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25 septiembre 2011

DESAYUNO DE DOMINGO


FOTO © ANTONIO TABERNERO


Sube a una silla
y se trepa a un ventanuco
por el que sopla su alma.
Desacomoda
sus músculos faciales
para esculpir una sonrisa.
En una mesa doblada
por el agua
convoca al sol
de las miradas de su infancia.
Entre tantos productos
de la industria humana
se sirve miel en la tostada.
Ese líquido venerable
que transforma
en amables sus palabras.



Adriana Fernández Lagoa © 

21 septiembre 2011

UNDERGROUND STAR

Yo sólo creo
en mi "estrella underground"
porque cierro los ojos
y ella me canta

aún debajo de la tierra
una melodía de bronquios maltrechos.
Espero su música cada noche
encerrada en un cuarto de baño
porque ella es capaz de auyentar
cualquier fantasma
ella es el final de todas las pesadillas
y el alba de todos los insomnios.
Ella es mi "estrella underground".







Adriana Fernández Lagoa © 

12 septiembre 2011

PENTAGRAMA

Foto Rafael Ojea© 


Entre las sutiles notas
de tu vuelo
descansan todas las fronteras.
Quisiera atravesarlas
como el aullido
de un lobo hambriento.




27 agosto 2011

ESCONDITE

FOTOGRAFIA GUILLERMO ASIÁN ©


Sube...Sube...
Sabes?
Todavía te espero.
La brisa marcando
el compás de la tarde
de un día de enero.
Tus manos
apenas creciendo
(las venas fragantes)
recorren mi pecho.
La hierba en tu pelo.
El sol en tus ojos.
Saliva en los versos.


Adriana Fernández Lagoa©  

26 agosto 2011

NORNAS


Tres hilanderas tejen
sus arduas cabelleras:
Infancia y Senectud
en azaroso vuelo
dibujan un Presente
que se funde en arena.
Sabe a sudor tu boca
de verbos incompletos...
Una puerta entreabierta
aquilata el olvido
y te ofrece un camino
al arbitrio de un ciego.

Adriana Fernández Lagoa © 

19 agosto 2011

EL RIO


FOTÓGRAFO JR VEGA ©
http://maqroll.shutterchance.com/
Mis ojos
se deshojan en ti
luna rodada
hacia el presentimiento del mar.
Me vuelvo espacio
y eco
y reverberación de mí.
Me atrapo.
Me traspaso.
Soy flujo.
Corriente saliendo
de donde no puedo hallarme.
Del barro
que me habita.
No empiezo,
transcurro.



Adriana Fernández Lagoa©  

31 julio 2011

HARMONIUM

“Mira...Es una cuna” dijo Horacio acercándose.
“Y qué hay dentro? Preguntó ella.
“Es que no lo ves? Es una lengua. Una inmensa lengua
de un material muy extraño”



