Translate

24 abril 2011

LA MADRE DE ANTONIETA




Faltaba apenas un lustro para liquidar el siglo diecinueve cuando Buenos Aires ya tenía en funcionamiento el primer tranvía eléctrico. Y para mediados de los cuarenta del nuevo siglo la ciudad ya crecía a un ritmo febril. La terminal de Palermo que era la antigua Plaza de los Portones, se llamaba ahora Plaza Italia donde estaba el monumento a Giuseppe Garibaldi. Ahí comenzaba hacia el río de la Plata el parque 3 de Febrero, en los terrenos donde Sarmiento había planificado el jardín zoológico y el botánico; muy cerca de lo que había sido la estancia de su enemigo, el caudillo federal. La Plaza Italia, como un altar de sacrificios de razas y nacionalidades, terminal del tramway, el sitio por el que pasaban lavanderas, planchadoras, amas de leche, limpiadoras, fruteras, entre las que también caminaba Angelita, única hija de inmigrantes italianos dueños de un puesto de verduras en el mercado. 




 Era por entonces una mujer de exquisita fealdad, tenía esos ojos hundidos e inmensos, de párpados anchos como para escribir en ellos, la frente con curvatura de bóveda y extensa hacia atrás, el cuello largo y la boca pequeña dentro de una cara estrecha y huesuda. En su juventud había sido muy atractiva, sin embargo ahora tenía una vejez en la que solo resplandecía su belleza interior. Sus manos se habían doblado por la artritis y sus uñas eran gruesas, duras y descuidadas como caparazones. Pero su rostro áspero todavía daba esos besos cálidos que sólo las madres saben dar.
Cuando se casó con Hipólito se mudaron a una habitación en la primera planta de una casa chorizo que había comprado una gallega. Hipólito era guarda en el tramway, por eso todas las mañanas llegaba primero, caminando ya uniformado hacia la terminal.




En la casa de inquilinos tenían derecho a un baño donde la ducha funcionaba con azul alcohol de quemar. Había una cocina a leña o a querosene por habitación pero el baño era compartido. Para ellos era casi un departamento, la pieza estaba en una pequeña terraza y se podía ver todo el patio desde la baranda, que por las tardes servía de balcón. 
En esa habitación transcurrió toda su vida. Había una cama de una plaza y media donde cabían dos personas no muy holgadamente, dos mesas de luz, un ropero, una alacena donde guardaban la escasa vajilla, una mesa de apenas un metro cuadrado, dos sillas thonet y un banquito. Una pequeña ventana daba a la milimétrica cocina que no era más que un portón de madera para evitar la lluvia sobre cuatro azulejos, un tiraje y una encimera de cemento donde se apoyaba el calentador Bram Metal de bronce que en los días de invierno también servía de estufa.

FOTO ADRIANA LESTIDO



Allí nació Antonieta que vivió y creció como los demás niños de la casa, que también dormían en un sofá cama. Todos iban al colegio municipal, cuando eran muy pequeños se turnaban para llevarlos pero al cumplir diez años los mayores empezaban a ir solos. Una vez al año llegaba al barrio la Gran Exposición Rural, una feria del campo que se hacía a la vuelta de la casa, en unos terrenos poblados de enormes pabellones con el nombre de familias aristocráticas, donde los estancieros traían su ganadería para exhibirla en enormes establos y participar de los grandes premios y los remates. 




Venían los gauchos, paseaban con sus botas de carpincho, sus rastas de plata y sus facones como si fueran los hacendados, pero en el campo andaban en patas y dormían ahí entre las vacas, sobre los fardos de alfalfa. Entonces el aire se hacia espeso y la casa rezumaba por sus paredes olor a bosta y a arroz con leche. Una vez al día iban al ordeñe y volvían con baldes o damajuanas de litros.  Así que había que hervir, colar, sacar la nata, y aparecían esas enormes fuentes blancas por todas las cocinas, cubiertas de una costra de canela y flotando las cáscaras de limón en sus esquinas. Ese era uno de los días en que Angelita preparaba los niños envueltos, bien apretados con escarbadientes y guisados en salsa de tomate hasta casi deshacerse. Para Antonieta era su día de fiesta que superaba cualquier otro agasajo a pesar de que nunca tuvo demasiados juguetes, guardaba bolsas inmensas de tatuajes del pájaro loco que venían en los chicles de banana y toneladas de muñequitos de plástico que traían los chocolatines sorpresa Jack. Le costó años deshacerse de ellos, pero no había sitio para tesoros. Hipólito murió muy jóven, así que pronto Antonieta abandonó el sofá y durmió con su madre hasta que apareció el Ministro.





