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05 junio 2011

TAQUITO MILITAR



Suelo creer cuando me asaltan algunos recuerdos de la infancia que como un estigma de ciertas familias acomodadas, hay generaciones que van sufriendo una merma en sus facultades, una disminución en sus espacios y posesiones, un esplendor menguante de épocas gloriosas y memorables en el que algunos oficios eran considerados un arte.  Tal vez simplemente la magia de la infancia que detiene los acontecimientos como una escena romántica detrás de un velo de misterio, o bien fueron momentos reales vividos y cultivados por espíritus más elevados, amantes de otra cultura y hacedores de hombres de carácter que sólo aspiraban a los grandes logros familiares y el resto eran apenas circunstancias casuales.  Pero aparecieron personajes tan determinantes que bajo su sombra nunca creció un árbol.  Una suerte de degradación que corrompe lo que fue admirable y bello, o porque cambia la mirada del niño o porque van muriendo los actores centrales de la obra.  Los que vinieron tres generaciones después urdieron o tejieron sus vidas como pudieron, como las ramas que se desvían del tronco buscando la luz pero debilitándose en su avance hacia el infinito.


Si mi infancia no hubiera sido feliz seguramente aquellos objetos mágicos que se presentan recurrentes en mis sueños se hubieran transformado en pesadillas y la cara de aquel payaso de porcelana de colores, cuya lengua de esponja roja brotando por una carcajada, servía para mojar los dedos de los empleados de la sastrería y separar papeles o contar dinero, en lugar de haber sido el rostro de mi primer cuadro al óleo me habría perseguido dentro de la oscuridad de los armarios.
En aquellas épocas en las que los grandes hombres iban a  encallar sus naves en el cementerio de la Recoleta y frente a la bóveda art decó de Rufina Cambaceres muchas damas de sociedad  añoraban un sepulcro de gloria para sus sombreros.  Cuando los primeros daguerrotipos dejaban cuenta de una ufana burguesía pujante, donde con buen gusto y dinero era posible entrar algún día en esa elitte sepultada debajo de sus propios monumentos.
Por la sastrería pasaban casi todos los presidentes y políticos de sudamérica, asi que sus salones estaban a la altura de su distinguida clientela.  Se realizaban con detalle exquisito los mejores trajes a medida, también de los que abundaban en los mitines y en los atrios de las iglesias.  Pero sobre todo venía con frecuencia Don Alfredo. Era hijo de un periodista uruguayo que no se casó con su madre porque vivía con tres mujeres a la vez y aunque reconoció a todos sus hijos tenía ya un concepto socialista de la familia.  Como mi bisabuelo era uruguayo hijo de inmigrantes italianos el discurso de Palacios le calaba en los huesos. Lo admiraba.  Y sabía muy bien que andaba por todos los conventillos de la Boca haciendo sus discursos en italiano y que llevaba un intérprete genovés para que traduzca al xeneise. Se enroscaba con la punta de los dedos ese bigote insolente pero en la puerta del despacho aclaraba que atendía gratis a los pobres.



En la planta baja del edificio de Lavalle y Esmeralda quizás permanezca todavía esa mirada mía asombrada de pantalones cortos frente a la inmensa escalera de mármol de doble entrada que se alzaba imponente en el hall central.  Había innumerables salones estilo inglés donde los clientes y sus acompañantes podían esperar en cómodos sillones el momento de la prueba.  En el primer piso se exponían las telas y los botones. Todo estaba revestido por una boisserie de roble macizo,  algunas paredes eran de un damasco de seda color carmesí comprado en París en Tassinari & Chatel  y los rincones decorados con jarrones de la dinastía Ming.  Pero aunque mi bisabuelo era el hombre de las tijeras, había un séquito de obreros laboriosos en los talleres que silenciosamente armaban las piezas de esa curiosa heráldica. Y luego estaba el Conde Larucchia, que aparecía pomposamente en el segundo piso donde estaban los probadores, momentos antes de tomar las medidas.  Sólo mi padre decía que lo que Larucchia tenía de conde era de los bajos fondos, el resto de la familia sufría una hipnótica debilidad por sus modales afectados y su fresco clavel en el ojal. Una camisa belle époque a alto cuello redondo con un clip de brillante en su ascott de seda.  El día que me hicieron la prueba de la puesta de largo pues ya tenía suficientes pelos en las piernas como para abandonar los pantalones cortos, me dejaron en el probador a la espera del Conde, que llegó deslizándose cual pantera sobre la moqueta y se arrodilló frente a mí dejando a la altura de mis doce años su flequillo engominado y sus gafas sin montura.  Me separó las piernas para tomar las medidas pero también comprobó con reiterados manoseos el peso y volumen de mis testículos, y aunque me sentí incómodo y dejé escapar un resoplido de molestia quién iba a creerme que el refinado Conde Larucchia había querido comprobar mis bajos instintos.


Esa fue una de las últimas noches que nos quedamos a comer en la casa de mi bisabuelo, en los últimos pisos de la sastrería.  Cuando ya nos pusimos insoportables en la sobremesa nos mandaron a jugar abajo, recorrimos la tienda oscura y entramos en todos los despachos. En un instante me di cuenta que estaba montado en el escritorio del conde, ahí estaba su almohadilla con alfileres, su clavel mustio del día y sus gafas sin montura. Así que dejé que la oscuridad me sirviera de excusa para aplastar sus gafas con el tacón de mi zapato.  Esos tiempos no volverán.  Había cosas que aún no habíamos aprendido y que quizás hubiera sido mejor no aprender nunca.
Luego vinieron épocas oscuras, tiempos de resistencia, la feroz persecución desatada por Frondizi y el peronismo proscrito, las divisiones familiares pues mi bisabuelo y mi abuelo odiaban a Perón  que había llevado una puta a la casa de gobierno. El día que bombardearon la Plaza de Mayo tendrían que haberlo asesinado.  Mi padre estaba allí porque trabajaba en el ministerio de economía. En todas partes se escuchaban los rugidos de los aviones y mi hermano gritaba de rodillas en la terraza de casa : Viva Perón Carajo!!! .  Él llegó a las cinco de la mañana contándole a mi madre que a un hombre a su lado una bomba le voló un brazo, que se apilaban los cadáveres en las esquinas, que había sido una masacre.  Pero en cambio yo pensaba si no se habría escondido en la pieza de Antonieta.