HARMONIUM


Hacía mucho tiempo que no nos tomábamos de las manos. Recorrimos la secreta tienda, ella me seguía sin ver nada, como una celadora o una enfermera. Yo creo que el error es que alguna vez la amé. Sí, la amé y eso cambió todo. Se mezclaba su silencio con los muebles kitsch, la numismática digna de Aureo & Calicó, un par de chelos y una pequeña guitarra portuguesa. El dudoso anticuario no nos despegaba la mirada, que pasaba obstinadamente de nuestras cabezas a unos espejos en el techo, que seguían mostrándole nuestras cabezas y en algún otro ángulo también le mostraba nuestras manos. Lo vi entonces. Apareció ahí arrinconado y cubierto de polvo. Era una época en la que gastábamos dinero en cosas inútiles, sin embargo no me atreví a preguntarle si le parecía buena idea comprarlo. Después de tantos años de advertencias y amenazas ya me había replegado. Era un objeto que si entraba en la casa saldría yo detrás sin ninguna duda por la ventana.  Y ella se encargaría de eso con la ayuda de mi padre.  Al cabo de un par de horas nos despedimos del improvisado salón de arte con un ademán imperceptible dirigido al hombre hindú que la regenteaba y salimos al aire fresco de la tarde. Se detuvo el autobús frente a nosotros y bajó un hombrecito leyendo un periódico amarillento. Sentí la misma inquietud que cuando me sentaba en el último banco de la iglesia y se acercaba poco a poco la mujer de la colecta, con esa bolsa oscura que representaba para mí las comilonas del cura. El pequeño hombre calvo miró de soslayo hacia atrás, hacia nosotros y se metió apresuradamente en la tienda, doblando bajo el brazo su ajado periódico.
“Alguna vez has estado al lado de un asesino sin saber que era un asesino?”. Mi pregunta no obtuvo ninguna respuesta. Así que continué: “Creces y te vas transformando en asesino sin saberlo. Ciertamente tú no lo sabes, pero lo eres.”
En ese momento seguramente ella pensó: “Deberías estar en ese manicomio” pero no lo dijo. El autobús giraba rodeando la plaza, bajábamos en cinco minutos.
Cuando desperté por la mañana me puse a recortar mis figuras de papel. Estuve un largo rato recortando una medusa sobre mi cama. Me levanté para ir hacia la cocina y me golpeé la cabeza contra una esquina de la pared. Recordé cuán lejos estaba del equilibrio. Me pasé la medusa por la herida. Se aplastó. Se desintegró. Se transformó en una escabrosa bola de papel que fue a parar a la basura.
Vi mi viejo teclado en un estante. Hacía meses que mis dedos temblorosos no coordinaban. Podrían morir en un cerebro para siempre el sentido del ritmo y la melodía?. Seguía lobotomizado, con una maleta cerrada y cargada con la mitad de mis cosas en el oscuro despacho, esperando en silencio una señal que me dijera: “Ahora!” Entonces recordé la tienda de antigüedades y aquel viejo harmonium. Tenía que conseguir que alguien me ayudase. Pensé en Francisco pero era de esos amigos que hacen ver que te ayudan y luego te delatan. Necesitaba que me trajeran el armonio a casa, que entrase sin que lo vieran y que fuese a parar directamente al despacho. Me encontraba algo confuso y obnubilado, me faltaban o me sobraban datos entre los recuerdos. Serían las pastillas. Habrían ocurrido realmente o eran invenciones de mi memoria? En cualquier caso a la mañana siguiente volvería por ahí y evitaría las pastillas. Quizás volviese a un lugar en el que nunca había estado.
Después de desayunar me fui paseando a pie por la ciudad. La vida me resultó mucho menos monótona de lo que creía sin los efectos del topiramato. Me convencí definitivamente de que el auto conspiraba contra mis percepciones, sensaciones y sentidos. Me estaba volviendo un paramecio. Detenido en medio de la acera, sin mi caparazón de ciento cinco cavallos y solo, reaparecieron mundos frente a mí que estaban secuestrados. Cuando iba con ella tampoco los veía, no percibía nada, sólo su permanente control, su cápsula, sus tentáculos. Su silencio vigilante, amenazante. Su habilidad para omitirme.
Llegué a la tienda y entré al mismo tiempo que lo hacía el hombrecito calvo. El vendedor hindú me reconoció de inmediato. Le pregunté por el instrumento y por las posibilidades de transportarlo. De pronto se me ocurrió que el pequeño hombre de los periódicos era un cómplice perfecto. Él tendría que mantenerla ocupada el tiempo suficiente para que estuviera terminada la mudanza.
Algo de ésto le dije y estuvo de acuerdo. Estuve por preguntarle cuánto costaban sus servicios pero me pareció que el precio dependería del trabajo que ella le diera, así que lo dejé en sus manos.
Acordamos con el hindú una fecha. Sería el martes por la tarde. Intercambiamos allí unas señas y quedó todo pactado con exactitud.
Decidí no hacer ningún cambio en mi mediocre existencia hasta el martes, porque si se introducen demasiadas variables las posibilidades de error se multiplican.
Era ya muy tarde el lunes por la noche y yo continuaba con la puerta del despacho cerrada y la luz encendida, un convicto por propia voluntad. Pero no quería retroceder, ni quería que me hicieran retroceder hasta caer de culo. A los cuarenta años ya había fracasado en casi todo y siempre a fuerza de retroceder como una herencia kármica. Ahí afuera estaba lleno de esa clase de monstruos que avanzan sobre peldaños de cabezas. Aún así la realidad nunca llegó a defraudarme completamente y muchas veces superó mis locas fantasías. Decidí que ya no quería pensar más por esa noche y me fui a dormir.
Por la mañana me sentí entusiasmado cuando ella me dijo que tenía un día muy complicado. Así que abrí el cajón de mi mesilla de luz y busqué mis tijeras. Esa mañana recorté gusanos, enormes gusanos anillados y cubrí las mantas de fauna cadavérica.
Como a las once y media llegó el armonio. Hubo que hacer toda clase de maniobras para meterlo por la puerta. Al cabo de dos horas estaba finalmente instalado en el estudio. Sentí la misma satisfacción que si me hubiese librado de algo podrido que ocultaba en el trastero.
De inmediato comprobé con euforia que todos los intentos por abolir el pasado habían resultado insuficientes. Estaban intactas en un cajón mis partituras. Era increíble que sobrevivieran a tantas mudanzas y a tantos intentos deliberados por extraviarlas. En medio de un silencio casi religioso comencé a tocar “Home Sick Home”, sin rabia y sin pastillas. Quizás había recuperado mis manos y mi música. Estuve encerrado horas. Extraviado en las profundidades del harmonium, con un éxtasis sexual, un orgasmo interminable y liberador.
En un instante de los que recuperé la compostura escuché sonar insistentemente el telefonillo. Atendí y entre los desafinados bocinazos que subían de la calle escuché su voz: “Ábreme quieres!! Dónde estabas?”. Aturdido cerré nuevamente con llave la puerta del estudio. Escuché detenerse el ascensor y abrí la puerta. Ahí estaba, despeinada y sucia. Como si fuera diez años más vieja y más verborrágica: “Te acuerdas de ese hombre bajito que vimos al salir del anticuario?  Es increíble, me preguntaste si alguna vez había estado al lado de un asesino. El muy cerdo me quiso robar el bolso. Lo tironeé justo a tiempo y tropezó. Aún están los bomberos recogiendo sus pedazos de las vías del tren.”






