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06 noviembre 2012
07 septiembre 2012
Save My Soul
![]() |
| Foto Carlos Pereira |
Tú y yo sabemos
lo que hay detrás
del contestador...
Llamadas perdidas
y palabras no encontradas
buzones de voz
vacíos de voces
túneles oscuros
sin cobertura
manos libres que se tocan
pero no se abrazan
mensajes de texto
sin contexto
inalámbricos sentimientos
de adsl.
Adriana Fernández Lagoa ©
15 julio 2012
SECRETO
Tengo una muñeca de trapo
con cabeza de piedra.
Creen que es puta
porque sueña
porque aunque cada noche
vuelvo a deshacerla
su cabeza de piedra siente
y no consigo hacerla callar.
Le pondré pendientes
de oro para que escuche
lo que piensan de ella
y le pintaré de rojo la boca
para que tenga corazón
y pueda dolerme.
Adriana Fernández Lagoa ©
07 julio 2012
SALVARSE
17 junio 2012
LA PIEDRA DE LA LOCURA
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| “The Extraction of the Stone of Madness”, a painting by Hieronymus Bosch depicting trepanation (c.1488-1516) |
Mira por el ventanal cómo el sonido
del agua cae sobre el agua. Oculta en la sombra de la salita de
estar, escruta los cristales mojados de la residencia. En su rostro
sobrevive una sonrisa, aunque en su mirada, hace tiempo desapareció
la intención de las persecuciones y las búsquedas, y queda sólo una
expresión deshojada de memorias. Van y vienen las frases, los nombres, las canciones, las secuencias interminables, los rostros, las tardes mondando fruta,
patios mojados, canceles cerradas, trigo y millo amontonado, fuego en
algún pajar... Hay un momento sin embargo en que recobra el sentido,
en que extrañamente mira alrededor y reconoce a los dinosaurios. Los ve. Se deslizan pesadamente por el jardín. Se lleva con
lentitud extrema una mano a la cara y se frota los ojos. Quiere
ponerse de pie pero está atada a la silla. Alguien se acerca y toma
asiento a su lado. Le sonríe y le dice dos o tres cosas inconexas. Abre un periódico y comienza a leerle en voz alta. De nuevo ese
temblor. Levanta un poco la mirada y allá arriba en la colina, por
encima de la estampa del jardín, ve el mausoleo. No recuerda quién
está ahí. Busca. Intenta. Rastrea. Se sumerge otra vez. Cree
que sólo lo habitan libros pero no está segura. No llegan los
nombres a su lengua. Ni la voz. Se va, se escapa por el camino de
los cipreses mientras se acerca la enfermera. Trae un embudo puesto en la
cabeza y en la mano un tulipán, y le sonríe extendiéndole una
gelatina de fresa llena de pastillas.
Ahora recuerda al asteroide. Esa
inmensa bola que impactó contra la tierra. Siente como si
hubiese caído directamente sobre su cabeza. Alguien grita del otro
lado de la sala, resucitaron todos sus muertos y cree que lo vienen a
buscar para llevárselo. Hay distintos tipos de cárceles pero las
visitas de los domingos son todas iguales. De nuevo la locura. Cierra los ojos esperando que pase. Lo ve de pie junto a ella, es otro
dinosaurio. Se están extinguiendo uno a uno. Se encogen, se
arrastran, empujan carros metálicos que los sujetan, sus piernas ya
no soportan su propio peso. La gravedad no ha sucumbido a la vejez. Es
un cambio en el eje de la tierra. Quiere dormir, dormir. Volver al
líquido amniótico. Cae la noche sobre la colina y el mausoleo se
ilumina como una ciudad, está desierto. Y piensa por última vez
que ya no quedan niños, pero no importa. Que las ballenas están volviendo a la
tierra a suicidarse y ella sonríe todavía, mirando la lluvia. Y que la piedra de la locura sigue fragmentándose
una y otra vez en infinitos universos.
Adriana Fernández Lagoa ©
19 mayo 2012
palabras
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| FOTO LUIS LUMBRERAS |
Palabras.
Palabras. Palabras.
Todas Iguales.
Un Cocktail de Palabras.
Yo quiero sensaciones diferentes.
Que un Trozo de Poema se levante
y me estampe un Puñetazo en la Cara.
Ya no puedo encontrar nada.
Nada
en el orden de las Páginas.
La vida no es Así,
Prolija y Moderada.
Irrumpe como Arcadas Convulsas.
