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25 mayo 2011

EL JUEGO INCONCLUSO




Entré en el Picapiedra en una Compostela crepuscular y psicodélica, un parche futurista de mi sueño en una secuencia de Metal Hurlant. Pensaba encontrarme a Soledad escupiendo improperios, empuñando el mando a distancia para exterminar uno de los pocos telediarios que quedaban en el aire, pero estaba hablando por teléfono y decidió sin preguntar que tenía que tomar café. La máquina de tabaco soltaba la despiadada música de un tema de Holywater, y entre canción y canción nos recordaba con una voz sintética que la sanidad no se haría cargo de nuestros cánceres. Nadie andaba esa noche por la calle, llovía y el frío se metía en los huesos con insistencia.


En plena realidad irrumpió en el bar el tipo que estaba esperando. Una hora antes había estado con él, que se quedó con mi encendedor, así que revolví mis bolsillos buscando inútilmente hasta que cayó la ficha. Apenas visible en una esquina arrinconada en una mesa, bebía cerveza y absenta una pelirroja robusta con un chien francés de los que dejan dinero en la peluquería. Mis dedos tocaban aquella ficha blanca. No podía satisfacer mi curiosidad de cómo serían sus tetas porque el perro parecía ocupar el trono de su escote como un nuevo rico en su Bugatti. Mi colega pidió ginebra. El juego se detuvo esa noche en el momento exacto en que desapareció la ficha que estaba en mi bolsillo. Quedaban pocos jugadores indecisos que pudieran reclutarse por los bares, la mayoría tenía bando definido aunque prefiriesen jugar al oficio mudo como si condujeran bólidos de papel, porque en aquel momento el triunfo literario se consideraba un elemento esencial de la intriga.
En la escenificación de esa noche sólo recuerdo la señal consumada de un juego inconcluso, un crupier omnisciente decidió que acabara ahí lo que habíamos empezado.


Desde su rincón oscuro la pelirroja leyó mi mente:- “Clap” “Clap” “Clap” (Aplausos) “Dicen que las ratas incluso sobreviven al diluvio.” (De su boca salían gruesos anillos de humo desde la sombra) “Es más cómodo no pensar.” Dijo. “Mucho más cómodo. Cuando la sociedad era infeliz tenía deseos profundos. En el placer duerme la destrucción de la raza.”
Su perro se revolvió en el escote. “Como comprenderá...” me dijo “...Llevo años asistiendo a la función que usted está a punto de darme.”
Cuando aquella noche el paño verde quedó abierto sobre la mesa con la partida inconclusa, nos levantamos de las sillas como un monstruo de dos cabezas. En veinte minutos mi colega y yo salimos por la puerta. A partir de ese instante frágil comenzamos una extraña transacción de ideas. La calle fría y mojada seguía desierta. Apuramos el paso pero ninguno mencionó el destino ni el objetivo del impulso, ambos sabíamos perfectamente qué fuerzas directrices nos guiaban. Al llegar al oscuro pasillo de aquel edificio pensé que íbamos a encender la luz pero otra vez el monstruo actuó como un solo cerebro y la oscuridad siguió imperando sobre nuestras intenciones. Si hubiéramos querido luz ambos podríamos haber encendido una lámpara.


Subimos las escaleras, él delante y yo detrás, intuía el penetrante olor a colonia de su abrigo. El edificio estaba completamente silencioso, desde alguna puerta del último piso llegaba el rumor atenuado de un televisor.
Nos detuvimos en el descanso de una entrada donde el único retazo que conservaba restos de pintura era la mirilla. Él tomó el picaporte como la mano de una mujer y apenas rozándolo introdujo un clip en la cerradura. Acostumbraba a entrar así por todos lados. Cedió y vimos el resplandor azul intermitente sobre la pared de la izquierda. El silencio pesaba como una tumba y al verlo ahí semidesnudo, sentado en el sofá, lo tomamos por las piernas y los brazos amordazándolo. Su cuerpo no se resistió, se volvió flácido y comenzó a llorar, las lágrimas brotaban de sus ojos y se multiplicaban de una manera infinita, el agua salada nos llegaba a las rodillas, hacíamos fuerza para transportarlo fuera de la habitación pero el peso del cuerpo se multiplicaba. Crecía el llanto alrededor nuestro, flotaban las almohadas, las fotografías, los manuscritos y las colillas del cenicero, el esfuerzo nos ahogaba. Pensábamos: “Qué más da!!! Si siempre supimos que éramos la Atlántida”. Le preguntamos “por qué sucumbió al poder”, “por qué fue su ventrílocuo”. Entonces dijo que la literatura estaba llena de cobardes, que los escritores de la guerra se repliegan siempre sobre sus propias palabras, que ninguno se pone a destripar las sombras casa por casa, ni a desgarrar cada rincón de los despojos, ni a defender a los inútiles porque es mejor esconder las miserias. Así que nada pudimos hacer por nuestra víctima, su estupidez nos suicidó a los tres en el mutismo más absoluto.