Para Flora del Valle  "HOMESICK"



21 julio 2011

EL UMBRAL

Foto Manuel Álvarez Bravo


Y si te ahorcaras 
con el nudo
de tu corbata?
Si dejaras por fin
el sordo sonido
de la habitación vacía?
Donde me mira
un cartel de la Garbo
estúpida Ninotchka.
No existe ningún dato
ni cómo
ni por qué de tu pericia
pero el amor se acaba
y llega el tedio.
Un rostro ligado
a la mitad de la existencia
y para sentenciarlo
no habría pruebas.

14 julio 2011

CUANDO DIOS SE IBA DE VACACIONES


Manuel Gutierrez Heredia


Entonces
Los sueños eran tan pequeños...
Apenas cabían en un día
En una larga mañana.
Aunque no se cumpliesen
Siempre un sueño
Rescataba a otro sueño.
Entonces
Subíamos a los árboles
Y creíamos que lo más alto
Para ver el mundo
Era el molino.
Entonces
Cada cromo era
Codiciada fortuna
Un tesoro que estaba
Allí
Para nosotros.
Y las celebraciones
Advenimientos milagrosos
De amores extraviados
Detrás de las cortinas.
Entonces las canicas
Tenían un sabor prohibido
Irregular, redondo
Del vidrio dentro de la boca
Necesitábamos dos manos
Para beber la leche
Y al dueño del balón
Esperando en la esquina
Seguimos siendo vagamente
Los de entonces
Que no éramos felices
Sino gloriosamente indiferentes.

01 julio 2011

Folie à deux


FOTO VARI CARAMES


Desde una esquina
del abismo
sentado en la cornisa
enciendes un Gauloise
para la espera.


Las hojas mueren
 en tu espalda
 y tú tripulas este banco
 de piedra a la deriva.

Un mar de otoño
 se envuelve a tus zapatos
 y tú me miras
 decepcionado
 melancólico
 bajito.

Ahí mismo donde fuimos
 dos niños
 dos hermanos
 dos amantes
 dos vecinos
 dos cuerpos
 dos amigos
 dos furias
 dos cadencias
 dos animales perdidos.

26 junio 2011

MARIPOSAS DE LA SELVA

                                                                 
                                                                             