Destroza como un Tsunami
la parsimonia de la tarde
en la que quedan flotando
las colillas
las tazas de té
los almohadones
y nuestros orgasmos en el aire.
Adriana Fernández Lagoa ©
04 mayo 2012
El viajero siempre está partiendo
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| Foto Jerry Uelsmann |
El viajero siempre está partiendo.
Cómo puedes explicar el amor
cuando nada te ata?
Cuando apenas se tocan
las puntas de los dedos
en un inefable adiós.
Cuando llevas sólo
por equipaje a ti mismo.
Cuando te has desprendido
tantas veces de todo
sin siquiera venderlo.
Salir otra vez
rumbo a otro puerto
esperando que sea el último
y saber íntimamente
que la única constante
es el movimiento
la marea
la mutación
el cambio
la metamorfosis
el viaje interminable del deseo
de no poseer nada
más que a ti mismo.
Adriana Fernández Lagoa ©
03 abril 2012
CISNES DE CENIZA
"He cometido
crímenes infames.
Maté a un cisne
cuando era burgués.
Tuve su cuello entre mis manos.
En las ciudades
ya no quedan cisnes.
Sólo caen sus cuerpos
desgranados
de vez en cuando
entre la nieve.
Ellos y yo
compartimos realidades
desde que me habitan sus fantasmas.
En algunos lugares
sólo llueven cisnes."
crímenes infames.
Maté a un cisne
cuando era burgués.
Tuve su cuello entre mis manos.
En las ciudades
ya no quedan cisnes.
Sólo caen sus cuerpos
desgranados
de vez en cuando
entre la nieve.
Ellos y yo
compartimos realidades
desde que me habitan sus fantasmas.
En algunos lugares
sólo llueven cisnes."
Adriana Fernández Lagoa ©
22 marzo 2012
Las Palabras
"Las palabras conforman nuestra realidad. A menudo escuchamos decir:"lo que no se nombra no existe"...El verbo echó a rodar la vida, que se fue enriqueciendo con el valor simbólico de la palabra, aquella que concentra lo más trivial o lo más trascendente. La palabra evocadora, guerrera, tranquilizadora, motivadora, la que lleva toda la carga del universo de quien la pronuncia y de la voluntad con que es pronunciada. Sólo basta ver su efecto inspirador a través de la historia. Sin embargo hay palabras que decimos poco: hijo, madre, padre, te quiero, siempre, me haces falta, me emocionas. Hay palabras que, pronunciadas, generan una onda expansiva, una energía demoledora. Palabras que nos conducen por el laberinto de las emociones si estamos dispuestos a escuchar la voz adecuada. Y también existe el efecto liberador de la palabra. Como vehículo para soltar frustraciones y angustias, el mapa del dolor en los fonemas. Dice Alex Rovira en su libro "Palabras que curan" citando a Jordi Nadal que "a quien más teme el dictador es al poeta. Por ello el ser humano que pone voz a lo esencial, desde la desnudez, el que sana el alma individual y colectiva con la voz, con el verbo, acostumbra a ser el primero en morir fusilado o con un tiro por la espalda". Somos dictadores de nosotros mismos, amordazamos los sentimientos y los miedos para no decir con la lucidez y con la inocencia de aquel niño del cuento: "El Rey está desnudo!" Elegir las palabras adecuadas es un ejercicio que lleva toda la vida. Y no hay nada tan triste como enmudecer por temor a pronunciar la palabra reveladora, aquella que pudiendo arrojar luz sobre la conciencia, percatándonos de que estamos aquí independientemente de nuestro nombre y de nuestro cuerpo, calla y nos sumerge en el silencio y en la sombra. La palabra como mantra, liberadora de la mente, protectora de los ciclos del pensamiento, la palabra como ritual de comunicación con los demás y con nosotros mismos, la palabra como carga poética.