25 mayo 2011

EL JUEGO INCONCLUSO




Entré en el Picapiedra en una Compostela crepuscular y psicodélica, un parche futurista de mi sueño en una secuencia de Metal Hurlant. Pensaba encontrarme a Soledad escupiendo improperios, empuñando el mando a distancia para exterminar uno de los pocos telediarios que quedaban en el aire, pero estaba hablando por teléfono y decidió sin preguntar que tenía que tomar café. La máquina de tabaco soltaba la despiadada música de un tema de Holywater, y entre canción y canción nos recordaba con una voz sintética que la sanidad no se haría cargo de nuestros cánceres. Nadie andaba esa noche por la calle, llovía y el frío se metía en los huesos con insistencia.


En plena realidad irrumpió en el bar el tipo que estaba esperando. Una hora antes había estado con él, que se quedó con mi encendedor, así que revolví mis bolsillos buscando inútilmente hasta que cayó la ficha. Apenas visible en una esquina arrinconada en una mesa, bebía cerveza y absenta una pelirroja robusta con un chien francés de los que dejan dinero en la peluquería. Mis dedos tocaban aquella ficha blanca. No podía satisfacer mi curiosidad de cómo serían sus tetas porque el perro parecía ocupar el trono de su escote como un nuevo rico en su Bugatti. Mi colega pidió ginebra. El juego se detuvo esa noche en el momento exacto en que desapareció la ficha que estaba en mi bolsillo. Quedaban pocos jugadores indecisos que pudieran reclutarse por los bares, la mayoría tenía bando definido aunque prefiriesen jugar al oficio mudo como si condujeran bólidos de papel, porque en aquel momento el triunfo literario se consideraba un elemento esencial de la intriga.
En la escenificación de esa noche sólo recuerdo la señal consumada de un juego inconcluso, un crupier omnisciente decidió que acabara ahí lo que habíamos empezado.


Desde su rincón oscuro la pelirroja leyó mi mente:- “Clap” “Clap” “Clap” (Aplausos) “Dicen que las ratas incluso sobreviven al diluvio.” (De su boca salían gruesos anillos de humo desde la sombra) “Es más cómodo no pensar.” Dijo. “Mucho más cómodo. Cuando la sociedad era infeliz tenía deseos profundos. En el placer duerme la destrucción de la raza.”
Su perro se revolvió en el escote. “Como comprenderá...” me dijo “...Llevo años asistiendo a la función que usted está a punto de darme.”
Cuando aquella noche el paño verde quedó abierto sobre la mesa con la partida inconclusa, nos levantamos de las sillas como un monstruo de dos cabezas. En veinte minutos mi colega y yo salimos por la puerta. A partir de ese instante frágil comenzamos una extraña transacción de ideas. La calle fría y mojada seguía desierta. Apuramos el paso pero ninguno mencionó el destino ni el objetivo del impulso, ambos sabíamos perfectamente qué fuerzas directrices nos guiaban. Al llegar al oscuro pasillo de aquel edificio pensé que íbamos a encender la luz pero otra vez el monstruo actuó como un solo cerebro y la oscuridad siguió imperando sobre nuestras intenciones. Si hubiéramos querido luz ambos podríamos haber encendido una lámpara.


Subimos las escaleras, él delante y yo detrás, intuía el penetrante olor a colonia de su abrigo. El edificio estaba completamente silencioso, desde alguna puerta del último piso llegaba el rumor atenuado de un televisor.
Nos detuvimos en el descanso de una entrada donde el único retazo que conservaba restos de pintura era la mirilla. Él tomó el picaporte como la mano de una mujer y apenas rozándolo introdujo un clip en la cerradura. Acostumbraba a entrar así por todos lados. Cedió y vimos el resplandor azul intermitente sobre la pared de la izquierda. El silencio pesaba como una tumba y al verlo ahí semidesnudo, sentado en el sofá, lo tomamos por las piernas y los brazos amordazándolo. Su cuerpo no se resistió, se volvió flácido y comenzó a llorar, las lágrimas brotaban de sus ojos y se multiplicaban de una manera infinita, el agua salada nos llegaba a las rodillas, hacíamos fuerza para transportarlo fuera de la habitación pero el peso del cuerpo se multiplicaba. Crecía el llanto alrededor nuestro, flotaban las almohadas, las fotografías, los manuscritos y las colillas del cenicero, el esfuerzo nos ahogaba. Pensábamos: “Qué más da!!! Si siempre supimos que éramos la Atlántida”. Le preguntamos “por qué sucumbió al poder”, “por qué fue su ventrílocuo”. Entonces dijo que la literatura estaba llena de cobardes, que los escritores de la guerra se repliegan siempre sobre sus propias palabras, que ninguno se pone a destripar las sombras casa por casa, ni a desgarrar cada rincón de los despojos, ni a defender a los inútiles porque es mejor esconder las miserias. Así que nada pudimos hacer por nuestra víctima, su estupidez nos suicidó a los tres en el mutismo más absoluto.