           Me desperté de la siesta con el olor de la iguana en las brasas.  Llevo varios días durmiendo en este catre mugriento que me trajo Don Tomás.  Es de la pensión del pueblo que ya no tiene inquilinos y tiene varias inscripciones obscenas en los laterales de madera.  “Negra sos una yegüa” es la más suave.  El vasco de las mariposas no entiende un carajo porque algunas están escritas en guaraní.  Yo no sé para qué se mete el viejo en estas cosas.  Cuando parece que la tarde deja suficiente resto de humedad en los cuerpos como para que se te peguen los mosquitos se despedaza el sol en la selva y entonces salimos de nuevo a caminar entre la maleza, con linternas y machetes esperando que aparezcan las nocturnas.  De día solamente le saca fotos a las libélulas y a la noche es cuando prepara sus capturas, busca especies que no tendrá en su colección de vasco boludo.  A quién se le ocurre coleccionar mariposas.
          Hoy los loros parecen muertos de sed y muerden los alambres de las jaulas con ese ruido molesto que me hace daño en los dientes.  Yo también siento la lengua como si fuera un loro.  Y éste dice que quiere tener la colección más grande de Europa.  Se tomó una licencia de dos meses en el laburo para venir al veranito de la mesopotamia.  Linda pieza.  Don Tomás es otro boludo que se anota en todas.  Ahora tenemos que pasearlo a este por la selva para que "case" mariposas.  ¿Cuánto le pagarán al viejo?  Era mejor que me hubiese quedado de cartonero en la capi.  Si no fuera por mi viejo que se puso pesado para que me fuera estaría en “naca”, mucha merca en los últimos meses.  Por lo menos cuando no había movida salíamos con Papatré a buscar chatarra y después hacíamos esas lindas esculturas en el taller de Postigo.  Si ese salame de Postigo no se hubiera suicidado, a quien se le ocurre tirarse por el balcón en la casa de otro.
          Lo único que me salva del aburrimiento son las tetas de Isabelita.  Qué hembra.  Don Tomás no se da cuenta que la hija en Buenos Aires podría hacer fortuna.  Con esas tetas...  Se le pega el vestido como a mí se me pegan las fantasías cuando la veo, crecen los ratones en mi cabeza y después no paran de roer hasta que me duele el brazo.
          Yo al vasco casi ni le hablo.   Le digo “vení por acá”...” ahí no pisés” y punto. Él seguro que también se dio cuenta de las tetas pero se hace el fino.  Le dije que se atara los pantalones con una cuerda para que no se le engancharan y se me cagó de risa.  Yo lo miro.  Lo observo mucho cuando se pone a sacar fotos.  Me quedo quieto abajo de un árbol sacando punta con el machete y el tipo se va metiendo otra vez por el camino desmalezado.  Parece algo religioso.  Será un chupacirios.  Camina dos kilómetros cada domingo para ir a misa.  Acá los guaraníes no usaban santos, las imágenes y las iglesias las trajeron los curas.  Sin embargo son muy creyentes, pero de la naturaleza.  Si al vasco lo hubieran visto los verdaderos guaraníes "casando" mariposas se lo desayunaban.   Éste lo único que debe saber de la selva lo debe haber visto en Tarzán.  Cuando ve pasar a la “Bela” (como la llama el viejo) el vasco cierra los ojos.  Y a mí me da risa y pienso: “No te excités cachafáz, que el viento viene de atrás.”
          Pero la selva no se acaba nunca.  Detesto a la gente que colecciona cosas y es prolija y correcta.  Prefiero a los que viven con el estruendoso ruido de los que no saben vivir.  A mí rara vez me dejan hablar porque piensan que soy un loco peligroso.  Pero podría contar más historias que las que se escriben en los libros. De verdad.  La calle da para mucho.  Vivir en la calle es lo que tiene, vas conociendo a uno y a otro y de repente el mundo se te llena de vecinos, que están ahí como si fueran a prestarte azúcar o a cuidarte el perro, pero sin domicilio fijo.   Una vez cuando fuimos con Papatré a Cabo Polonio nos quisimos quedar a vivir en esa playa vieja donde hay un faro muerto, y algunas casas de madera que de vez en cuando se incendian porque no tienen luz.  Pero es el lugar más triste y más hermoso del mundo.  
          Tenés que tener mucha plata para vivir ahí sin hacer nada.   No hay basura. No hay nada que vender.  Sólo las dunas que se mueven de un lado para otro y cambian el paisaje.  Lo malo es que la gente rica siempre está ojeada y tiene la manía de inventar palabras.   Por eso la selva se apiada visceralmente de los pobres.  En la selva se reducen las expectativas y las necesidades.  Yo que me iba a imaginar que las cosas iban a terminar así.  Ahora por un tiempo me tengo que quedar con Don Tomás porque si no me guardan a la sombra.
          Hoy me lo voy a llevar bien lejos al vasco, donde no pueda volver.  Que se quede con la linterna dando vueltas y  "casando" mariposas.   Con suerte lo pica una yarará y se lo comen los aguará guazú.   Lo malo es si me preguntan.   Me hicieron cargo de este paquete y Don Tomás es buena persona.  Me la banco por la “Bela”.  Si Isabel no tuviera esas tetas el vasco ya estaría muerto.



17 junio 2011

ECLIPSE


ECLIPSE


trac... trac... trac... trac
Descorro cortinas
esperando el eclipse.
No llega todavía.
Se apresuran las nubes
a fastidiarme la fiesta.
Cruzo los brazos
me inclino en la ventana,
espero la noche atávica
majestuosa.
El ansia es un látigo
sobre mi cuerpo
escarnecido.
Pequeñas frases gotean
cuando me envuelve
el silencio.
Hace dos mil años
sobre una piedra
sacrificaban a un hombre.
Hoy a millones.
¿Qué quieren los dioses?