En una explosión cósmica dice Paul Elouard:
"Al alba te amo
tengo toda la noche en las venas"
Y Vicente Nuñez:
"Me hubiera gustado y sé que no lo he conseguido, ser un poema"
Pero para mí, el súmmum de la coexistencia entre hombre y poesía es este párrafo de Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal:
"La primavera reía sobre las tumbas, cantaba en el buche de los pájaros, ardía en los retoños vegetales, proclamaba entre cruces y epitafios su jubilosa incredulidad acerca de la muerte. Y no había lágrimas en nuestros ojos ni pesadumbre alguna en nuestros corazones; porque dentro de aquel ataúd sencillo (cuatro tablitas frágiles) nos parecía llevar no la pesada carne de un hombre muerto, sino la materia leve de un poema concluido"
Adriana Fernández Lagoa ©
En una explosión cósmica dice Paul Elouard:
"Al alba te amo
tengo toda la noche en las venas"
Y Vicente Nuñez:
"Me hubiera gustado y sé que no lo he conseguido, ser un poema"
Pero para mí, el súmmum de la coexistencia entre hombre y poesía es este párrafo de Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal:
"La primavera reía sobre las tumbas, cantaba en el buche de los pájaros, ardía en los retoños vegetales, proclamaba entre cruces y epitafios su jubilosa incredulidad acerca de la muerte. Y no había lágrimas en nuestros ojos ni pesadumbre alguna en nuestros corazones; porque dentro de aquel ataúd sencillo (cuatro tablitas frágiles) nos parecía llevar no la pesada carne de un hombre muerto, sino la materia leve de un poema concluido"
Adriana Fernández Lagoa ©
12 marzo 2012
BIG BANG III
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| Foto Mariana Corcuera |
Fernando estaba recostado en la camioneta con los pies cruzados sobre la ventanilla abierta. El sol calentaba con impertinencia sus pantorrillas. A pesar de haber abierto los ojos aún no veía el cielo sobre Campo Negro. Ante su hipnótica mirada, la brisa ondulaba una sábana blanca, sujeta con tres broches a una soga en la terraza de Vidt. Su mente la empujaba con el retardo entrecortado que imprimen varios cuadros menos por segundo a los recuerdos. Palermo era en esos años todavía un barrio en el que se jugaba al football en las esquinas. Las familias no pertenecían necesariamente a la misma clase social, pero sus hijos compartían la vereda sin complejos y sin adoctrinamientos. Era una ignorancia poderosa desconocer todo de los otros. Un desconocimiento de los detalles y un saber profundo, certero, de otras verdades que sin embargo no estaban a la vista.
Ninguno de ellos necesitaba descubrir la profesión de los padres de alguien para saber cómo eran. Hasta los catorce años imperó un concepto de padres colectivos. Todos aprendieron de un padre médico, de otro borracho, de uno kinesiólogo y hasta del ausente. En la balaustrada de piedra de esa terraza, quedaban los esqueletos de tres columnas que el Flaco y él habían molido a martillazos. Y los hierros retorcidos, para dejar despejada la vista de la calle, de la casa del Flaco y del balcón de Jimena. La primera vez que la vio llevaba un abrigo blanco, tendría siete años. Quizás es a los siete años cuando el mundo en torno nuestro comienza a cobrar sentido, o es que algo aparece y organiza el caos, le da forma, y creemos que se llama amor. En todo caso era la iniciación, el viaje a los deseos. Con los ojos entrecerrados recorrió los fantasmas inesperados de su memoria, los fue desvistiendo como si la pintara desnuda.
Jimena era menuda, frágil, enfermiza. Su madre la sentaba todas las tardes en el balcón para que le diera el sol, como a una planta. Fernando, si no estaba en el colegio o sentado a la mesa, vivía agazapado en la terraza, atrincherado detrás de algún trasto, tirando proyectiles a los vidrios con una gomera. También era el lugar donde guardaban toda la artillería. Debajo de la pileta para lavar la ropa escondían a los acuanautas, esperando a fondo seco el momento de sumergirse en el tacho de hojalata, con sus patas de rana, sus tanques de oxígeno y sus pastillas de alka seltzer atadas con hilo de coser.
Los amores de la infancia atraviesan el alma como una daga. La fingida indiferencia los vuelve efímeros y eternos, nunca más se vuelve a estar vivo sin ellos. Y cuando has muerto a uno has muerto a todos. Te vuelves traslúcido, trasparente, sigues andando por la vida con ese sentimiento de que lo has perdido todo. Fernando y Jimena para no resignar ese amor fueron amigos, colegas, compañeros. Fernando estudió magisterio y psicología, y Jimena se metió en derecho. No pudieron con el peso de las ideologías y cuando las cosas se pusieron difíciles en las facultades, se juntaron una noche en la casa del Negro y decidieron irse los tres. Salieron del país por Brasil. Los primeros años fueron fáciles fuera de Argentina, donde el aire se había vuelto irrespirable. Mientras las calles se inundaban de banderas y bombos festejando goles, ellos pensaban en la revolución de Saur, la palabra persa que significa primavera, y pensaban que el gobierno de Estados Unidos preparaba lo que sería luego la Operación Ciclón y que Kissinger visitaba el vestuario de la selección argentina y anunciaba por televisión que “el país tenía un gran futuro a todo nivel”, un futuro que estaba encerrado en los sótanos, desnudo y picaneado, escuchando los partidos por altoparlantes para que no se los perdieran los carceleros.