EL JUEGO INCONCLUSO




Entré en el Picapiedra en una Compostela crepuscular y psicodélica, un parche futurista de mi sueño en una secuencia de Metal Hurlant. Pensaba encontrarme a Soledad escupiendo improperios, empuñando el mando a distancia para exterminar uno de los pocos telediarios que quedaban en el aire, pero estaba hablando por teléfono y decidió sin preguntar que tenía que tomar café. La máquina de tabaco soltaba la despiadada música de un tema de Holywater, y entre canción y canción nos recordaba con una voz sintética que la sanidad no se haría cargo de nuestros cánceres. Nadie andaba esa noche por la calle, llovía y el frío se metía en los huesos con insistencia.


En plena realidad irrumpió en el bar el tipo que estaba esperando. Una hora antes había estado con él, que se quedó con mi encendedor, así que revolví mis bolsillos buscando inútilmente hasta que cayó la ficha. Apenas visible en una esquina arrinconada en una mesa, bebía cerveza y absenta una pelirroja robusta con un chien francés de los que dejan dinero en la peluquería. Mis dedos tocaban aquella ficha blanca. No podía satisfacer mi curiosidad de cómo serían sus tetas porque el perro parecía ocupar el trono de su escote como un nuevo rico en su Bugatti. Mi colega pidió ginebra. El juego se detuvo esa noche en el momento exacto en que desapareció la ficha que estaba en mi bolsillo. Quedaban pocos jugadores indecisos que pudieran reclutarse por los bares, la mayoría tenía bando definido aunque prefiriesen jugar al oficio mudo como si condujeran bólidos de papel, porque en aquel momento el triunfo literario se consideraba un elemento esencial de la intriga.
En la escenificación de esa noche sólo recuerdo la señal consumada de un juego inconcluso, un crupier omnisciente decidió que acabara ahí lo que habíamos empezado.


Desde su rincón oscuro la pelirroja leyó mi mente:- “Clap” “Clap” “Clap” (Aplausos) “Dicen que las ratas incluso sobreviven al diluvio.” (De su boca salían gruesos anillos de humo desde la sombra) “Es más cómodo no pensar.” Dijo. “Mucho más cómodo. Cuando la sociedad era infeliz tenía deseos profundos. En el placer duerme la destrucción de la raza.”
Su perro se revolvió en el escote. “Como comprenderá...” me dijo “...Llevo años asistiendo a la función que usted está a punto de darme.”
Cuando aquella noche el paño verde quedó abierto sobre la mesa con la partida inconclusa, nos levantamos de las sillas como un monstruo de dos cabezas. En veinte minutos mi colega y yo salimos por la puerta. A partir de ese instante frágil comenzamos una extraña transacción de siameses . La calle fría y mojada seguía desierta a esa hora de la madrugada. Apuramos el paso pero ninguno mencionó el destino ni el objetivo del impulso, ambos sabíamos perfectamente qué fuerzas directrices nos guiaban. Al llegar al oscuro pasillo de aquel edificio pensé que íbamos a encender la luz pero otra vez el monstruo actuó como un solo cerebro y la oscuridad siguió imperando sobre nuestras intenciones. Si hubiéramos querido luz alguno de los dos hubiera encendido una lámpara.


Subimos las escaleras, él delante y yo detrás, podía oler el penetrante olor a colonia de su abrigo. El edificio estaba completamente silencioso, desde atrás de alguna puerta del último piso llegaba el rumor apagado de un televisor.
Nos detuvimos en el descanso de una entrada donde el único retazo que conservaba restos de pintura era la mirilla. Él tomó el picaporte como si fuera la mano de una mujer y apenas rozándolo introdujo un clip en la cerradura. Acostumbraba a entrar así por todos lados. Cedió y vimos el resplandor azul intermitente sobre la pared de la izquierda. El silencio pesaba como una tumba y al verlo ahí semidesnudo, sentado en el sofá, lo tomamos por las piernas y los brazos amordazándolo. Su cuerpo no se resistió, se volvió flácido y comenzó a llorar, las lágrimas brotaban de sus ojos y se multiplicaban de una manera infinita, el agua salada nos llegaba a las rodillas, hacíamos fuerza para transportarlo fuera de la habitación pero el peso del cuerpo se multiplicaba. Crecía el llanto alrededor nuestro, flotaban las almohadas, las fotografías, los manuscritos y las colillas del cenicero, el esfuerzo nos ahogaba. Pensábamos: “Qué más da!!! Si siempre supimos que éramos la Atlántida”. Le preguntamos “por qué sucumbió al poder”, “por qué fue su ventrílocuo”. Entonces dijo que la literatura estaba llena de cobardes, que los escritores de la guerra se repliegan siempre sobre sus propias palabras, que ninguno se pone a destripar las sombras casa por casa, ni a desgarrar cada rincón de los despojos, ni a defender a los inútiles porque es mejor esconder las miserias. Así que nada pudimos hacer por nuestra víctima, su estupidez nos suicidó a los tres en el mutismo más absoluto.



21 mayo 2011

Subterranean Homesick Blues




Johnny's in the basement
Mixing up the medicine
I'm on the pavement
Thinking about the government
The man in the trench coat
Badge out, laid off
Says he's got a bad cough
Wants to get it paid off
Look out kid
It's somethin' you did
God knows when
But you're doin' it again
You better duck down the alley way
Lookin' for a new friend
The man in the coon-skin cap
In the big pen
Wants eleven dollar bills
You only got ten


Maggie comes fleet foot
Face full of black soot
Talkin' that the heat put
Plants in the bed but
The phone's tapped anyway
Maggie says that many say
They must bust in early May
Orders from the D. A.
Look out kid
Don't matter what you did
Walk on your tip toes
Don't try "No Doz"
Better stay away from those
That carry around a fire hose
Keep a clean nose
Watch the plain clothes
You don't need a weather man
To know which way the wind blows