Adriana Fernández Lagoa
15/06/2011

05 junio 2011

TAQUITO MILITAR



Suelo creer cuando me asaltan algunos recuerdos de la infancia que como un estigma de ciertas familias acomodadas, hay generaciones que van sufriendo una merma en sus facultades, una disminución en sus espacios y posesiones, un esplendor menguante de épocas gloriosas y memorables en el que algunos oficios eran considerados un arte.  Tal vez simplemente la magia de la infancia que detiene los acontecimientos como una escena romántica detrás de un velo de misterio, o bien fueron momentos reales vividos y cultivados por espíritus más elevados, amantes de otra cultura y hacedores de hombres de carácter que sólo aspiraban a los grandes logros familiares y el resto eran apenas circunstancias casuales.  Pero aparecieron personajes tan determinantes que bajo su sombra nunca creció un árbol.  Una suerte de degradación que corrompe lo que fue admirable y bello, o porque cambia la mirada del niño o porque van muriendo los actores centrales de la obra.  Los que vinieron tres generaciones después urdieron o tejieron sus vidas como pudieron, como las ramas que se desvían del tronco buscando la luz pero debilitándose en su avance hacia el infinito.


Si mi infancia no hubiera sido feliz seguramente aquellos objetos mágicos que se presentan recurrentes en mis sueños se hubieran transformado en pesadillas y la cara de aquel payaso de porcelana de colores, cuya lengua de esponja roja brotando por una carcajada, servía para mojar los dedos de los empleados de la sastrería y separar papeles o contar dinero, en lugar de haber sido el rostro de mi primer cuadro al óleo me habría perseguido dentro de la oscuridad de los armarios.
En aquellas épocas en las que los grandes hombres iban a  encallar sus naves en el cementerio de la Recoleta y frente a la bóveda art decó de Rufina Cambaceres muchas damas de sociedad  añoraban un sepulcro de gloria para sus sombreros.  Cuando los primeros daguerrotipos dejaban cuenta de una ufana burguesía pujante, donde con buen gusto y dinero era posible entrar algún día en esa elitte sepultada debajo de sus propios monumentos.
Por la sastrería pasaban casi todos los presidentes y políticos de sudamérica, asi que sus salones estaban a la altura de su distinguida clientela.  Se realizaban con detalle exquisito los mejores trajes a medida, también de los que abundaban en los mitines y en los atrios de las iglesias.  Pero sobre todo venía con frecuencia Don Alfredo. Era hijo de un periodista uruguayo que no se casó con su madre porque vivía con tres mujeres a la vez y aunque reconoció a todos sus hijos tenía ya un concepto socialista de la familia.  Como mi bisabuelo era uruguayo hijo de inmigrantes italianos el discurso de Palacios le calaba en los huesos. Lo admiraba.  Y sabía muy bien que andaba por todos los conventillos de la Boca haciendo sus discursos en italiano y que llevaba un intérprete genovés para que traduzca al xeneise. Se enroscaba con la punta de los dedos ese bigote insolente pero en la puerta del despacho aclaraba que atendía gratis a los pobres.



En la planta baja del edificio de Lavalle y Esmeralda quizás permanezca todavía esa mirada mía asombrada de pantalones cortos frente a la inmensa escalera de mármol de doble entrada que se alzaba imponente en el hall central.  Había innumerables salones estilo inglés donde los clientes y sus acompañantes podían esperar en cómodos sillones el momento de la prueba.  En el primer piso se exponían las telas y los botones. Todo estaba revestido por una boisserie de roble macizo,  algunas paredes eran de un damasco de seda color carmesí comprado en París en Tassinari & Chatel  y los rincones decorados con jarrones de la dinastía Ming.  Pero aunque mi bisabuelo era el hombre de las tijeras, había un séquito de obreros laboriosos en los talleres que silenciosamente armaban las piezas de esa curiosa heráldica. Y luego estaba el Conde Larucchia, que aparecía pomposamente en el segundo piso donde estaban los probadores, momentos antes de tomar las medidas.  Sólo mi padre decía que lo que Larucchia tenía de conde era de los bajos fondos, el resto de la familia sufría una hipnótica debilidad por sus modales afectados y su fresco clavel en el ojal. Una camisa belle époque a alto cuello redondo con un clip de brillante en su ascott de seda.  El día que me hicieron la prueba de la puesta de largo pues ya tenía suficientes pelos en las piernas como para abandonar los pantalones cortos, me dejaron en el probador a la espera del Conde, que llegó deslizándose cual pantera sobre la moqueta y se arrodilló frente a mí dejando a la altura de mis doce años su flequillo engominado y sus gafas sin montura.  Me separó las piernas para tomar las medidas pero también comprobó con reiterados manoseos el peso y volumen de mis testículos, y aunque me sentí incómodo y dejé escapar un resoplido de molestia quién iba a creerme que el refinado Conde Larucchia había querido comprobar mis bajos instintos.


