MARGARITA
Cierta vez, cuando viví esos años en México, conocí a Teodoro y a su padre. Cuanto más dormía, más creía que era posible contar alguna vez esta historia a otra persona. Luego, cuando despertaba, las palabras se desorganizaban de nuevo en mi mano, porque la historia de Teodoro y su padre era una historia no para ser vivida sino para ser soñada.
Cantaba yo por entonces en un coro en el que Teodoro era tenor solista, su voz era de una infinita distancia con este mundo terreno. Era una voz que emergía desde las profundidades de su estómago, pero este parecía haber sido depositado en las alturas. A mí nunca me había gustado su aspecto tan pulcro y formal hasta que lo escuché cantar. Cuando cantaba se transformaba en un fauno moreno que, vestido de oscuro, era tragado por la penumbra del templo y sólo su poderosa voz emergía como un oráculo desde las sombras. Hipnótica entre sus blancos dientes, su lengua lucía tan roja como la imagen del corazón de Jesús. Y también me resultaban inquietantes sus manos, finas, delgadas, musicales. Pintando siempre cuadros religiosos y acariciando amorosamente mis hombros y mi espalda mientras entonábamos “Hosanna en el cielo”. Su padre, desde el altar, convertía en liturgia la lectura de los salmos y las jaculatorias.
Así transcurría nuestro noviazgo mientras yo preparaba una tesis sobre Civilizaciones del Yucatán.
Yo vivía en una casa pequeña pero muy bonita, con amplias galerías y a veces en exceso luminosa. Ellos habitaban una casa muy grande y muy húmeda, cubierta por los helechos y las árboles frutales. Sólo un salón donde estaba el piano y el atellier de Teodoro recibían de pleno la luz natural. Pasaba muchas horas con ellos, leyéndoles, organizándoles la agenda del personal de servicio, acompañándoles a los actos sociales. Y a pesar de desenvolverse la vida con una rutinaria normalidad, el día de los muertos era invitada como un verdadero honor a compartir la cena con ellos. Esa noche se abría una puerta al más allá que nos separaba, poniendo por ocho días las cosas en su sitio. Cuando llegaba la hora yo me presentaba con mis mejores galas y nos sentábamos los cuatro a la mesa: Teodoro, su padre, yo y la Difunta. Su presencia era tan persistente como el olor de la ruda por todos los rincones. La casa se llenaba de velas y de candilejas azules y ocres. Entonces le poníamos balché y jícama y yo le agregaba pastillas para dormir a la muerta, así no descubría que la que estaba viva era yo. Y le preparábamos dulce de papaya y atole nuevo y tamales de espelón para que comiera con nosotros. Pero yo deseaba que se estuviera calladita.
A mí realmente no me importaba otra cosa que acabar mi tesis y asistía a todos estos sucesivos juegos porque les había tomado cariño y porque estábamos solos. Así que me sentaba allí una vez al año para ser presentada en sociedad a mi futura suegra, que nunca se metería en mi fiesta de boda, ni en mi ajuar, ni opinaría sobre cuando habrían de venir los nietos, sólo se tomaría el chocolate y se comería el pan de muerto sin decirme una palabra.
Pero yo sentía que su aprobación o su disgusto flotaban en el aire, cargado de resplandores y de olores cada noche de muertos. Desde sus fotos, enmarcadas como cuadros y puestas sobre altares por toda la casa, me observaba con sus distintos estados de ánimo. Al pasar frente a la cocina me sonreía franca y juvenil desde una playa. En el pasillo al salón me miraba desde lo alto de una pirámide escudriñándome como si fuera a robarme algo. En la cabecera de la mesa nos bendecía con un amor desinteresado y más allá de lo humano.
Quizás en esos cuatro años conocí más a los muertos que a los vivos. Margarita parecía decidir mi futuro de una manera dramática. Yo me anudaba una cinta negra en la muñeca como le hacían a los niños, para que no me llevara. Ellos decían que venía unos días antes de la ceremonia para lavar sus ropas y acicalarse para el homenaje. Hay mecanismos extraños que determinan el destino de las personas. Aunque entre esos mecanismos debe contarse el azar, la vida no es exactamente una ruleta. Y si un fantasma mueve los acontecimientos como un jugador sus piezas de ajedrez, entonces el destino se vuelve infinitamente menos intrigante. Cuando sus elecciones, aún sin ser las esperadas, van cambiando circunstancias y consecuencias como los colores de un cuadro.
A lo largo de un año mi presencia se volvió insustituible, como una hija más, como una madre, una esposa solícita, una amiga, una amante. Sólo dejaba a Teodoro y su padre para trabajar en mi tesis y que ellos se reconciliaran con sus neurosis. Uno se encerraba a pintar iconos, ensayando cantatas y salmos. El otro buscaba en sus amigos de sociedad actividades bendecidas por el cura párroco.
Y luego de un año llegaba noviembre. Y otra vez la noche de difuntos bebiendo balché. Y de nuevo el suspense se cernía sobre los comensales. Porque quien ha estado fuera un año, no siempre aprueba lo que ocurrió en su ausencia.



No te adornes
ResponderEliminarSin los preceptos de los vivos
Al menos los adeptos
A la existencia veraz de los idos
Para así tus enseres sean tomados
Como dados
Que al fin, un año no es más que un cuento…
Gracias por tu tesis…cuidate…Bsts Adriana