Translate

07 noviembre 2010

EL NAHUAL

 Esa noche iba a probar por primera vez la ayahuaca.  Las chozas bajas de la pequeña aldea comenzaban a dibujarse entre las sombras y la selva se apretujaba sobre los hombres.  Desde atrás de la iglesia me llegaba aún el resuello de las cabras dando golpes antes de echarse.  Los indígenas se habían retirado al descanso después de la última oración, pero quedaba algún monje rondando las murallas, rezando.  Nadie sabía que yo esperaba agazapado en la oscuridad al chamán.  Nadie sabía que el chamán todavía ejercía sus oscuras prácticas conmigo.  Estaba prohibido utilizar la magia.  Por la gracia de Dios el animal humano había sido elevado a un estado de conciencia que sólo le permitía trabajar y orar.   Y sólo a veces, para conveniencia de la Corona, reproducirse.  Pero esa noche el animal humano volvería a despertar aquel instinto primero que lo dominaba desde otras eras y del que no podía renegar.

FOTO GABRIEL CORREIA

 Yo todavía llevaba puesto el hábito y el cordel del sayo se me enredaba en las piernas, dobladas en cuclillas.  Una mano tocó mi hombro y supe que había llegado la hora.  Me levanté entumecido para seguirlo a través de la selva, soportando los calambres que iban entorpeciendo algunos de mis pasos.  Mi cerebro latía con furia y el temor me abrazaba pero no quería soltarlo, me hacía sentir excitado y poderoso.  Era mayor el ansia que mi piedad.  Años antes en el monasterio había sentido por primera vez algo parecido.  Cuando me sometí al ayuno y a la penitencia, me había puesto de pie a las puertas de algo que cambiaría para siempre mi vida.  Cuando la flagelación, el ayuno y la oscuridad hicieron mella en mí, las alucinaciones se transformaron en mi alimento.  Después de todos esos años en la selva quería volver a experimentarlo, la apertura total de la conciencia y el conocimiento, el poder sobre la muerte.  El brujo me había convencido de intentarlo, lo que me iba a suceder era endemoniado y prohibido, iba contra mi fe y contra las reglas.  Yo intuía en las imágenes los caprichos de mi voluntad, pero no era capaz de ver el universo tan claramente como si fuera Cristo en el desierto.  La mente se extendía sobre todas las cosas y éstas iban robándole la vida en trozos a mi cadaver.

 El chamán entró en la cueva y comenzó a preparar el fuego.  Me senté junto a él mientras manipulaba el mortero.  Sus dedos viejos cortaron los hongos con facilidad.  Su voz de compases graves me llevó poco a poco a la inconsciencia junto con el brevaje, y cabalgando sobre esa letanía fuí chocando contra las paredes de mi cuerpo hasta que desaparecieron sus bordes.  Entonces fui puma jadeante frente al brujo.  Con la mirada amarilla clavada en el otro.  Fija en el pecho del anciano.  Mis fauces de arena ansiaban desgarrar su carne.  El brujo dibujó un círculo en el aire y yo salté a través de él, huyendo libre por la espesura.
 El nahual pasaba por entre las ramas apenas sin tocarlas y un vencido indomable se atragantaba dentro mío.  Yo era el nahual.  No había hacia donde correr, el cerco de la selva lo abarcaba todo.  Los indios y los monjes dormían.  Todas las formas se disolvían en el movimiento ondulante de mis pupilas.
 En el calendario sagrado esa noche era sacramental, el momento único, la repetición de un ritual del macrocosmos.  No había dioses, ni cruces, ni rezos, ni evangelios.  La noche se tragaba las lunas, los eclipses y el sonido animal de mi respiración me empujaba hacia adelante.

FOTO AFRIKITA PEREZ 

 Merodeé la aldea con las orejas erguidas y sensibles, nada me parecía vivo.  Mis sentidos me otorgaban paraísos e infiernos de acuerdo a una justicia que no era de este mundo.  Fue en ese instante que escuché el sonido hueco del cencerro.  Mi sangre y mi olfato sabían cómo hallarla.  Bordeando las paredes de piedra de la iglesia encontré el pequeño establo.  Me abalancé hambriento sobre ellas.  Sentí debajo de mí cuerpo, el cuerpo caliente del animal.  Un deseo sexual atravesó mi columna y desgarré su cuello.  El rojo manchaba la piel clara de mi presa bajo el indiferente resplandor de las estrellas.  En ese minuto bestial y orgásmico aparecieron ante mí dos inquisidores.  Un indio y un monje me cerraban el paso.  Mi espectro danzaba trazando una línea recta frente a los dos cuerpos.  El hombre y el animal convivían dentro de mi horrible y hermoso mundo preguntándose a cuál atacar primero. Ante el puma, la destreza del indio se mostraba innata y ancestral.  El monje era un desecho de carne más junto a la cabra.  Salté sobre el hombre, sentí sus barbas volviéndose pegajosas y sus piernas temblando con los estertores de la muerte.  Las manos ocres del aborígen intentaron apartarme de la víctima del sacrificio, que aún permanecía sentada con las piernas cruzadas junto al chamán frente al fuego.  El indio se agarraba a mi piel y tiraba por mi cuerpo para apartarme de su pecho.  Mis colmillos alcanzaron por fin su corazón atravesando el grueso tejido de su hábito.  Y devoré sus dudas, sus secretos más profundos, sus oscuros pecados y sus entrañas en una bocanada de realidades.  Cesó la lucha.  El cuerpo exhausto del chamán quedó tendido boca abajo.  Mi espíritu por fin era libre.  Y él cavaría mi tumba.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.