Get sick, get well
Hang around a ink well
Ring bell, hard to tell
If anything is goin' to sell
Try hard, get barred
Get back, write braille
Get jailed, jump bail
Join the army, if you fail
Look out kid
You're gonna get hit
But users, cheaters
Six-time losers
Hang around the theaters
Girl by the whirlpool
Lookin' for a new fool
Don't follow leaders
Watch the parkin' meters


Ah get born, keep warm
Short pants, romance, learn to dance
Get dressed, get blessed
Try to be a success
Please her, please him, buy gifts
Don't steal, don't lift
Twenty years of schoolin'
And they put you on the day shift
Look out kid
They keep it all hid
Better jump down a manhole
Light yourself a candle
Don't wear sandals
Try to avoid the scandals
Don't wanna be a bum
You better chew gum
The pump don't work
'Cause the vandals took the handles

Bob Dylan
http://www.bobdylan.com/us/home

16 mayo 2011

AFFAIR

Foto Helmut Newton


Serás un dios falible
al que puedo adorar
por un instante
no me importa
perder el sentido
bajo el huracán
de tu vientre
y tus fluidos.
Se poblarán los sueños
después
de equívocos y estorbos
y de interpretaciones.
Y me enumerarás sin  fe
virtudes teologales
de dudosa belleza.
Ocultarás tus deseos
con invenciones absurdas
y cegarás tus ojos
de moralidades vanas.
Tus manos derretidas
desaparecerán como peces
en mi boca y yo
desde ese plácido infierno
aguardaré tu impronta.


Adriana Fernández Lagoa





07 mayo 2011

MARGARITA



MARGARITA

Cierta vez, cuando viví esos años en México, conocí a Teodoro y a su padre.  Cuanto más dormía, más creía que era posible contar alguna vez esta historia a otra persona.  Luego, cuando despertaba, las palabras se desorganizaban de nuevo en mi mano, porque la historia de Teodoro y su padre era una historia no para ser vivida sino para ser soñada. 
Cantaba yo por entonces en un coro en el que Teodoro era tenor solista, su voz era de una infinita distancia con este mundo terreno.  Era una voz que emergía desde las profundidades de su estómago, pero este parecía haber sido depositado en las alturas.  A mí nunca me había gustado su aspecto tan pulcro y formal hasta que lo escuché cantar.  Cuando cantaba se transformaba en un fauno moreno que, vestido de oscuro, era tragado por la penumbra del templo y sólo su poderosa voz emergía como un oráculo desde las sombras.  Hipnótica entre sus blancos dientes, su lengua lucía tan roja como la imagen del corazón de Jesús.  Y también me resultaban inquietantes sus manos, finas, delgadas, musicales.  Pintando siempre cuadros religiosos y acariciando amorosamente mis hombros y mi espalda mientras entonábamos “Hosanna en el cielo”.  Su padre, desde el altar, convertía en liturgia la lectura de los salmos y las jaculatorias.
Así transcurría nuestro noviazgo mientras yo preparaba una tesis sobre Civilizaciones del Yucatán.


Yo vivía en una casa pequeña pero muy bonita, con amplias galerías y a veces en exceso luminosa.  Ellos habitaban una casa muy grande y muy húmeda, cubierta por los helechos y las árboles frutales.  Sólo un salón donde estaba el piano y el atellier de Teodoro recibían de pleno la luz natural.  Pasaba muchas horas con ellos, leyéndoles, organizándoles la agenda del personal de servicio, acompañándoles a los actos sociales.  Y a pesar de desenvolverse la vida con una rutinaria normalidad, el día de los muertos era invitada como un verdadero honor a compartir la cena con ellos.  Esa noche se abría una puerta al más allá que nos separaba, poniendo por ocho días las cosas en su sitio.  Cuando llegaba la hora yo me presentaba con mis mejores galas y nos sentábamos los cuatro a la mesa: Teodoro, su padre, yo y la Difunta.  Su presencia era tan persistente como el olor de la ruda por todos los rincones.  La casa se llenaba de velas y de candilejas azules y ocres.  Entonces le poníamos balché y jícama y yo le agregaba pastillas para dormir a la muerta, así no descubría que la que estaba viva era yo.  Y le preparábamos dulce de papaya y atole nuevo y tamales de espelón para que comiera con nosotros.  Pero yo deseaba que se estuviera calladita. 
A mí realmente no me importaba otra cosa que acabar mi tesis y asistía a todos estos sucesivos juegos porque les había tomado cariño y porque estábamos solos.  Así que me sentaba allí una vez al año para ser presentada en sociedad a mi futura suegra, que nunca se metería en mi fiesta de boda, ni en mi ajuar, ni opinaría sobre cuando habrían de venir los nietos, sólo se tomaría el chocolate y se comería el pan de muerto sin decirme una palabra.  


  

Pero yo sentía que su aprobación o su disgusto flotaban en el aire, cargado de resplandores y de olores cada noche de muertos.  Desde sus fotos, enmarcadas como cuadros y puestas sobre altares por toda la casa, me observaba con sus distintos estados de ánimo.  Al pasar frente a la cocina me sonreía franca y juvenil desde una playa.  En el pasillo al salón me miraba desde lo alto de una pirámide escudriñándome como si fuera a robarme algo.  En la cabecera de la mesa nos bendecía con un amor desinteresado y más allá de lo humano.
Quizás en esos cuatro años conocí más a los muertos que a los vivos.  Margarita parecía decidir mi futuro de una manera dramática.  Yo me anudaba una cinta negra en la muñeca como le hacían a los niños, para que no me llevara.  Ellos decían que venía unos días antes de la ceremonia para lavar sus ropas y acicalarse para el homenaje.  Hay mecanismos extraños que determinan el destino de las personas.  Aunque entre esos mecanismos debe contarse el azar, la vida no es exactamente una ruleta.  Y si un fantasma mueve los acontecimientos como un jugador sus piezas de ajedrez, entonces el destino se vuelve infinitamente menos intrigante.  Cuando sus elecciones, aún sin ser las esperadas, van cambiando circunstancias y consecuencias como los colores de un cuadro.