Esa fue una de las últimas noches que nos quedamos a comer en la casa de mi bisabuelo, en los últimos pisos de la sastrería.  Cuando ya nos pusimos insoportables en la sobremesa nos mandaron a jugar abajo, recorrimos la tienda oscura y entramos en todos los despachos. En un instante me di cuenta que estaba montado en el escritorio del conde, ahí estaba su almohadilla con alfileres, su clavel mustio del día y sus gafas sin montura. Así que dejé que la oscuridad me sirviera de excusa para aplastar sus gafas con el tacón de mi zapato.  Esos tiempos no volverán.  Había cosas que aún no habíamos aprendido y que quizás hubiera sido mejor no aprender nunca.
Luego vinieron épocas oscuras, tiempos de resistencia, la feroz persecución desatada por Frondizi y el peronismo proscrito, las divisiones familiares pues mi bisabuelo y mi abuelo odiaban a Perón  que había llevado una puta a la casa de gobierno. El día que bombardearon la Plaza de Mayo tendrían que haberlo asesinado.  Mi padre estaba allí porque trabajaba en el ministerio de economía. En todas partes se escuchaban los rugidos de los aviones y mi hermano gritaba de rodillas en la terraza de casa : Viva Perón Carajo!!! .  Él llegó a las cinco de la mañana contándole a mi madre que a un hombre a su lado una bomba le voló un brazo, que se apilaban los cadáveres en las esquinas, que había sido una masacre.  Pero en cambio yo pensaba si no se habría escondido en la pieza de Antonieta.


25 mayo 2011

EL JUEGO INCONCLUSO




Entré en el Picapiedra en una Compostela crepuscular y psicodélica, un parche futurista de mi sueño en una secuencia de Metal Hurlant. Pensaba encontrarme a Soledad escupiendo improperios, empuñando el mando a distancia para exterminar uno de los pocos telediarios que quedaban en el aire, pero estaba hablando por teléfono y decidió sin preguntar que tenía que tomar café. La máquina de tabaco soltaba la despiadada música de un tema de Holywater, y entre canción y canción nos recordaba con una voz sintética que la sanidad no se haría cargo de nuestros cánceres. Nadie andaba esa noche por la calle, llovía y el frío se metía en los huesos con insistencia.


En plena realidad irrumpió en el bar el tipo que estaba esperando. Una hora antes había estado con él, que se quedó con mi encendedor, así que revolví mis bolsillos buscando inútilmente hasta que cayó la ficha. Apenas visible en una esquina arrinconada en una mesa, bebía cerveza y absenta una pelirroja robusta con un chien francés de los que dejan dinero en la peluquería. Mis dedos tocaban aquella ficha blanca. No podía satisfacer mi curiosidad de cómo serían sus tetas porque el perro parecía ocupar el trono de su escote como un nuevo rico en su Bugatti. Mi colega pidió ginebra. El juego se detuvo esa noche en el momento exacto en que desapareció la ficha que estaba en mi bolsillo. Quedaban pocos jugadores indecisos que pudieran reclutarse por los bares, la mayoría tenía bando definido aunque prefiriesen jugar al oficio mudo como si condujeran bólidos de papel, porque en aquel momento el triunfo literario se consideraba un elemento esencial de la intriga.
En la escenificación de esa noche sólo recuerdo la señal consumada de un juego inconcluso, un crupier omnisciente decidió que acabara ahí lo que habíamos empezado.


Desde su rincón oscuro la pelirroja leyó mi mente:- “Clap” “Clap” “Clap” (Aplausos) “Dicen que las ratas incluso sobreviven al diluvio.” (De su boca salían gruesos anillos de humo desde la sombra) “Es más cómodo no pensar.” Dijo. “Mucho más cómodo. Cuando la sociedad era infeliz tenía deseos profundos. En el placer duerme la destrucción de la raza.”
Su perro se revolvió en el escote. “Como comprenderá...” me dijo “...Llevo años asistiendo a la función que usted está a punto de darme.”
Cuando aquella noche el paño verde quedó abierto sobre la mesa con la partida inconclusa, nos levantamos de las sillas como un monstruo de dos cabezas. En veinte minutos mi colega y yo salimos por la puerta. A partir de ese instante frágil comenzamos una extraña transacción de ideas. La calle fría y mojada seguía desierta. Apuramos el paso pero ninguno mencionó el destino ni el objetivo del impulso, ambos sabíamos perfectamente qué fuerzas directrices nos guiaban. Al llegar al oscuro pasillo de aquel edificio pensé que íbamos a encender la luz pero otra vez el monstruo actuó como un solo cerebro y la oscuridad siguió imperando sobre nuestras intenciones. Si hubiéramos querido luz ambos podríamos haber encendido una lámpara.