EL JUEGO INCONCLUSO




Entré en el Picapiedra en una Compostela crepuscular y psicodélica, un parche futurista de mi sueño en una secuencia de Metal Hurlant. Pensaba encontrarme a Soledad escupiendo improperios, empuñando el mando a distancia para exterminar uno de los pocos telediarios que quedaban en el aire, pero estaba hablando por teléfono y decidió sin preguntar que tenía que tomar café. La máquina de tabaco soltaba la despiadada música de un tema de Holywater, y entre canción y canción nos recordaba con una voz sintética que la sanidad no se haría cargo de nuestros cánceres. Nadie andaba esa noche por la calle, llovía y el frío se metía en los huesos con insistencia.


En plena realidad irrumpió en el bar el tipo que estaba esperando. Una hora antes había estado con él, que se quedó con mi encendedor, así que revolví mis bolsillos buscando inútilmente hasta que cayó la ficha. Apenas visible en una esquina arrinconada en una mesa, bebía cerveza y absenta una pelirroja robusta con un chien francés de los que dejan dinero en la peluquería. Mis dedos tocaban aquella ficha blanca. No podía satisfacer mi curiosidad de cómo serían sus tetas porque el perro parecía ocupar el trono de su escote como un nuevo rico en su Bugatti. Mi colega pidió ginebra. El juego se detuvo esa noche en el momento exacto en que desapareció la ficha que estaba en mi bolsillo. Quedaban pocos jugadores indecisos que pudieran reclutarse por los bares, la mayoría tenía bando definido aunque prefiriesen jugar al oficio mudo como si condujeran bólidos de papel, porque en aquel momento el triunfo literario se consideraba un elemento esencial de la intriga.
En la escenificación de esa noche sólo recuerdo la señal consumada de un juego inconcluso, un crupier omnisciente decidió que acabara ahí lo que habíamos empezado.


Desde su rincón oscuro la pelirroja leyó mi mente:- “Clap” “Clap” “Clap” (Aplausos) “Dicen que las ratas incluso sobreviven al diluvio.” (De su boca salían gruesos anillos de humo desde la sombra) “Es más cómodo no pensar.” Dijo. “Mucho más cómodo. Cuando la sociedad era infeliz tenía deseos profundos. En el placer duerme la destrucción de la raza.”
Su perro se revolvió en el escote. “Como comprenderá...” me dijo “...Llevo años asistiendo a la función que usted está a punto de darme.”
Cuando aquella noche el paño verde quedó abierto sobre la mesa con la partida inconclusa, nos levantamos de las sillas como un monstruo de dos cabezas. En veinte minutos mi colega y yo salimos por la puerta. A partir de ese instante frágil comenzamos una extraña transacción de siameses . La calle fría y mojada seguía desierta a esa hora de la madrugada. Apuramos el paso pero ninguno mencionó el destino ni el objetivo del impulso, ambos sabíamos perfectamente qué fuerzas directrices nos guiaban. Al llegar al oscuro pasillo de aquel edificio pensé que íbamos a encender la luz pero otra vez el monstruo actuó como un solo cerebro y la oscuridad siguió imperando sobre nuestras intenciones. Si hubiéramos querido luz alguno de los dos hubiera encendido una lámpara.