A lo largo de un año mi presencia se volvió insustituible, como una hija más, como una madre, una esposa solícita, una amiga, una amante.  Sólo dejaba a Teodoro y su padre para trabajar en mi tesis y que ellos se reconciliaran con sus neurosis.   Uno se encerraba a pintar iconos, ensayando cantatas y salmos.  El otro buscaba en sus amigos de sociedad actividades bendecidas por el cura párroco.
Y luego de un año llegaba noviembre.   Y  otra vez la noche de difuntos bebiendo balché.   Y de nuevo el suspense se cernía sobre los comensales.   Porque quien ha estado fuera un año, no siempre aprueba lo que ocurrió en su ausencia.


01 mayo 2011

Jaime Urrutia y Bunbury - El Calor del amor en un bar

EL CAZADOR

Margarita Georgiadis

El sótano era profundo, húmedo, silencioso. Cada vez que emergía de aquellas escaleras metálicas sentía un golpe helado en su nuca. Se extendía por debajo de la casa lleno de laberintos y falsas puertas en toda su dimensión. Era raro que Él se quedara a dormir en la casa del bosque. La oscuridad que provocaban los árboles casi pegados a los muros podía ser oportuna pero también desagradable. Siempre prefirió los espacios abiertos para evitar múltiples posibilidades de fuga. Echó la llave a todos los cerrojos y subió a su avioneta después de cerciorarse de que todas las puertas y ventanas estaban bloqueadas. Era guapo, corpulento, seductor, olía a colonias caras y siempre iba bien afeitado. Puso en marcha los motores para regresar a la civilización y mientras giraban debajo los quinientos metros de tejados, las espirales del bosque se los iban tragando. Pensó que en poco más de media hora estaría en su oficina preparando el próximo fin de semana.

Ella esperaba el ascensor y tuvo la sensación de que alguien estaba a sus espaldas, sintió que quien miraba su trasero también la estaba oliendo como un animal. Permaneció inmóvil, algo excitada, conteniendo la respiración hasta que se abrieron las puertas. Se relajó al ver por el espejo al hombre impecable, vestido con elegancia que estaba detrás de Ella y que la empujaba con el roce de su cuerpo. Apretó involuntariamente los glúteos debajo del vestido y un escalofrío pareció advertirle que en ese punto todo alrededor había cambiado.   Su tímida percepción del éxito la hizo sonreír despreocupada aunque con cierto malestar de estómago.  Y aquel hombre estimulante en tres o cuatro frases ya le había propuesto una cita.
La noche anterior Ella había decidido no volver al Wild Cherry.  No era el tipo de bar donde encontraría lo que buscaba. No todo le valía. Ya no quería frecuentar habitaciones hechas de tableros fenólicos y moquetas flocadas. Quería lo que querían todas las mujeres, despertar en una cama blanda, blanca, limpia y luminosa.
En el coqueteo de los primeros dos días comenzó la danza de la sincronicidad, exponiendo diversas afinidades y planes. Entonces al tercer día llegó el golpe de efecto: “Te gustaría volar en mi avioneta?”. Ninguna chica se resistía a esa pregunta, aunque algo parecido al pánico acechase detrás de la oferta. El vuelo siempre era fantástico y la llegada a la casa impactante.
Ella esperó con ansias el fin de semana. El viernes la pasó a buscar por su casa y llegaron al aeródromo. Los preparativos desbordaban la excitación de ambos. Cada uno tenía sus planes meticulosamente soñados, dentro de todas las realidades que se presentaban como posibles. Ella se sentía poderosa y desvalida a la vez. Él sólo sentía la pulsión de adrenalina en sus sienes.  Al llegar a la casa los juegos se precipitaron, dejando poco sitio para las palabras. Él la rodeó con los brazos y la desnudó con extremo cuidado.   La volteó de espaldas y tal como hizo en el ascensor, la  empujó con la sutileza de una sombra hasta el inmenso ventanal que daba al bosque. Lo abrió mientras ponía la boca en su cuello y metiendo la lengua en su oreja le susurró: “Ahora corre hasta que yo te alcance”.



27 abril 2011

Mal bicho Letra - Los fabulosos cadillacs

MAL BICHO

Todo tiene truco. Se sentó bajó la noche caliente y húmeda, confundido. Mintió tantas veces para disimular que era a él a quién buscaban. Los foguetes de Vista Alegre cada vez que tronaban lo descomponían un poco más, estaba todo rojo y sudaba como cuando se subía a un avión y empezaba a retorcer las manos y pasárselas por los muslos una y otra vez. Lo habían descubierto, mentía. Tendría que decir cualquier cosa que justificara sus escapadas al monte a media noche, porque después de la primera mentira se descubren todas. 
 Se había estado escondiendo detrás de la intimidación y el acoso, presionando, asustando, amenazando, pero ahora él era el acorralado. Había revisado todos los archivos y todos los papeles buscando cualquier cosa que pudiera implicarle y nada. Sabía que existía una inexplicable sospecha. Lo sabía porque ella era mujer, de las que no respetaba los códigos de servilismo, detestaba el doble discurso del obsecuente. Precisamente en el vientre de los sepulcros habitaban esta clase de mujeres, de las que pueden hablar en voz alta. Fingió ser generoso y amable durante una temporada y le pidió favores, datos, información, fingió pedir ayuda. Le pidió dinero prestado. 
 Pero esa noche tenía en las manos el arma limpia, sin una sola huella. Se había deshecho de cualquier evidencia de encuentro, había preparado perfectamente la coartada. Y pensando otra vez en ella se rascó ferozmente con las uñas negras todavía llenas de tierra.  