Subimos las escaleras, él delante y yo detrás, intuía el penetrante olor a colonia de su abrigo. El edificio estaba completamente silencioso, desde alguna puerta del último piso llegaba el rumor atenuado de un televisor.
Nos detuvimos en el descanso de una entrada donde el único retazo que conservaba restos de pintura era la mirilla. Él tomó el picaporte como la mano de una mujer y apenas rozándolo introdujo un clip en la cerradura. Acostumbraba a entrar así por todos lados. Cedió y vimos el resplandor azul intermitente sobre la pared de la izquierda. El silencio pesaba como una tumba y al verlo ahí semidesnudo, sentado en el sofá, lo tomamos por las piernas y los brazos amordazándolo. Su cuerpo no se resistió, se volvió flácido y comenzó a llorar, las lágrimas brotaban de sus ojos y se multiplicaban de una manera infinita, el agua salada nos llegaba a las rodillas, hacíamos fuerza para transportarlo fuera de la habitación pero el peso del cuerpo se multiplicaba. Crecía el llanto alrededor nuestro, flotaban las almohadas, las fotografías, los manuscritos y las colillas del cenicero, el esfuerzo nos ahogaba. Pensábamos: “Qué más da!!! Si siempre supimos que éramos la Atlántida”. Le preguntamos “por qué sucumbió al poder”, “por qué fue su ventrílocuo”. Entonces dijo que la literatura estaba llena de cobardes, que los escritores de la guerra se repliegan siempre sobre sus propias palabras, que ninguno se pone a destripar las sombras casa por casa, ni a desgarrar cada rincón de los despojos, ni a defender a los inútiles porque es mejor esconder las miserias. Así que nada pudimos hacer por nuestra víctima, su estupidez nos suicidó a los tres en el mutismo más absoluto.



EL JUEGO INCONCLUSO




Entré en el Picapiedra en una Compostela crepuscular y psicodélica, un parche futurista de mi sueño en una secuencia de Metal Hurlant. Pensaba encontrarme a Soledad escupiendo improperios, empuñando el mando a distancia para exterminar uno de los pocos telediarios que quedaban en el aire, pero estaba hablando por teléfono y decidió sin preguntar que tenía que tomar café. La máquina de tabaco soltaba la despiadada música de un tema de Holywater, y entre canción y canción nos recordaba con una voz sintética que la sanidad no se haría cargo de nuestros cánceres. Nadie andaba esa noche por la calle, llovía y el frío se metía en los huesos con insistencia.


En plena realidad irrumpió en el bar el tipo que estaba esperando. Una hora antes había estado con él, que se quedó con mi encendedor, así que revolví mis bolsillos buscando inútilmente hasta que cayó la ficha. Apenas visible en una esquina arrinconada en una mesa, bebía cerveza y absenta una pelirroja robusta con un chien francés de los que dejan dinero en la peluquería. Mis dedos tocaban aquella ficha blanca. No podía satisfacer mi curiosidad de cómo serían sus tetas porque el perro parecía ocupar el trono de su escote como un nuevo rico en su Bugatti. Mi colega pidió ginebra. El juego se detuvo esa noche en el momento exacto en que desapareció la ficha que estaba en mi bolsillo. Quedaban pocos jugadores indecisos que pudieran reclutarse por los bares, la mayoría tenía bando definido aunque prefiriesen jugar al oficio mudo como si condujeran bólidos de papel, porque en aquel momento el triunfo literario se consideraba un elemento esencial de la intriga.
En la escenificación de esa noche sólo recuerdo la señal consumada de un juego inconcluso, un crupier omnisciente decidió que acabara ahí lo que habíamos empezado.


Desde su rincón oscuro la pelirroja leyó mi mente:- “Clap” “Clap” “Clap” (Aplausos) “Dicen que las ratas incluso sobreviven al diluvio.” (De su boca salían gruesos anillos de humo desde la sombra) “Es más cómodo no pensar.” Dijo. “Mucho más cómodo. Cuando la sociedad era infeliz tenía deseos profundos. En el placer duerme la destrucción de la raza.”
Su perro se revolvió en el escote. “Como comprenderá...” me dijo “...Llevo años asistiendo a la función que usted está a punto de darme.”
Cuando aquella noche el paño verde quedó abierto sobre la mesa con la partida inconclusa, nos levantamos de las sillas como un monstruo de dos cabezas. En veinte minutos mi colega y yo salimos por la puerta. A partir de ese instante frágil comenzamos una extraña transacción de siameses . La calle fría y mojada seguía desierta a esa hora de la madrugada. Apuramos el paso pero ninguno mencionó el destino ni el objetivo del impulso, ambos sabíamos perfectamente qué fuerzas directrices nos guiaban. Al llegar al oscuro pasillo de aquel edificio pensé que íbamos a encender la luz pero otra vez el monstruo actuó como un solo cerebro y la oscuridad siguió imperando sobre nuestras intenciones. Si hubiéramos querido luz alguno de los dos hubiera encendido una lámpara.