Subimos las escaleras, él delante y yo detrás, podía oler el penetrante olor a colonia de su abrigo. El edificio estaba completamente silencioso, desde atrás de alguna puerta del último piso llegaba el rumor apagado de un televisor.
Nos detuvimos en el descanso de una entrada donde el único retazo que conservaba restos de pintura era la mirilla. Él tomó el picaporte como si fuera la mano de una mujer y apenas rozándolo introdujo un clip en la cerradura. Acostumbraba a entrar así por todos lados. Cedió y vimos el resplandor azul intermitente sobre la pared de la izquierda. El silencio pesaba como una tumba y al verlo ahí semidesnudo, sentado en el sofá, lo tomamos por las piernas y los brazos amordazándolo. Su cuerpo no se resistió, se volvió flácido y comenzó a llorar, las lágrimas brotaban de sus ojos y se multiplicaban de una manera infinita, el agua salada nos llegaba a las rodillas, hacíamos fuerza para transportarlo fuera de la habitación pero el peso del cuerpo se multiplicaba. Crecía el llanto alrededor nuestro, flotaban las almohadas, las fotografías, los manuscritos y las colillas del cenicero, el esfuerzo nos ahogaba. Pensábamos: “Qué más da!!! Si siempre supimos que éramos la Atlántida”. Le preguntamos “por qué sucumbió al poder”, “por qué fue su ventrílocuo”. Entonces dijo que la literatura estaba llena de cobardes, que los escritores de la guerra se repliegan siempre sobre sus propias palabras, que ninguno se pone a destripar las sombras casa por casa, ni a desgarrar cada rincón de los despojos, ni a defender a los inútiles porque es mejor esconder las miserias. Así que nada pudimos hacer por nuestra víctima, su estupidez nos suicidó a los tres en el mutismo más absoluto.



21 mayo 2011

Subterranean Homesick Blues




Johnny's in the basement
Mixing up the medicine
I'm on the pavement
Thinking about the government
The man in the trench coat
Badge out, laid off
Says he's got a bad cough
Wants to get it paid off
Look out kid
It's somethin' you did
God knows when
But you're doin' it again
You better duck down the alley way
Lookin' for a new friend
The man in the coon-skin cap
In the big pen
Wants eleven dollar bills
You only got ten


Maggie comes fleet foot
Face full of black soot
Talkin' that the heat put
Plants in the bed but
The phone's tapped anyway
Maggie says that many say
They must bust in early May
Orders from the D. A.
Look out kid
Don't matter what you did
Walk on your tip toes
Don't try "No Doz"
Better stay away from those
That carry around a fire hose
Keep a clean nose
Watch the plain clothes
You don't need a weather man
To know which way the wind blows


Get sick, get well
Hang around a ink well
Ring bell, hard to tell
If anything is goin' to sell
Try hard, get barred
Get back, write braille
Get jailed, jump bail
Join the army, if you fail
Look out kid
You're gonna get hit
But users, cheaters
Six-time losers
Hang around the theaters
Girl by the whirlpool
Lookin' for a new fool
Don't follow leaders
Watch the parkin' meters


Ah get born, keep warm
Short pants, romance, learn to dance
Get dressed, get blessed
Try to be a success
Please her, please him, buy gifts
Don't steal, don't lift
Twenty years of schoolin'
And they put you on the day shift
Look out kid
They keep it all hid
Better jump down a manhole
Light yourself a candle
Don't wear sandals
Try to avoid the scandals
Don't wanna be a bum
You better chew gum
The pump don't work
'Cause the vandals took the handles

Bob Dylan
http://www.bobdylan.com/us/home

16 mayo 2011

AFFAIR

Foto Helmut Newton


Serás un dios falible
al que puedo adorar
por un instante
no me importa
perder el sentido
bajo el huracán
de tu vientre
y tus fluidos.
Se poblarán los sueños
después
de equívocos y estorbos
y de interpretaciones.
Y me enumerarás sin  fe
virtudes teologales
de dudosa belleza.
Ocultarás tus deseos
con invenciones absurdas
y cegarás tus ojos
de moralidades vanas.
Tus manos derretidas
desaparecerán como peces
en mi boca y yo
desde ese plácido infierno
aguardaré tu impronta.


