Entré en el Picapiedra en una Compostela crepuscular y psicodélica, un parche futurista de mi sueño en una secuencia de Metal Hurlant. Pensaba encontrarme a Soledad escupiendo improperios, empuñando el mando a distancia para exterminar uno de los pocos telediarios que quedaban en el aire, pero estaba hablando por teléfono y decidió sin preguntar que tenía que tomar café. La máquina de tabaco soltaba la despiadada música de un tema de Holywater, y entre canción y canción nos recordaba con una voz sintética que la sanidad no se haría cargo de nuestros cánceres. Nadie andaba esa noche por la calle, llovía y el frío se metía en los huesos con insistencia.
En plena realidad irrumpió en el bar el tipo que estaba esperando. Una hora antes había estado con él, que se quedó con mi encendedor, así que revolví mis bolsillos buscando inútilmente hasta que cayó la ficha. Apenas visible en una esquina arrinconada en una mesa, bebía cerveza y absenta una pelirroja robusta con un chien francés de los que dejan dinero en la peluquería. Mis dedos tocaban aquella ficha blanca. No podía satisfacer mi curiosidad de cómo serían sus tetas porque el perro parecía ocupar el trono de su escote como un nuevo rico en su Bugatti. Mi colega pidió ginebra. El juego se detuvo esa noche en el momento exacto en que desapareció la ficha que estaba en mi bolsillo. Quedaban pocos jugadores indecisos que pudieran reclutarse por los bares, la mayoría tenía bando definido aunque prefiriesen jugar al oficio mudo como si condujeran bólidos de papel, porque en aquel momento el triunfo literario se consideraba un elemento esencial de la intriga.
En la escenificación de esa noche sólo recuerdo la señal consumada de un juego inconcluso, un crupier omnisciente decidió que acabara ahí lo que habíamos empezado.
Desde su rincón oscuro la pelirroja leyó mi mente:- “Clap” “Clap” “Clap” (Aplausos) “Dicen que las ratas incluso sobreviven al diluvio.” (De su boca salían gruesos anillos de humo desde la sombra) “Es más cómodo no pensar.” Dijo. “Mucho más cómodo. Cuando la sociedad era infeliz tenía deseos profundos. En el placer duerme la destrucción de la raza.”
Su perro se revolvió en el escote. “Como comprenderá...” me dijo “...Llevo años asistiendo a la función que usted está a punto de darme.”
Cuando aquella noche el paño verde quedó abierto sobre la mesa con la partida inconclusa, nos levantamos de las sillas como un monstruo de dos cabezas. En veinte minutos mi colega y yo salimos por la puerta. A partir de ese instante frágil comenzamos una extraña transacción de siameses . La calle fría y mojada seguía desierta a esa hora de la madrugada. Apuramos el paso pero ninguno mencionó el destino ni el objetivo del impulso, ambos sabíamos perfectamente qué fuerzas directrices nos guiaban. Al llegar al oscuro pasillo de aquel edificio pensé que íbamos a encender la luz pero otra vez el monstruo actuó como un solo cerebro y la oscuridad siguió imperando sobre nuestras intenciones. Si hubiéramos querido luz alguno de los dos hubiera encendido una lámpara.
Subimos las escaleras, él delante y yo detrás, podía oler el penetrante olor a colonia de su abrigo. El edificio estaba completamente silencioso, desde atrás de alguna puerta del último piso llegaba el rumor apagado de un televisor.
Nos detuvimos en el descanso de una entrada donde el único retazo que conservaba restos de pintura era la mirilla. Él tomó el picaporte como si fuera la mano de una mujer y apenas rozándolo introdujo un clip en la cerradura. Acostumbraba a entrar así por todos lados. Cedió y vimos el resplandor azul intermitente sobre la pared de la izquierda. El silencio pesaba como una tumba y al verlo ahí semidesnudo, sentado en el sofá, lo tomamos por las piernas y los brazos amordazándolo. Su cuerpo no se resistió, se volvió flácido y comenzó a llorar, las lágrimas brotaban de sus ojos y se multiplicaban de una manera infinita, el agua salada nos llegaba a las rodillas, hacíamos fuerza para transportarlo fuera de la habitación pero el peso del cuerpo se multiplicaba. Crecía el llanto alrededor nuestro, flotaban las almohadas, las fotografías, los manuscritos y las colillas del cenicero, el esfuerzo nos ahogaba. Pensábamos: “Qué más da!!! Si siempre supimos que éramos la Atlántida”. Le preguntamos “por qué sucumbió al poder”, “por qué fue su ventrílocuo”. Entonces dijo que la literatura estaba llena de cobardes, que los escritores de la guerra se repliegan siempre sobre sus propias palabras, que ninguno se pone a destripar las sombras casa por casa, ni a desgarrar cada rincón de los despojos, ni a defender a los inútiles porque es mejor esconder las miserias. Así que nada pudimos hacer por nuestra víctima, su estupidez nos suicidó a los tres en el mutismo más absoluto.




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