24 abril 2011

LA MADRE DE ANTONIETA




Faltaba apenas un lustro para liquidar el siglo diecinueve cuando Buenos Aires ya tenía en funcionamiento el primer tranvía eléctrico. Y para mediados de los cuarenta del nuevo siglo la ciudad ya crecía a un ritmo febril. La terminal de Palermo que era la antigua Plaza de los Portones, se llamaba ahora Plaza Italia donde estaba el monumento a Giuseppe Garibaldi. Ahí comenzaba hacia el río de la Plata el parque 3 de Febrero, en los terrenos donde Sarmiento había planificado el jardín zoológico y el botánico; muy cerca de lo que había sido la estancia de su enemigo, el caudillo federal. La Plaza Italia, como un altar de sacrificios de razas y nacionalidades, terminal del tramway, el sitio por el que pasaban lavanderas, planchadoras, amas de leche, limpiadoras, fruteras, entre las que también caminaba Angelita, única hija de inmigrantes italianos dueños de un puesto de verduras en el mercado. 




 Era por entonces una mujer de exquisita fealdad, tenía esos ojos hundidos e inmensos, de párpados anchos como para escribir en ellos, la frente con curvatura de bóveda y extensa hacia atrás, el cuello largo y la boca pequeña dentro de una cara estrecha y huesuda. En su juventud había sido muy atractiva, sin embargo ahora tenía una vejez en la que solo resplandecía su belleza interior. Sus manos se habían doblado por la artritis y sus uñas eran gruesas, duras y descuidadas como caparazones. Pero su rostro áspero todavía daba esos besos cálidos que sólo las madres saben dar.
Cuando se casó con Hipólito se mudaron a una habitación en la primera planta de una casa chorizo que había comprado una gallega. Hipólito era guarda en el tramway, por eso todas las mañanas llegaba primero, caminando ya uniformado hacia la terminal.




En la casa de inquilinos tenían derecho a un baño donde la ducha funcionaba con azul alcohol de quemar. Había una cocina a leña o a querosene por habitación pero el baño era compartido. Para ellos era casi un departamento, la pieza estaba en una pequeña terraza y se podía ver todo el patio desde la baranda, que por las tardes servía de balcón. 
En esa habitación transcurrió toda su vida. Había una cama de una plaza y media donde cabían dos personas no muy holgadamente, dos mesas de luz, un ropero, una alacena donde guardaban la escasa vajilla, una mesa de apenas un metro cuadrado, dos sillas thonet y un banquito. Una pequeña ventana daba a la milimétrica cocina que no era más que un portón de madera para evitar la lluvia sobre cuatro azulejos, un tiraje y una encimera de cemento donde se apoyaba el calentador Bram Metal de bronce que en los días de invierno también servía de estufa.

FOTO ADRIANA LESTIDO



Allí nació Antonieta que vivió y creció como los demás niños de la casa, que también dormían en un sofá cama. Todos iban al colegio municipal, cuando eran muy pequeños se turnaban para llevarlos pero al cumplir diez años los mayores empezaban a ir solos. Una vez al año llegaba al barrio la Gran Exposición Rural, una feria del campo que se hacía a la vuelta de la casa, en unos terrenos poblados de enormes pabellones con el nombre de familias aristocráticas, donde los estancieros traían su ganadería para exhibirla en enormes establos y participar de los grandes premios y los remates. 




Venían los gauchos, paseaban con sus botas de carpincho, sus rastas de plata y sus facones como si fueran los hacendados, pero en el campo andaban en patas y dormían ahí entre las vacas, sobre los fardos de alfalfa. Entonces el aire se hacia espeso y la casa rezumaba por sus paredes olor a bosta y a arroz con leche. Una vez al día iban al ordeñe y volvían con baldes o damajuanas de litros.  Así que había que hervir, colar, sacar la nata, y aparecían esas enormes fuentes blancas por todas las cocinas, cubiertas de una costra de canela y flotando las cáscaras de limón en sus esquinas. Ese era uno de los días en que Angelita preparaba los niños envueltos, bien apretados con escarbadientes y guisados en salsa de tomate hasta casi deshacerse. Para Antonieta era su día de fiesta que superaba cualquier otro agasajo a pesar de que nunca tuvo demasiados juguetes, guardaba bolsas inmensas de tatuajes del pájaro loco que venían en los chicles de banana y toneladas de muñequitos de plástico que traían los chocolatines sorpresa Jack. Le costó años deshacerse de ellos, pero no había sitio para tesoros. Hipólito murió muy jóven, así que pronto Antonieta abandonó el sofá y durmió con su madre hasta que apareció el Ministro.





Angelita se preguntaba con qué había llenado su vida que parecía tan extensa, entre las mismas cuatro paredes, haciendo su arroz con leche y zurciendo medias. Todo lo que se preguntaba por las noches sobre el pasado quedaba borrado en el café con leche de las mañanas o se consumían sus pensamientos en el fuego de las ventosas que le aplicaban cuando le dolía la espalda. No era capaz de recordar nada. Nunca discutió ni reprochó lo que le tocaba. Aceptaba el bien y el mal como venían y siempre hizo lo mejor que pudo. Soñaba con todo lo que había logrado que era muy poco y con todo lo que iba a lograr en el tiempo que le quedaba. La idea de la muerte no le resultaba dolorosa, había padecido amargas semanas y ya estaba cansada. Últimamente se preguntaba si había una relación entre la manera en que una persona vive y la manera en que muere. La distancia entre sus metas había sido tan corta y el tiempo para alcanzarlas se había hecho tan largo que morir se le hacía fácil.
En cambio para Antonieta morir era un absurdo. No en el sentido metafísico, pues ella jamás se planteaba ningún sentido para las cosas, era orgánica, visceral. Sus respuestas eran instintivas, meras invenciones, fantasías o especulaciones producto de la facilidad con que daba rienda suelta a sus impulsos primarios de vivir o morir. Por la misma razón absurda que se suicidaría sin pensarlo, en ella siempre muerto un deseo aparecía inmediatamente el gérmen de otro, así que era el deseo lo que la mantenía viva y no el instinto de supervivencia.