Adriana Fernández Lagoa





07 mayo 2011

MARGARITA



MARGARITA

Cierta vez, cuando viví esos años en México, conocí a Teodoro y a su padre.  Cuanto más dormía, más creía que era posible contar alguna vez esta historia a otra persona.  Luego, cuando despertaba, las palabras se desorganizaban de nuevo en mi mano, porque la historia de Teodoro y su padre era una historia no para ser vivida sino para ser soñada. 
Cantaba yo por entonces en un coro en el que Teodoro era tenor solista, su voz era de una infinita distancia con este mundo terreno.  Era una voz que emergía desde las profundidades de su estómago, pero este parecía haber sido depositado en las alturas.  A mí nunca me había gustado su aspecto tan pulcro y formal hasta que lo escuché cantar.  Cuando cantaba se transformaba en un fauno moreno que, vestido de oscuro, era tragado por la penumbra del templo y sólo su poderosa voz emergía como un oráculo desde las sombras.  Hipnótica entre sus blancos dientes, su lengua lucía tan roja como la imagen del corazón de Jesús.  Y también me resultaban inquietantes sus manos, finas, delgadas, musicales.  Pintando siempre cuadros religiosos y acariciando amorosamente mis hombros y mi espalda mientras entonábamos “Hosanna en el cielo”.  Su padre, desde el altar, convertía en liturgia la lectura de los salmos y las jaculatorias.
Así transcurría nuestro noviazgo mientras yo preparaba una tesis sobre Civilizaciones del Yucatán.


Yo vivía en una casa pequeña pero muy bonita, con amplias galerías y a veces en exceso luminosa.  Ellos habitaban una casa muy grande y muy húmeda, cubierta por los helechos y las árboles frutales.  Sólo un salón donde estaba el piano y el atellier de Teodoro recibían de pleno la luz natural.  Pasaba muchas horas con ellos, leyéndoles, organizándoles la agenda del personal de servicio, acompañándoles a los actos sociales.  Y a pesar de desenvolverse la vida con una rutinaria normalidad, el día de los muertos era invitada como un verdadero honor a compartir la cena con ellos.  Esa noche se abría una puerta al más allá que nos separaba, poniendo por ocho días las cosas en su sitio.  Cuando llegaba la hora yo me presentaba con mis mejores galas y nos sentábamos los cuatro a la mesa: Teodoro, su padre, yo y la Difunta.  Su presencia era tan persistente como el olor de la ruda por todos los rincones.  La casa se llenaba de velas y de candilejas azules y ocres.  Entonces le poníamos balché y jícama y yo le agregaba pastillas para dormir a la muerta, así no descubría que la que estaba viva era yo.  Y le preparábamos dulce de papaya y atole nuevo y tamales de espelón para que comiera con nosotros.  Pero yo deseaba que se estuviera calladita. 
A mí realmente no me importaba otra cosa que acabar mi tesis y asistía a todos estos sucesivos juegos porque les había tomado cariño y porque estábamos solos.  Así que me sentaba allí una vez al año para ser presentada en sociedad a mi futura suegra, que nunca se metería en mi fiesta de boda, ni en mi ajuar, ni opinaría sobre cuando habrían de venir los nietos, sólo se tomaría el chocolate y se comería el pan de muerto sin decirme una palabra.  


  

Pero yo sentía que su aprobación o su disgusto flotaban en el aire, cargado de resplandores y de olores cada noche de muertos.  Desde sus fotos, enmarcadas como cuadros y puestas sobre altares por toda la casa, me observaba con sus distintos estados de ánimo.  Al pasar frente a la cocina me sonreía franca y juvenil desde una playa.  En el pasillo al salón me miraba desde lo alto de una pirámide escudriñándome como si fuera a robarme algo.  En la cabecera de la mesa nos bendecía con un amor desinteresado y más allá de lo humano.
Quizás en esos cuatro años conocí más a los muertos que a los vivos.  Margarita parecía decidir mi futuro de una manera dramática.  Yo me anudaba una cinta negra en la muñeca como le hacían a los niños, para que no me llevara.  Ellos decían que venía unos días antes de la ceremonia para lavar sus ropas y acicalarse para el homenaje.  Hay mecanismos extraños que determinan el destino de las personas.  Aunque entre esos mecanismos debe contarse el azar, la vida no es exactamente una ruleta.  Y si un fantasma mueve los acontecimientos como un jugador sus piezas de ajedrez, entonces el destino se vuelve infinitamente menos intrigante.  Cuando sus elecciones, aún sin ser las esperadas, van cambiando circunstancias y consecuencias como los colores de un cuadro.