Subimos las escaleras, él delante y yo detrás, podía oler el penetrante olor a colonia de su abrigo. El edificio estaba completamente silencioso, desde atrás de alguna puerta del último piso llegaba el rumor apagado de un televisor.
Nos detuvimos en el descanso de una entrada donde el único retazo que conservaba restos de pintura era la mirilla. Él tomó el picaporte como si fuera la mano de una mujer y apenas rozándolo introdujo un clip en la cerradura. Acostumbraba a entrar así por todos lados. Cedió y vimos el resplandor azul intermitente sobre la pared de la izquierda. El silencio pesaba como una tumba y al verlo ahí semidesnudo, sentado en el sofá, lo tomamos por las piernas y los brazos amordazándolo. Su cuerpo no se resistió, se volvió flácido y comenzó a llorar, las lágrimas brotaban de sus ojos y se multiplicaban de una manera infinita, el agua salada nos llegaba a las rodillas, hacíamos fuerza para transportarlo fuera de la habitación pero el peso del cuerpo se multiplicaba. Crecía el llanto alrededor nuestro, flotaban las almohadas, las fotografías, los manuscritos y las colillas del cenicero, el esfuerzo nos ahogaba. Pensábamos: “Qué más da!!! Si siempre supimos que éramos la Atlántida”. Le preguntamos “por qué sucumbió al poder”, “por qué fue su ventrílocuo”. Entonces dijo que la literatura estaba llena de cobardes, que los escritores de la guerra se repliegan siempre sobre sus propias palabras, que ninguno se pone a destripar las sombras casa por casa, ni a desgarrar cada rincón de los despojos, ni a defender a los inútiles porque es mejor esconder las miserias. Así que nada pudimos hacer por nuestra víctima, su estupidez nos suicidó a los tres en el mutismo más absoluto.



21 mayo 2011

Subterranean Homesick Blues




Johnny's in the basement
Mixing up the medicine
I'm on the pavement
Thinking about the government
The man in the trench coat
Badge out, laid off
Says he's got a bad cough
Wants to get it paid off
Look out kid
It's somethin' you did
God knows when
But you're doin' it again
You better duck down the alley way
Lookin' for a new friend
The man in the coon-skin cap
In the big pen
Wants eleven dollar bills
You only got ten


Maggie comes fleet foot
Face full of black soot
Talkin' that the heat put
Plants in the bed but
The phone's tapped anyway
Maggie says that many say
They must bust in early May
Orders from the D. A.
Look out kid
Don't matter what you did
Walk on your tip toes
Don't try "No Doz"
Better stay away from those
That carry around a fire hose
Keep a clean nose
Watch the plain clothes
You don't need a weather man
To know which way the wind blows


Get sick, get well
Hang around a ink well
Ring bell, hard to tell
If anything is goin' to sell
Try hard, get barred
Get back, write braille
Get jailed, jump bail
Join the army, if you fail
Look out kid
You're gonna get hit
But users, cheaters
Six-time losers
Hang around the theaters
Girl by the whirlpool
Lookin' for a new fool
Don't follow leaders
Watch the parkin' meters


Ah get born, keep warm
Short pants, romance, learn to dance
Get dressed, get blessed
Try to be a success
Please her, please him, buy gifts
Don't steal, don't lift
Twenty years of schoolin'
And they put you on the day shift
Look out kid
They keep it all hid
Better jump down a manhole
Light yourself a candle
Don't wear sandals
Try to avoid the scandals
Don't wanna be a bum
You better chew gum
The pump don't work
'Cause the vandals took the handles

Bob Dylan
http://www.bobdylan.com/us/home

16 mayo 2011

AFFAIR

Foto Helmut Newton


Serás un dios falible
al que puedo adorar
por un instante
no me importa
perder el sentido
bajo el huracán
de tu vientre
y tus fluidos.
Se poblarán los sueños
después
de equívocos y estorbos
y de interpretaciones.
Y me enumerarás sin  fe
virtudes teologales
de dudosa belleza.
Ocultarás tus deseos
con invenciones absurdas
y cegarás tus ojos
de moralidades vanas.
Tus manos derretidas
desaparecerán como peces
en mi boca y yo
desde ese plácido infierno
aguardaré tu impronta.


Adriana Fernández Lagoa