FOTO ADRIANA LESTIDO


Mientras su madre agonizaba en la cama del hospital, Antonieta esperaba dentro del baño a que el médico terminara la ronda de visitas. No quería que su madre la viera sufrir, no quería verse sufrir a sí misma. Era su manera de seguir conectada a la vida, de darle sentido, de impedir que de pronto se transformara en un drama. Su deseo de amor siempre superaba su deseo de muerte y esa era la peor forma de soledad.
Angelita sólo respiraba por Antonieta, incluso después de aparecer el Ministro. Él vivía en la casa de en frente, era casado y tenía cuatro hijos, y era ya un muchacho cuando Hipólito y ella se mudaron al barrio. Jamás le dijo una sola palabra ni le hizo el menor reproche a su hija. Aunque todos los vecinos lo sabían sólo se comentaba en los sitios y momentos oportunos. Ahora que se moría solo deseaba que Antonieta no sintiera la mínima culpa. Ella padecía otra soledad, la auténtica soledad del que ama.
Y Antonieta gemía de placer, de compasión y de venganza mientras hacía el amor sobre el inodoro para que su madre se muriera tranquila. Para que no pensara que ella iba a sufrir, que iba a quedarse sola o con el Ministro que era lo mismo, para que pudiera irse en paz a la otra vida. Así, con la incerteza de que el amor tarde o temprano nos encuentra.
El pequeño mundo que rodeaba a Angelita se había desvanecido para siempre, y parecía llevárselo el vapor de aquella tarde fogosa en Buenos Aires, mientras los ventiladores de la casa velatoria empujaban hacia la calle nuestras carcajadas y Antonieta se dejaba caer en los brazos de un hombre sin pantalones.




14 abril 2011

LA HERMOSA MATILDE

MATILDE SE ENJUAGABA EL PELO TODOS LOS DIAS CON INFUSIÓN DE  MANSANILLA PORQUE HABRÍA QUERIDO SER RUVIA TODA LA BIDA.
TENÍA UN CUERPO ESBELTO, AUSTERO Y NADA LLAMATIVO, Y  AÚN CONSERBABA PARTE DE SU MUSCULATURA A PESAR DEL ROHYPNOL.  HABIA SIDO TAN PROSTITUÍDA COMO ERMOSA.  LE HABÍAN DADO TANTAS OPORTUNIDADES DE SER NADIE QUE SE HABIA OLVIDADO HASTA DE SU APELLIDO.
NO TENIA NINGUNA ESPERANSA DE RECUPERAR NI EL TIEMPO NI LA CORDURA, Y ADEMÁS EN CUANTO EL TIEMPO SE LE ESCURRÍA, SÓLO LA IDEA DE DORMIR LA TRANQUILISAVA.  ASI ENGENDRABA UNA SERPIENTE EN ESPIRAL QUE SE LA DEVORAVA POCO A POCO, DESDE LOS PÁRPADOS HASTA LOS PIES ESCUÁLIDOS, ATRAPÁNDOLA EN LAS REDES DE SU MELENA COLOR UEVO.
ERA RITUAL Y ONÍRICO, COMO SE SENTABA EN LA VAÑERA Y ABRÍA LAS PIERNAS DESNUDAS CON LA CAVESA HACIA ADELANTE.  ENTONCES BOLCABA ESA PÓSIMA, UNA TURBIA COLASIÓN QUE DEJAVA ESE COLOR DECADENTE EN SUS RISOS INTACTOS DE LA NIÑA QUE HABÍA SIDO.  CUANDO COSINAVA  LAS TRES COSAS QUE SOLÍA HACER, SE ENVOLVÍA LA CABEZA EN UNA TOALLA  PARA QUE EL PELO NO LE OLIERA.  POR TRES SALCHICHAS Y ALGÚN CALDO NO IBA A DEJARSE PERFUMAR LAS OBSESIONES.
TUVO DOS IJOS COMO DOS APÉNDICES EXTIRPADOS.  NADA LA UNIÓ A ELLOS. QUISÁS DE VES EN CUANDO ALGÚN ESCÁNDALO CON  EL ENCARGO DE CONSEGUIRLE MAS PASTILLAS.  


ESE PUTO MUNDO DE AHI AFUERA NO LE HABIA DADO NADA.  NI PADRES DIGNOS, NI COLEJIO, NI  MÉDICO NI CURA PARA LAS BIOLACIONES CONSENTIDAS.
COMO UN  FABOR RECÍPROCO HACIA ESA BIDA ASQUEROSA, SE DEDICÓ  A ESPERAR QUE ESOS DOS NIÑOS SIN PADRE ALCANSARAN LA EDAD SUFISIENTE  PARA TRAERLE LO QUE LES PIDIERA.  SU MADRE DE PEQUEÑA SIEMPRE LE DECÍA: "MATILDE ...ES MEJOR CRIAR SERDOS QUE IIJOS... AL MENOS TE LOS COMES"
LA BERDAD NO RECORDAVA SI ALGUNA VEZ ELLA LES HABÍA REPETIDO  LO MISMO A LOS SUYOS COMO ESOS LÁTIGOS QUE VAN PASANDO DE MANO EN MANO.  SIMPLEMENTE UN DIA YA NO BOLVIERON.  HABRÍAN PREFERIDO ROVAR PARA ELLOS MISMOS.  O NO QUISIERON OLER MÁS ESE ÁSIDO OLOR A CAMOMILLA, A MATRICARIA SECA, COMO SUS OVARIOS DESFLORESIDOS. TAMPOCO ABRÍAN VUELTO A LAS BIAS DEL TREN.  EN LA ÚLTIMA APUESTA,   EL NEGRO TARTA SE QUEDÓ SIN PIERNA, Y TODO POR OTROS 20 PESOS.  ELLOS ALGO LA QUERÍAN A MATILDE...PERO TAL VEZ QUISIERAN MÁS A SUS PIERNAS.
SE FUERON SIN DESIRLE NADA.  MATILDE  PASÓ UNOS DIAS SIN COMER Y SIN LEBANTARSE DE LA CAMA.  CUANDO SE LE ACAVÓ EL ROHYPNOL CREYÓ QUE IBA SIENDO HORA DE CORTARSE EL PELO. Y POR AHÍ EMPESÓ.

