus facultades, una disminución en sus espacios y posesiones, un esplendor menguante de épocas gloriosas y memorables en el que algunos oficios eran considerados un arte. Tal vez simplemente la magia de la infancia que detiene los acontecimientos como una escena romántica detrás de un velo de misterio, o bien fueron momentos reales vividos y cultivados por espíritus más elevados, amantes de otra cultura y hacedores de hombres de carácter que sólo aspiraban a los grandes logros familiares y el resto eran apenas circunstancias casuales. Pero aparecieron personajes tan determinantes que bajo su sombra nunca creció un árbol. Una suerte de degradación que corrompe lo que fue admirable y bello, o porque cambia la mirada del niño o porque van muriendo los actores centrales de la obra. Los que vinieron tres generaciones después urdieron o tejieron sus vidas como pudieron, como las ramas que se desvían del tronco buscando la luz pero debilitándose en su avance hacia el infinito.
Si mi infancia no hubiera sido feliz seguramente aquellos objetos mágicos que se presentan recurrentes en mis sueños se hubieran transformado en pesadillas y la cara de aquel payaso de porcelana de colores, cuya lengua de esponja roja brotando por una carcajada, servía para mojar los dedos de los empleados de la sastrería y separar papeles o contar dinero, en lugar de haber sido el rostro de mi primer cuadro al óleo me habría perseguido dentro de la oscuridad de los armarios.
En aquellas épocas en las que los grandes hombres iban a encallar sus naves en el cementerio de la Recoleta y frente a la bóveda art decó de Rufina Cambaceres muchas damas de sociedad añoraban un sepulcro de gloria para sus sombreros. Cuando los primeros daguerrotipos dejaban cuenta de una ufana burguesía pujante, donde con buen gusto y dinero era posible entrar algún día en esa elitte sepultada debajo de sus propios monumentos.
Por la sastrería pasaban casi todos los presidentes y políticos de sudamérica, asi que sus salones estaban a la altura de su distinguida clientela. Se realizaban con detalle exquisito los mejores trajes a medida, también de los que abundaban en los mitines y en los atrios de las iglesias. Pero sobre todo venía con frecuencia Don Alfredo. Era hijo de un periodista uruguayo que no se casó con su madre porque vivía con tres mujeres a la vez y aunque reconoció a todos sus hijos tenía ya un concepto socialista de la familia. Como mi bisabuelo era uruguayo hijo de inmigrantes italianos el discurso de Palacios le calaba en los huesos. Lo admiraba. Y sabía muy bien que andaba por todos los conventillos de la Boca haciendo sus discursos en italiano y que llevaba un intérprete genovés para que traduzca al xeneise. Se enroscaba con la punta de los dedos ese bigote insolente pero en la puerta del despacho aclaraba que atendía gratis a los pobres.
En la planta baja del edificio de Lavalle y Esmeralda quizás permanezca todavía esa mirada mía asombrada de pantalones cortos frente a la inmensa escalera de mármol de doble entrada que se alzaba imponente en el hall central. Había innumerables salones estilo inglés donde los clientes y sus acompañantes podían esperar en cómodos sillones el momento de la prueba. En el primer piso se exponían las telas y los botones. Todo estaba revestido por una boisserie de roble macizo, algunas paredes eran de un damasco de seda color carmesí comprado en París en Tassinari & Chatel y los rincones decorados con jarrones de la dinastía Ming. Pero aunque mi bisabuelo era el hombre de las tijeras, había un séquito de obreros laboriosos en los talleres que silenciosamente armaban las piezas de esa curiosa heráldica. Y luego estaba el Conde Larucchia, que aparecía pomposamente en el segundo piso donde estaban los probadores, momentos antes de tomar las medidas. Sólo mi padre decía que lo que Larucchia tenía de conde era de los bajos fondos, el resto de la familia sufría una hipnótica debilidad por sus modales afectados y su fresco clavel en el ojal. Una camisa belle époque a alto cuello redondo con un clip de brillante en su ascott de seda. El día que me hicieron la prueba de la puesta de largo pues ya tenía suficientes pelos en las piernas como para abandonar los pantalones cortos, me dejaron en el probador a la espera del Conde, que llegó deslizándose cual pantera sobre la moqueta y se arrodilló frente a mí dejando a la altura de mis doce años su flequillo engominado y sus gafas sin montura. Me separó las piernas para tomar las medidas pero también comprobó con reiterados manoseos el peso y volumen de mis testículos, y aunque me sentí incómodo y dejé escapar un resoplido de molestia quién iba a creerme que el refinado Conde Larucchia había querido comprobar mis bajos instintos.
Esa fue una de las últimas noches que nos quedamos a comer en la casa de mi bisabuelo, en los últimos pisos de la sastrería. Cuando ya nos pusimos insoportables en la sobremesa nos mandaron a jugar abajo, recorrimos la tienda oscura y entramos en todos los despachos. En un instante me di cuenta que estaba montado en el escritorio del conde, ahí estaba su almohadilla con alfileres, su clavel mustio del día y sus gafas sin montura. Así que dejé que la oscuridad me sirviera de excusa para aplastar sus gafas con el tacón de mi zapato. Esos tiempos no volverán. Había cosas que aún no habíamos aprendido y que quizás hubiera sido mejor no aprender nunca.
Luego vinieron épocas oscuras, tiempos de resistencia, la feroz persecución desatada por Frondizi y el peronismo proscrito, las divisiones familiares pues mi bisabuelo y mi abuelo odiaban a Perón que había llevado una puta a la casa de gobierno. El día que bombardearon la Plaza de Mayo tendrían que haberlo asesinado. Mi padre estaba allí porque trabajaba en el ministerio de economía. En todas partes se escuchaban los rugidos de los aviones y mi hermano gritaba de rodillas en la terraza de casa : Viva Perón Carajo!!! . Él llegó a las cinco de la mañana contándole a mi madre que a un hombre a su lado una bomba le voló un brazo, que se apilaban los cadáveres en las esquinas, que había sido una masacre. Pero en cambio yo pensaba si no se habría escondido en la pieza de Antonieta.


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