María tenía los ojos del color de la yerba nueva. Su cuerpo moreno amanecía cuando el sol empezaba a despegar el vapor de la tierra...Y un día tras otro, lo primero que hacía era tejer sus trenzas negras. Tenía la frente redonda y mestiza, y sus párpados jamás se plegaban detrás de esas pestañas duras que crecían para abajo. Cumplía doce años algún día de ese diciembre pero no sabía cuál. Abría la puerta de la tapera y sin salir al rocío le tiraba el maíz a las gallinas. Miraba al cielo púrpura y sabía. Sabía todo. Si llovería. Si tendría que recoger pronto la ropa. Si podría salir descalza.
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| Lidija Kristina Klobučar |
Cuando salió dejó el brasero encendido aunque su abuela aún dormía. Así podría poner temprano la olla y tener listo el puchero cuando ella regresara para el mediodía. Ya empezaban a aullar los monos cuando el aire del estero se le antojó más pesado que otros días. Sentía la humedad y el frío del barro seco en las plantas de los pies y se le enredaba un poco la bolsa entre los pastizales. Atravesó la ciénaga sin cantar y al abrirse un poco la selva de lapachos y palmeras, se adivinó allá lejos la estancia, tenuemente iluminada. Un fueguito anunciaba que los gauchos ya estaban mateando.
Pasó por al lado del fogón bajando la cabeza, con sus trenzas gruesas y la nuca dividida por una raya despareja. Don Cito gritaba que no lo dejaran rengo, porque le había tocado sólo un mate, y Aceto encimaba tanto la ronda que la yerba ya se estaba lavando. Las risas se le clavaron en la espalda cuando llegó a la cocina. Todos le hacían el artículo de que no había mejor cebadora, porque le pesaba la pava y con el miedo a quemarse le echaba poca agua al cimarrón y entonces el sabor duraba, estiraba la vida de ese jugo polvoriento, caliente y amargo que los mantenía siempre despiertos como un brevaje de gloria.
Aceto tenía cerca de cincuenta. Siempre andaba contando las historias de su abuelo, que si era unitario o federal y que había luchado por la independencia. Por eso a él no le iban a dejar sin la papeleta, decía. Si el patrón no se la firmaba antes de terminar el año había más estancias en Loreto donde quisieran un capataz bueno para la doma. Aunque tuviera que andar dos horas a caballo. Pero él quería llevarse a María. Le regalaba caramelos, camisetas, pintura de uñas que traía del pueblo para aquerenciarla, y así cuando se tuviera que ir la china quedara prendada.
Si María le pasaba cerca se le secaba la boca, se le calentaba la sangre como agua quemada. Ella olía a flor de alfalfa y a laurel, era como una mariposa azul de la tarde. Entonces él estiraba una pierna en medio de su camino para que viese sus botas de potro y se metía los pulgares dentro de la rastra de plata, con los brazos en jarra, como si fuese a bailar un malambo. Decían que Aceto había cazado un yacaré y una boa para unos franceses que vinieron a hacer una película y pararon en la estancia. Tenía fama de usar bien el rebenque y de tener muchos hijos.
María se preparaba un tecito de yuyos porque le dolía la barriga. Las viejas de la casa le decían panza verde porque andaba todo el día haciendo rezongar la bombilla mientras limpiaba.
"Vos te hacés querer haciéndole la comida y poniéndole bien la faja. Él seguro que no te molesta para nada, solamente cuando necesite un poco de cariño." Y esas palabras la asqueaban.
Pero María no se imaginaba con Aceto. Su padre había muerto joven pero Aceto era más viejo. "Y si quedás preñada, nena, corteza hervida con orégano y en dos o tres días lo largás todo. No tengas chicos todavía." Pero María no se imaginaba con Aceto. Ella todavía quería correr persiguiendo cuises, tirarle piedras a los loros, esperar a los sábalos en los rincones del río y ver pasar las víboras para enroscarlas con un palo hacia la orilla. Nunca, en todos sus once años, le había tenido miedo a las pirañas.






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