Abrió los ojos sin remedio. El sol ya estaba muy alto como para seguir durmiendo. Era un tramo complicado el que venía por delante pero tenía el tanque lleno. En un par de horas estaría en Cafayate. Desde ahí, si conducía sin parar toda la tarde, pasaría la noche en Chilecito.
Capítulos anteriores
05 marzo 2012
CUERPOS
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| Fotografía Saul Leiter |
Tu carne esconde
la inconsciencia
de quien no ha sufrido,
pero tu boca bebe
de unos pechos
que conocen el deseo.
Tus ojos ostentan
esa vacuidad
de quien no padece
y aún así son bellos,
con una belleza que no duele.
Si todo se reduce a eso
tener por un momento
la pretensión de saber
de qué estamos hechos.
12 febrero 2012
LAS CUCARACHAS
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| FOTO DAVID ESCUDERO |
Ya se estaba acercando a la entrada cuando los vio. Sutilmente desordenados, esperando. Ella acompañaba con un lento zig zag de sus pies el movimiento imaginario de la acera. Su cuerpo avanzaba inmóvil, en realidad era su bastón el que tiraba de la acción hacia adelante.
Algo encorvada pero con cierto brillo en los ojos, su existencia la prolongaba más allá de lo respetable; y cada instante, como Melmoth el Errabundo, esperaba encontrar a alguien que la liberase. Tal vez por eso, mientras ellos vieron la presa, ella inmediatamente identificó al liberador.
Al llegar junto a la entrada volvió a mirarlos, inquisidoramente. Ellos estaban de pie junto al cantero, colocados como para una foto familiar; sólo el niño subía y bajaba de dos en dos los escalones, saltando una y otra vez como si jugase a la rayuela.
Se dispuso a embocar la llave en la cerradura y el más joven de los hombres, tomándole la mano con cuidado le dijo:
- Seguro que no se acuerda de mí...Vengo a traerle una carta de su hijo.
Giró la cabeza para pasar la mirada por los rostros pero ninguno le era familiar, así que preguntó:
- De quién? De Ricardo?
- Sí, de Ricardo.- Dijo el hombre joven, sonriendo, mientras la empujaba hacia el palier.
Antes de que pudiera evitarlo ya estaban todos con ella en el ascensor. Un silencio incómodo obligó a la mujer más joven a preguntarle:
- Le puedo preguntar cuántos años tiene?- Parecía tan sinceramente interesada que ella respondió:
- Noventa y dos m´hijita...
- Qué bien está! Tiene una piel muy bonita!
Le pareció estúpida pero sabía que no lo era. Cayó en la cuenta de que ella también podía preguntar ¿"De dónde es la carta"?. Pero temía la respuesta y qué sentido tenía hacerlo. Ya no había vuelta atrás.
Abrió la puerta del piso y entraron todos detrás de ella. Las dos personas mayores, que parecían los abuelos del niño, hicieron entonces su aparición:
- Qué hermoso departamento!- exclamó el hombre mayor.
- Una maravilla esa mesa. De dónde es?
- De Brasil- contestó ella. Y mientras lo hacía pensaba que lo mismo hubiera dicho "apoplegía", porque a él le importaba bien poco de dónde era la mesa.
Entró a la cocina y puso la cafetera sobre el fuego. No sabía si ofrecerles asiento o dejarlos hurgar los rincones, pero tomó la iniciativa la mujer de sonrisa estúpida.
- Siéntese que el té lo hago yo.
Y con una mano pesada sobre el hombro la obligó a sentarse. Le acercó una taza de té oscuro y humeante y se quedó un instante de pie junto a ella. Entró el resto de la tribu a la cocina y se sentaron alrededor de la mesa, hablando y preguntando trivialidades.
Recuperó, gracias a los efectos del té, unos recuerdos largamente perdidos; y aunque las voces seguían parloteando palabras sin sentido, ella veía una niña de trenzas bajo un limonero, en la casa de Salta, llevando la marmita con la vianda para su madre.
