Todos ellos habían llegado hasta ahí después de completar exhaustivos cuestionarios. Pero Ana K. se iría a dormir una vez más bajo la mirada crooner de Tom Waits que le decía..."Well...the moon was gold...her hair like wind...she said don´t look back" desde los acordes de "Hold on". Todo había cambiado tanto...Ya no podía tirar sus huesos en el sofá de algún bar para enredarse con el humo y el gin tonic en alguna conversación interminable por la que pasaran Nick Cave o Leonard Cohen. Ahora el aire inmaculado de los bares se intoxicaba de conversaciones banales y puntos suspensivos de los que salían a fumar a la calle. Así que tomó la decisión y antes de lavarse los dientes encendió el penúltimo cigarrillo de la noche y prefirió continuar. Mientras respondía veía las lamparillas noctámbulas del chat y paladeaba alternadamente a Clapton, al Winston, a Joe Cocker o a Johnny Cash. Tendría que esforzarse un poco más , ahora vendría esa parte del relato que no puede ser ejecutado con púa, donde hace falta sacar las uñas y agudizar los sentidos, explorarlos, abrir las compuertas del recuerdo y dejar que fluya esa catarata como entre los dedos de un bluesman.
Apareció un cartel que decía: "Si quiere avanzar en la aplicación agregue el nombre completo de las personas más importantes de su vida". Comenzó a pensar y se dio cuenta que si no arrancaba de una vez, nunca lo haría. Desde la infancia no, muy tedioso, la mayoría ya estarían muertos. Entonces escribió sólo los nombres de aquellos que pudieran sobrevivirla: su hijo, su marido, su amante, sus hermanos, algunos pocos amigos...Un paso más y otra barrera, una nueva aplicación que le decía: "Seleccione una de las personas importantes y describa extensamente los recuerdos en común ".
Escogió a Luis primero y comenzó por aquel día de la primera nieve, recogiendo ramas para echar a un fuego que ya se había extinguido. Intentó describir sus labios morados y helados, sus gruesos guantes, los kilómetros de abrigos que separaban los cuerpos, el olor en el aire de los robles y la bondad de las castañas en magosto. Procuró volcar cada palabra, cada silencio necesario, las peleas, las reconciliaciones.
Durante el día apuntaba en una libreta todas las imágenes que aparecían en su mente, un flashback que entraba en la moviola y nunca se detenía. Entonces se preguntaba cuál sería el siguiente de la lista, cuál era el orden ? Era aleatorio. No lo marcaba la razón. Le costaba desprenderse de todos sus recuerdos que cobraban la identidad de objetos cuando los narraba. En el momento de soltarlos repetía una y otra vez el ritual de cada despedida para dejar de ser un hecho doloroso y transformarse en un estado permanente, quedaban ahí transcriptos en el portal del tiempo y el espacio ocupando un lugar que no podría ser violado ni siquiera después de su muerte.
Pensó en su hijo y reanudó la escritura. La primera vez que notó su presencia dentro del cuerpo, la forma en que su cabeza sobreabultaba su vientre cuando se acomodaba, el primer instante en que lo pusieron en sus brazos, la forma de dormir y de asustarse.
Pero cómo podría describirle el sonido del vuelo de una mariposa, lo sutil, lo inasible, lo inalienable. Todas las veces que le leyó un cuento o las mañanas de domingo cuando juntos pintaban un cuadro.Así fue pasando por toda su vida, día tras día, por toda su vida compartida. Lo escrito. Lo dicho. Lo escuchado. Lo contemplado. Lo fotografiado. Por todos los momentos que además de ella algún otro podría recordar. Escaneó álbum tras álbum. Agregó a ese mundo de humo cada archivo de su música, la banda de sonido de toda su existencia, un songster que ejecuta su última melodía.
Un día cualquiera, después de muchos años, Dante encendió el ordenador y escribió: "Mamá, te extraño". Y alguien del otro lado respondió : "Hola amor, yo también te extraño. ¿Recuerdas esa tarde de verano cuando corrimos por el parque?


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