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| Margarita Georgiadis El sótano era profundo, húmedo, silencioso. Cada vez que emergía de aquellas escaleras metálicas sentía un golpe helado en su nuca. Se extendía por debajo de la casa lleno de laberintos y falsas puertas en toda su dimensión. Era raro que Él se quedara a dormir en la casa del bosque. La oscuridad que provocaban los árboles casi pegados a los muros podía ser oportuna pero también desagradable. Siempre prefirió los espacios abiertos para evitar múltiples posibilidades de fuga. Echó la llave a todos los cerrojos y subió a su avioneta después de cerciorarse de que todas las puertas y ventanas estaban bloqueadas. Era guapo, corpulento, seductor, olía a colonias caras y siempre iba bien afeitado. Puso en marcha los motores para regresar a la civilización y mientras giraban debajo los quinientos metros de tejados, las espirales del bosque se los iban tragando. Pensó que en poco más de media hora estaría en su oficina preparando el próximo fin de semana. |
Ella esperaba el ascensor y tuvo la sensación de que alguien estaba a sus espaldas, sintió que quien miraba su trasero también la estaba oliendo como un animal. Permaneció inmóvil, algo excitada, conteniendo la respiración hasta que se abrieron las puertas. Se relajó al ver por el espejo al hombre impecable, vestido con elegancia que estaba detrás de Ella y que la empujaba con el roce de su cuerpo. Apretó involuntariamente los glúteos debajo del vestido y un escalofrío pareció advertirle que en ese punto todo alrededor había cambiado. Su tímida percepción del éxito la hizo sonreír despreocupada aunque con cierto malestar de estómago. Y aquel hombre estimulante en tres o cuatro frases ya le había propuesto una cita.
La noche anterior Ella había decidido no volver al Wild Cherry. No era el tipo de bar donde encontraría lo que buscaba. No todo le valía. Ya no quería frecuentar habitaciones hechas de tableros fenólicos y moquetas flocadas. Quería lo que querían todas las mujeres, despertar en una cama blanda, blanca, limpia y luminosa.
En el coqueteo de los primeros dos días comenzó la danza de la sincronicidad, exponiendo diversas afinidades y planes. Entonces al tercer día llegó el golpe de efecto: “Te gustaría volar en mi avioneta?”. Ninguna chica se resistía a esa pregunta, aunque algo parecido al pánico acechase detrás de la oferta. El vuelo siempre era fantástico y la llegada a la casa impactante.
Ella esperó con ansias el fin de semana. El viernes la pasó a buscar por su casa y llegaron al aeródromo. Los preparativos desbordaban la excitación de ambos. Cada uno tenía sus planes meticulosamente soñados, dentro de todas las realidades que se presentaban como posibles. Ella se sentía poderosa y desvalida a la vez. Él sólo sentía la pulsión de adrenalina en sus sienes. Al llegar a la casa los juegos se precipitaron, dejando poco sitio para las palabras. Él la rodeó con los brazos y la desnudó con extremo cuidado. La volteó de espaldas y tal como hizo en el ascensor, la empujó con la sutileza de una sombra hasta el inmenso ventanal que daba al bosque. Lo abrió mientras ponía la boca en su cuello y metiendo la lengua en su oreja le susurró: “Ahora corre hasta que yo te alcance”.


Qué bueno!!!
ResponderEliminarMuy buena historia