Las voces se disiparon, dispersas por la casa. Cruzó los brazos sobre la mesa y apoyó la frente en ellos. La cabeza pesaba una tonelada. Sentía los pasos por los corredores, las puertas que se abrían y cerraban, las manos hurgando en los cajones.
Los secretos que hurtaban las cucarachas olían a alcanfor y tomaban cuerpo en su mente confusa: el collar que usó en la recepción de la embajada, el reloj en el que miró la hora de la muerte de su padre.
Abrió los ojos o eso le pareció y el niño estaba sentado a su lado, vigilante, listo para dar la voz de alarma si gritaba. Sus ojos se clavaron en los de ella. Nunca había visto a un niño mirar de esa manera. Un niño que tenía el poder de un disparo. Ahí estaba: su liberador.
Pero no se inmutó, ni siquiera pestaneó. Y ella lo vio tan quieto que supo que era huérfano. La muerte de una vieja era una carga demasiado pesada para un huérfano. Así que cerró los ojos y esperó, soñando el robo de un interminable pasado, a que las cucarachas abandonaran el barco.
Adriana Fernández Lagoa
26 enero 2012
22 enero 2012
21 enero 2012
GOOD MORNING PROFESSOR
Año 1972. Se editó por primera vez "Las Tumbas". Un libro crudo, realista, despiadado por los ecos de un mundo desconocido...El de los Reformatorios.
"Las Tumbas era un libro que no tenía competencia, salí directamente a buscar un público. Era un tema que, hasta ese momento, no se había tratado en la literatura argentina."
Enrique Medina no escribe su primer libro como producto de una casualidad; ya había recorrido Latinoamérica con una compañía de marionetas e incursionado en el cine, en el teatro y en la televisión.
"Me acuerdo que a mi vieja le dije: -Me voy por tres meses.- Recién a los cinco meses le escribí la primera carta. Volví casi a los diez años. Recorrí toda Latinoamérica hasta México. Cuando estuve a punto de saltar a Estados Unidos arrugué...De eso me arrepiento, porque creo que me hubiera ido bien. Me quedó siempre esa duda".
Cuando estudiaba pintura en la Escuela Manuel Belgrano iba con sus compañeros al Teatro Florida a ver un espectáculo de streeptease. El grupo de jóvenes se había hecho conocido en el lugar y muchas veces al llegar, les daban un palco. El Obelisco era testigo de sus bromas. Se encontraban a menudo con Hugo del Carril que vivía cerca.
Para ese entonces, Medina entretejía historias y escribía capítulos de aquella novela que tendría forma definitiva recién en 1976. "Strip-Tease".
"Yo había leído mucho, muchísimo, a los popes de ese tiempo: Victoria Ocampo, Borges, Bioy Casares...Todos habían sido acusados de europeizantes. Ellos entendían el país, la sociedad, la vida desde su condición social. Yo tenía que hacer lo mismo, copiar el punto de vista para tocar los temas que ellos no tocaban porque los desconocían, ya sea porque no les interesaban o tal vez los desdeñaban. Lo que ellos no hacían yo sí podía hacerlo. Entendí que siendo fiel a mi estrato social podía plantear problemas diferentes, historias diferentes, personajes diferentes y un estilo literario diferente. Con todo lo que ellos decían "no hay que escribir", con los deshechos del lenguaje, yo hice un nuevo espacio literario."
Con un lenguaje literario que en aquel momento fue llamado soez, escribir determinado tipo de palabras suponía una funcionalidad, era considerado transgresor. Autor discutido, cuyos libros no podían exhibirse de la mitad de las librerías hacia adelante, fue convocado por una universidad de los Estados Unidos como profesor de literatura. Desde Buenos Aires llegaban cartas rechazando la edición de "Las muecas del Miedo". Enrique Medina recuerda aún hoy las voces de sus alumnos que, al cruzar el campus por la mañana, lo saludaban: -Good Morning, professor!.
Adriana Fernández Lagoa
para Revista Mosaico
Buenos Aires, 1995
http://aesteladodelatumba.contrabanda.org/2012/02/06/06-02-2012/
http://aesteladodelatumba.contrabanda.org/2012/02/06/06-02-2012/
A Este Lado de la Tumba
Lun, de 19 h a 21,30 hs en Contrabanda FM, Radio Libre de Barcelona
Cuentos oscuros que declaran la guerra a la estupidez; poesía moribunda para resucitados; lluvia para los días de sol. Radioliteratura contra la cultura basura, esperpento literario para el fin del mundo, o simplemente, Amor y Muerte para Tod@s.
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