A lo largo de un año mi presencia se volvió insustituible, como una hija más, como una madre, una esposa solícita, una amiga, una amante.  Sólo dejaba a Teodoro y su padre para trabajar en mi tesis y que ellos se reconciliaran con sus neurosis.   Uno se encerraba a pintar iconos, ensayando cantatas y salmos.  El otro buscaba en sus amigos de sociedad actividades bendecidas por el cura párroco.
Y luego de un año llegaba noviembre.   Y  otra vez la noche de difuntos bebiendo balché.   Y de nuevo el suspense se cernía sobre los comensales.   Porque quien ha estado fuera un año, no siempre aprueba lo que ocurrió en su ausencia.


01 mayo 2011

Jaime Urrutia y Bunbury - El Calor del amor en un bar

EL CAZADOR

Margarita Georgiadis

El sótano era profundo, húmedo, silencioso. Cada vez que emergía de aquellas escaleras metálicas sentía un golpe helado en su nuca. Se extendía por debajo de la casa lleno de laberintos y falsas puertas en toda su dimensión. Era raro que Él se quedara a dormir en la casa del bosque. La oscuridad que provocaban los árboles casi pegados a los muros podía ser oportuna pero también desagradable. Siempre prefirió los espacios abiertos para evitar múltiples posibilidades de fuga. Echó la llave a todos los cerrojos y subió a su avioneta después de cerciorarse de que todas las puertas y ventanas estaban bloqueadas. Era guapo, corpulento, seductor, olía a colonias caras y siempre iba bien afeitado. Puso en marcha los motores para regresar a la civilización y mientras giraban debajo los quinientos metros de tejados, las espirales del bosque se los iban tragando. Pensó que en poco más de media hora estaría en su oficina preparando el próximo fin de semana.

Ella esperaba el ascensor y tuvo la sensación de que alguien estaba a sus espaldas, sintió que quien miraba su trasero también la estaba oliendo como un animal. Permaneció inmóvil, algo excitada, conteniendo la respiración hasta que se abrieron las puertas. Se relajó al ver por el espejo al hombre impecable, vestido con elegancia que estaba detrás de Ella y que la empujaba con el roce de su cuerpo. Apretó involuntariamente los glúteos debajo del vestido y un escalofrío pareció advertirle que en ese punto todo alrededor había cambiado.   Su tímida percepción del éxito la hizo sonreír despreocupada aunque con cierto malestar de estómago.  Y aquel hombre estimulante en tres o cuatro frases ya le había propuesto una cita.
La noche anterior Ella había decidido no volver al Wild Cherry.  No era el tipo de bar donde encontraría lo que buscaba. No todo le valía. Ya no quería frecuentar habitaciones hechas de tableros fenólicos y moquetas flocadas. Quería lo que querían todas las mujeres, despertar en una cama blanda, blanca, limpia y luminosa.
En el coqueteo de los primeros dos días comenzó la danza de la sincronicidad, exponiendo diversas afinidades y planes. Entonces al tercer día llegó el golpe de efecto: “Te gustaría volar en mi avioneta?”. Ninguna chica se resistía a esa pregunta, aunque algo parecido al pánico acechase detrás de la oferta. El vuelo siempre era fantástico y la llegada a la casa impactante.
Ella esperó con ansias el fin de semana. El viernes la pasó a buscar por su casa y llegaron al aeródromo. Los preparativos desbordaban la excitación de ambos. Cada uno tenía sus planes meticulosamente soñados, dentro de todas las realidades que se presentaban como posibles. Ella se sentía poderosa y desvalida a la vez. Él sólo sentía la pulsión de adrenalina en sus sienes.  Al llegar a la casa los juegos se precipitaron, dejando poco sitio para las palabras. Él la rodeó con los brazos y la desnudó con extremo cuidado.   La volteó de espaldas y tal como hizo en el ascensor, la  empujó con la sutileza de una sombra hasta el inmenso ventanal que daba al bosque. Lo abrió mientras ponía la boca en su cuello y metiendo la lengua en su oreja le susurró: “Ahora corre hasta que yo te alcance”.