Translate

07 noviembre 2010

"NO LE DIGAS NADA A NADIE"

"No le digas nada a nadie".  Fue lo último que escuchó al colgar el teléfono.  Le quedaban diez minutos para terminar el desayuno y volar a la oficina.  Si Santa Fe estaba muy cargada ganaría tiempo por Libertador.  El salón estaba ordenado, estaría por llegar Miriam, tenía mucha ropa que lavar.  Miki aún dormía, le iba a dejar en el salón "los mil ladrillos".  Ese juego había dado ya tantas vueltas que no soportaría otra mudanza.  "Que los use, si los pierde los perdió y punto".  Llevaba treinta años dando vueltas por los armarios y Miki se lo pedía cada vez que lo veía.  Si dejaban la casa en un mes había que embalarlo todo y sacar los pasajes sin demoras.  Escuchó las llaves en la puerta.  Desde el balcón vió como la paraguaya se sacaba la campera.  Entró y cerró con fuerza, todavía estaba fresco afuera.  Dejó la taza en la pileta de la cocina y se fue a darle un beso a Miki.
"Chau nena!!".  Salió sin verla, ella estaba ordenando el baño.  En el garage se contaban todos los coches porque nadie en el edificio salía tan temprano.  Cuando se abrió el portón se encontró de frente con el sol que le partió la cabeza, bajó la guantera y se puso las gafas.  Pesado.  Pesado el tráfico.  Pesado el lunes.  Pesado el trámite que tenía que hacer.  El escribano llegaba a las diez asi que primero repasaría unos expedientes.  Ese viaje a París que venía planeando era el punto de goce que le faltaba.  Con una descripción absoluta y rigurosa de todo lo que se llevaría, quedó su agenda abierta sobre la cómoda.
"Merde" pensó. "Si ésta me lo lee se va a dar cuenta de todo".

Cuando entró al despacho sentía la ropa pegada al cuerpo por el sudor, estaba agitada, tenía palpitaciones y se fue a servir un vaso de agua.  Sonó la alarma del móvil.  El teléfono desde el cuál llegaba el mensaje era desconocido pero ponía  "30.000 dólares".  Se quedó vacía, con la mente en blanco, no tenía ni idea de qué se trataba.  Casi al segundo entró otro.  Se veía una foto de Miki sentado en la mesa del comedor, jugando con una pirámide de ladrillitos blancos de plástico.  No estaba asustado, sonreía feliz porque le encantaba ese juego.  Sonó otra vez la alarma: "En dos horas".  No se dió cuenta de que se le habían doblado las piernas y María y Joaquín ya la estaban levantando del suelo.  "Sentate acá" le dijeron.  "Soltame, me tengo que ir".  Ni siquiera vió sus caras, apenas escuchó la voz de María que le gritaba : "Estás loca?".  El banco abría a las diez, se preguntaba cuánto tardarían en acceder a la caja de seguridad, a veces está ajustada para entrar en horas determinadas.  Su auto roncaba cada vez que metía un cambio.  Lo dejó en la puerta, abierto, algo sobre la acera, y entró como una ráfaga.  No supo cómo habló, ni qué dijo, pero al rato el empleado la estaba bajando a la bóveda.  Abrió la caja y metió los fajos de billetes en el bolso.  Salió dejando la llave sobre el mostrador.  Su auto de camino se transformó en la silla eléctrica.  De un frenazo lo montó sobre un cantero de la entrada y se lanzó por las escaleras.  Al abrir la puerta de su casa vió a dos tipos en el salón, tiró el bolso sobre la mesa: "Ahí los tenés".  Abrazó a su hijo y no le importó nada de lo que ocurrió luego.  Vaciaron el bolso y se fueron al terminar la faena.  Ella todavía temblaba, abrazada a Miki, sabiendo que nunca más volvería a ver la cara de esa furiosa ciudad.



JERRY N. UELSMANN


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.