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19 febrero 2011

ANTONIETA Y EL MINISTRO



     Antonieta era de esas mujeres cuya capacidad histriónica estaba profundamente ligada a la atención que le dispensaba su público.  Jamás se preguntaba cuál era el papel que debía interpretar para los próximos minutos, eso ni se le cruzaba por la cabeza.  Tenía un don innato, una fuerza, un fuego interior que la derretía y la transformaba alquímicamente en cualquier cosa, la ponía lo mismo en trance que en éxtasis.  La tarde que murió su madre estabamos todos encerrados en una viciada habitación oscura, donde apenas resistían los pabilos por la falta de oxígeno que provocaban las flores. 

     Como si hubiese caído presa de un espíritu que la poseía gritó: "Bueno, yo no quiero que ésto parezca un velorio, así que ahora todos a contar chistes!!!!"  Y soltó una carcajada histérica que nos empujó a cometer la forzada escenificación de un burdel en medio de una sala mortuoria.  Es bien sabido que el humor y la muerte mal se llevan, pero en ocasiones hay un insano placer en presentarlos.  Al cabo de dos horas estaba a las puertas del velatorio una patrulla policial pidiendo que guardáramos el orden y el decoro, pues los deudos del finado del piso de arriba se quejaban de nuestras risotadas. 

     Pero Antonieta igual que hizo aquello podría haber hecho cualquier otra cosa, podría haber estado esas dos horas tirada sobre el féretro abierto, abrazando en medio de un mar de llanto los despojos de su madre muerta.  Y a pesar de todo esa tarde en medio de las caras largas que sobrevinieron a las risas, a pesar de las enormes coronas que impedían el paso atravesadas por lazos que rezaban "Tu familia", "Tus Amigos", "Tus Compañeros de Trabajo", llegó el Ministro montado entre los redondos cantos de su Jaguar, a la misma hora de siempre.  Esta vez para dar las condolencias a Antonieta y el último adios a su vecina.

     No hizo excepciones, igual que cualquier otro día de calor, esos en los que el mercurio tocaba los treinta y ocho grados a la sombra en una  Buenos Aires donde quemaba hasta el zumbido de las chicharras, el Ministro se bajó del auto en calzoncillos con los pantalones prolijamente doblados sobre el brazo.  El barrio parecía un sainete, un cruce caprichoso de vidas entre los adoquines por los que aún pasaba el tranvía.


FOTOS ALICIA SEGAL


1 comentario:

  1. Hola, soy Ángeles me pase para ver si consiguieras poner el traductor, veo que no.
    Decirte que me encanta tu blog, la historia es curiosa, seguramente a la fallecida le gustó más que la gente se riera en su velatorio en vez de derramar lágrimas inútiles.
    Un abrazo!!

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