Y SI TODABÍA NO ENCONTRASTE UN FONTANERO TE VAS A LA PUTA MADRE QUE TE PARIÓ

05 abril 2011

LA MAMA VIEJA




Con mayor frecuencia y mayor premura que la deseada, descubrimos que nada es como fue la primera vez.  Tita pronto cumpliría ochenta años y se sabía de memoria todos los guiones porque había visto las mismas películas muchas veces. Adoraba esos diálogos que se repiten como un déjà vu porque jugaba a improvisar sus bandas sonoras.  Fantaseaba con sus divas del cine.  Le gustaba con diferencia emular a Gene Tierney, tan sofisticada y bella.  Ensayaba sus gestos distinguidos y el aplomo de su cabeza frente al empañado espejo del baño, mientras se calzaba la abultada pollera roja y candombeaba unos pasos enclenques antes de salir para el corso.  Durante todo el año se reunía la murga, un grupo de sexagenarios en el que ninguno tenía las piernas ágiles de Tita.  Al terminar los ensayos, a veces, se quedaba a comer unas pizzas en casa del Gramillero.  Eran una pareja casi obligada por sus personajes murgueros, ella era la Mama Vieja.




Tanto en el candombe como en la vida, porque Tita era negra y la Mama Vieja representaba la dignidad de las mujeres negras y su bondadosa alma abnegada, bailando con orgullo poniendo siempre la cabeza alta.  El Gramillero era Cosme, se pegoteaba con un pastiche su barba de algodón y al bailar cargaba el maletín de yuyos con una mano y el bastón en la otra. Cosme no era negro, había quedado muchas generaciones atrás el último mulato, asi que practicamente la suya se habia blanqueado, pero en cuanto empezaba la cuerda de tambores, entre el chico y el repique la sangre se le volvía negra.  Tita, quizás por ser mayor que él, sabía muy bien qué frase soltar cuando quería que la invitaran al cine o la acompañasen al médico.  Había adquirido de su gata la singular destreza de obtener compañía siempre que se presentase la ocasión.



Todo podría haber sido perfecto salvo por la circunstancia de que a Tita la habían trasplantado, no de un órgano sino de toda una geografía.  A los treinta, cuando trabajaba de criada, había conocido a un hombre que le prometió que nunca más volvería a preocuparse por nada y había cumplido con creces.  La sacó de una ciudad vertiginosa, de un lupanar de subterráneos, colectivos y vendedores ambulantes para llevarla a un pueblo, a un barrio de un pueblo, en el que conocía a todo el mundo pero no podía contarle su vida a nadie, de tan larga y aburrida que era.  Y a Cosme, que era veinte años más jóven que ella,  le quedaba un suspiro en este mundo.
Así que se juró que ese febrero sería el último carnaval.  No tenía a nadie.  Le pareció que lo más duro que había hecho en todos estos años había sido ir tachando de uno en uno los nombres de su agenda.  Cerca del final, su único encuentro apasionado era con los recuerdos que se metían en su cama y la abordaban musitando nombres propios, para no dejarla dormir sola, ni con pastillas ni con valerianas.




Era joven cuando se casó con aquel hombre capaz de amarla hasta la impotencia, un hombre que jamás había usado una palabra inconveniente, ni había reparado en otra mujer que no fuese Tita, a quien ese amor indisputable y axiomático la ponía enferma, la dejaba moribunda, sin ansias de respirar, al borde del aburrimiento y la apatía.
El pobre Víctor amaba como ama un santo, con inapropiada devoción como para arrugar las sábanas, como aman algunos hombres a su madre.  Amaba con una bondad tan extenuante que Tita comprendía, no solo que ella no merecía ese amor sino que jamás desearía obtenerlo, porque era un amor tan grande que se bastaba a sí mismo y envuelto en esa inanición no percibía ni la indiferencia.
Así que cuando Tita finalmente quedó viuda, descubrió que existían los deseos y las fantasías.  Lo que le pasaba a Tita es que nadie la necesitaba nunca, nadie la había necesitado realmente.  
Sin pensar siquiera en cuánto tiempo podría quedarle al Gramillero, rompió una hucha que había remendado varias veces en la que estuvo guardando vueltos y sueños, y contó.  Había de sobra.  Así que se fué a una agencia de viajes y compró un tour completo para dos personas a la Patagonia.  Era su último sueño pero el más esperado, era la primera vez de algo por fin, por primera vez en años.
Fugitivos de sí mismos en diez exultantes días escaparon de una vejez que detenía el paso.  Antes de regresar, la última tarde, se tomaron un whisky escocés frente al glaciar, como lo sirven en el barco del fin del mundo, con esos cubitos de hielo prehistóricos que sacan del agua helada, envueltos los dos en la misma frazada mientras se les congelaban los mocos y los minutos de vida que quedaran.