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| Foto Mariana Corcuera |
Fernando estaba recostado en la camioneta con los pies cruzados sobre la ventanilla abierta. El sol calentaba con impertinencia sus pantorrillas. A pesar de haber abierto los ojos aún no veía el cielo sobre Campo Negro. Ante su hipnótica mirada, la brisa ondulaba una sábana blanca, sujeta con tres broches a una soga en la terraza de Vidt. Su mente la empujaba con el retardo entrecortado que imprimen varios cuadros menos por segundo a los recuerdos. Palermo era en esos años todavía un barrio en el que se jugaba al football en las esquinas. Las familias no pertenecían necesariamente a la misma clase social, pero sus hijos compartían la vereda sin complejos y sin adoctrinamientos. Era una ignorancia poderosa desconocer todo de los otros. Un desconocimiento de los detalles y un saber profundo, certero, de otras verdades que sin embargo no estaban a la vista.
Ninguno de ellos necesitaba descubrir la profesión de los padres de alguien para saber cómo eran. Hasta los catorce años imperó un concepto de padres colectivos. Todos aprendieron de un padre médico, de otro borracho, de uno kinesiólogo y hasta del ausente. En la balaustrada de piedra de esa terraza, quedaban los esqueletos de tres columnas que el Flaco y él habían molido a martillazos. Y los hierros retorcidos, para dejar despejada la vista de la calle, de la casa del Flaco y del balcón de Jimena. La primera vez que la vio llevaba un abrigo blanco, tendría siete años. Quizás es a los siete años cuando el mundo en torno nuestro comienza a cobrar sentido, o es que algo aparece y organiza el caos, le da forma, y creemos que se llama amor. En todo caso era la iniciación, el viaje a los deseos. Con los ojos entrecerrados recorrió los fantasmas inesperados de su memoria, los fue desvistiendo como si la pintara desnuda.
Jimena era menuda, frágil, enfermiza. Su madre la sentaba todas las tardes en el balcón para que le diera el sol, como a una planta. Fernando, si no estaba en el colegio o sentado a la mesa, vivía agazapado en la terraza, atrincherado detrás de algún trasto, tirando proyectiles a los vidrios con una gomera. También era el lugar donde guardaban toda la artillería. Debajo de la pileta para lavar la ropa escondían a los acuanautas, esperando a fondo seco el momento de sumergirse en el tacho de hojalata, con sus patas de rana, sus tanques de oxígeno y sus pastillas de alka seltzer atadas con hilo de coser.
Los amores de la infancia atraviesan el alma como una daga. La fingida indiferencia los vuelve efímeros y eternos, nunca más se vuelve a estar vivo sin ellos. Y cuando has muerto a uno has muerto a todos. Te vuelves traslúcido, trasparente, sigues andando por la vida con ese sentimiento de que lo has perdido todo. Fernando y Jimena para no resignar ese amor fueron amigos, colegas, compañeros. Fernando estudió magisterio y psicología, y Jimena se metió en derecho. No pudieron con el peso de las ideologías y cuando las cosas se pusieron difíciles en las facultades, se juntaron una noche en la casa del Negro y decidieron irse los tres. Salieron del país por Brasil. Los primeros años fueron fáciles fuera de Argentina, donde el aire se había vuelto irrespirable. Mientras las calles se inundaban de banderas y bombos festejando goles, ellos pensaban en la revolución de Saur, la palabra persa que significa primavera, y pensaban que el gobierno de Estados Unidos preparaba lo que sería luego la Operación Ciclón y que Kissinger visitaba el vestuario de la selección argentina y anunciaba por televisión que “el país tenía un gran futuro a todo nivel”, un futuro que estaba encerrado en los sótanos, desnudo y picaneado, escuchando los partidos por altoparlantes para que no se los perdieran los carceleros.
Abrió los ojos sin remedio. El sol ya estaba muy alto como para seguir durmiendo. Era un tramo complicado el que venía por delante pero tenía el tanque lleno. En un par de horas estaría en Cafayate. Desde ahí, si conducía sin parar toda la tarde, pasaría la noche en Chilecito.
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