Angelita se preguntaba con qué había llenado su vida que parecía tan extensa, entre las mismas cuatro paredes, haciendo su arroz con leche y zurciendo medias. Todo lo que se preguntaba por las noches sobre el pasado quedaba borrado en el café con leche de las mañanas o se consumían sus pensamientos en el fuego de las ventosas que le aplicaban cuando le dolía la espalda. No era capaz de recordar nada. Nunca discutió ni reprochó lo que le tocaba. Aceptaba el bien y el mal como venían y siempre hizo lo mejor que pudo. Soñaba con todo lo que había logrado que era muy poco y con todo lo que iba a lograr en el tiempo que le quedaba. La idea de la muerte no le resultaba dolorosa, había padecido amargas semanas y ya estaba cansada. Últimamente se preguntaba si había una relación entre la manera en que una persona vive y la manera en que muere. La distancia entre sus metas había sido tan corta y el tiempo para alcanzarlas se había hecho tan largo que morir se le hacía fácil.
En cambio para Antonieta morir era un absurdo. No en el sentido metafísico, pues ella jamás se planteaba ningún sentido para las cosas, era orgánica, visceral. Sus respuestas eran instintivas, meras invenciones, fantasías o especulaciones producto de la facilidad con que daba rienda suelta a sus impulsos primarios de vivir o morir. Por la misma razón absurda que se suicidaría sin pensarlo, en ella siempre muerto un deseo aparecía inmediatamente el gérmen de otro, así que era el deseo lo que la mantenía viva y no el instinto de supervivencia.


FOTO ADRIANA LESTIDO


Mientras su madre agonizaba en la cama del hospital, Antonieta esperaba dentro del baño a que el médico terminara la ronda de visitas. No quería que su madre la viera sufrir, no quería verse sufrir a sí misma. Era su manera de seguir conectada a la vida, de darle sentido, de impedir que de pronto se transformara en un drama. Su deseo de amor siempre superaba su deseo de muerte y esa era la peor forma de soledad.
Angelita sólo respiraba por Antonieta, incluso después de aparecer el Ministro. Él vivía en la casa de en frente, era casado y tenía cuatro hijos, y era ya un muchacho cuando Hipólito y ella se mudaron al barrio. Jamás le dijo una sola palabra ni le hizo el menor reproche a su hija. Aunque todos los vecinos lo sabían sólo se comentaba en los sitios y momentos oportunos. Ahora que se moría solo deseaba que Antonieta no sintiera la mínima culpa. Ella padecía otra soledad, la auténtica soledad del que ama.
Y Antonieta gemía de placer, de compasión y de venganza mientras hacía el amor sobre el inodoro para que su madre se muriera tranquila. Para que no pensara que ella iba a sufrir, que iba a quedarse sola o con el Ministro que era lo mismo, para que pudiera irse en paz a la otra vida. Así, con la incerteza de que el amor tarde o temprano nos encuentra.
El pequeño mundo que rodeaba a Angelita se había desvanecido para siempre, y parecía llevárselo el vapor de aquella tarde fogosa en Buenos Aires, mientras los ventiladores de la casa velatoria empujaban hacia la calle nuestras carcajadas y Antonieta se dejaba caer en los brazos de un hombre sin pantalones.




5 comentarios:

  1. Fabulosa, qué bien escrita, qué gran historia...
    no sé que más decirte porque me pareció tan estupenda...

    un besazo enorme, Adri:)

    ResponderEliminar
  2. Quien recuerda el último tranvía y conoció Plaza Italia de ida y vuelta; quien se duchó con querosene y aún recuerda el frío y el olor; el que veía en blanco y negro al pájaro loco comiendo chocolatines Jack, también conoció a Antonieta. Había una en cada barrio, hija de la misma Angelita a las que visitaba el Ministro de cada barrio. Pobre Angelita, pobre Antonieta de los barrios pobres.
    GRAN RELATO, me ha gustado mucho, he disfrutado en cada palabra. Besos !!

    ResponderEliminar
  3. Una extraordinaria historia. Me ha encantado. Gracias por compartirla. :-)

    ResponderEliminar
  4. Maravillosa historia, Adriana, mis más sinceras felicitaciones... Un super beso amiga! Te quiero y admiro!!! Gabriela

    ResponderEliminar
  5. Hermosa historia...obvio que ni siquiera tuve que imaginarme la casa, era sólo escucharte! (Fabiana)

    ResponderEliminar

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.