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24 enero 2011

La suburbana blues- La brisa y el sol

RECUPERAR LA CORDURA

Perder
por extenuación
la adicción a tus pociones.
Matar al galope al corazón
y que enmudezca.
Que se apriete como un puño
aunque quiera buscar 
como flecha su diana.
Soltar las cadenas
al fantasma de tu cuerpo
que se me pega a la piel
como placenta.
Olvidar tu voz,
el sabor de tu voz sobre mi lengua.
Olvidar incluso tu espejismo
para no saber que te amé
ni que te odié de tal manera.
Constatar que aún estás
aunque no pueda verte,
que en la ausencia de mí
ésta locura se vuelve impertinente
y no me deja escapar
hacia la triste cordura
donde aún están anclados tus ojos.

23/01/2011

FOTOGRAFÍA ANTONIO SEGURA LEÓN

16 enero 2011

EL CIELO PUNTO COM

   Todos ellos habían llegado hasta ahí después de completar exhaustivos cuestionarios.  Pero Ana K. se iría a dormir una vez más bajo la mirada crooner de Tom Waits que le decía..."Well...the moon was gold...her hair like wind...she said don´t look back" desde los acordes de "Hold on".  Todo había cambiado tanto...Ya no podía tirar sus huesos en el sofá de algún bar para enredarse con el humo y el gin tonic en alguna conversación interminable por la que pasaran Nick Cave o Leonard Cohen.  Ahora el aire inmaculado de los bares se intoxicaba de conversaciones banales y puntos suspensivos de los que salían a fumar a la calle.  Así que tomó la decisión  y antes de lavarse los dientes encendió el penúltimo cigarrillo de la noche y prefirió continuar.  Mientras respondía veía las lamparillas noctámbulas del chat y paladeaba alternadamente a Clapton, al Winston, a Joe Cocker o a Johnny Cash.  Tendría que esforzarse un poco más , ahora vendría esa parte del relato que no puede ser ejecutado con púa, donde hace falta sacar las uñas y agudizar los sentidos, explorarlos, abrir las compuertas del recuerdo y dejar que fluya esa catarata como entre los dedos de un bluesman.
Apareció un cartel que decía:  "Si quiere avanzar en la aplicación agregue el nombre completo de las personas más importantes de su vida".  Comenzó a pensar y se dio cuenta que si no arrancaba de una vez, nunca lo haría.  Desde la infancia no, muy tedioso, la mayoría ya estarían muertos.  Entonces escribió sólo los nombres de aquellos que pudieran sobrevivirla: su hijo, su marido, su amante, sus hermanos, algunos pocos amigos...
Un paso más y otra barrera, una nueva aplicación que le decía:  "Seleccione una de las personas importantes y describa extensamente los recuerdos en común ".
Escogió a Luis primero y comenzó por aquel día de la primera nieve, recogiendo ramas para echar a un fuego que ya se había extinguido.  Intentó describir sus labios morados y helados, sus gruesos guantes, los kilómetros de abrigos que separaban los cuerpos, el olor en el aire de los robles y la bondad de las castañas en magosto.  Procuró volcar cada palabra, cada silencio necesario, las peleas, las reconciliaciones. 
Durante el día apuntaba en una libreta todas las imágenes que aparecían en su mente, un flashback que entraba en la moviola y nunca se detenía.  Entonces se preguntaba cuál sería el siguiente de la lista, cuál era el orden ? Era aleatorio.  No lo marcaba la razón.  Le costaba desprenderse de todos sus recuerdos que cobraban la identidad de objetos cuando los narraba.  En el momento de soltarlos repetía una y otra vez el ritual de cada despedida para dejar de ser un hecho doloroso y transformarse en un estado permanente, quedaban ahí transcriptos en el portal del tiempo y el espacio ocupando un lugar que no podría ser violado ni siquiera después de su muerte.
Pensó en su hijo y reanudó la escritura.  La primera vez que notó su presencia dentro del cuerpo, la forma en que su cabeza sobreabultaba su vientre cuando se acomodaba, el primer instante en que lo pusieron en sus brazos, la forma de dormir y de asustarse. 
Pero cómo podría describirle el sonido del vuelo de una mariposa, lo sutil, lo inasible, lo inalienable.  Todas las veces que le leyó un cuento o las mañanas de domingo cuando juntos pintaban un cuadro.
Así fue pasando por toda su vida, día tras día, por toda su vida compartida. Lo escrito. Lo dicho. Lo escuchado. Lo contemplado. Lo fotografiado.  Por todos los momentos que además de ella algún otro podría recordar.  Escaneó álbum tras álbum.  Agregó a ese mundo de humo cada archivo de su música, la banda de sonido de toda su existencia, un songster que ejecuta su última melodía.
Un día cualquiera, después de muchos años, Dante encendió el ordenador y escribió: "Mamá, te extraño".  Y alguien del otro lado respondió : "Hola amor, yo también te extraño.  ¿Recuerdas esa tarde de verano cuando corrimos por el parque?

09 enero 2011

CADENA PERPETUA

Me has condenado
a la prisión de tu silencio
mutilando sentidos
desgarrando la carne.
No importan para nada
los recuerdos,
van mutando irremediablemente
en otras realidades.

El hombre es ese dios que cree
poseer el vano don
de moldear su pasado
haciendo su presente
soportable...

Pero cuenta solamente
con el fatuo poder
de la palabra
que teme al fuego
y que en el mapa traza
como una coordenada
cualquier hecho fortuito
indeclinable
que ha quedado marcado
para siempre
en esa decadente evolución
de la rueda y los relojes.

Sólo el olvido nos bendice
o nos maldice
con otro comienzo.


Foto Vari Carames   www.varicarames.com



   

04 enero 2011

TRENES



Subió al tren de las doce.
La ventana entreabierta
y la brisa pasaba
y pasaba la noche.
Su pelo le marcaba
la dimensión,
el rumbo,
se apagaron las luces
y comenzó el viaje.
Cruzaron todo un bosque,
una foresta inmensa
de húmedos helechos.
Ella miraba al frente
y el horizonte huía,
él ansiaba abrazar
otro que se acercaba.
Tumbados frente a frente
notaron que el vacío
rozaba sus miradas,
que cada uno viajaba
en un tren diferente.
Aún así se amaban,
se olían, se tocaban
en un vagón imaginario
en el que se prendían
fuego las palabras,
los labios se tornaban
jinetes de carmín
sobre las blancas sábanas.        
De rubias Afroditas
se poblaron los andenes
y sus cuerpos se apearon
en estaciones con lunas
para verse desnudos
y retomar el viaje
con la piel entrelazada.

Foto Berenice Abbott


23 diciembre 2010

Lititz/Santiago


Traté de inventar un fondo...
Fotografía Leo Cobo
www.leocobo.es




¿para mi alma?
que es intangible, infinita
como el universo,
azul, absurda,
divina y monstruosa a la vez,
oprimida por las formas,
esclava de la estructura
de los conceptos,
que quiere expandirse
sin materia
y se aterroriza
ante el precipicio,
como un abismo
al que te dejas caer
y vuelas.







U-MV035 - Sisters of Mercy - Under the Gun

TACTO DE FACTO

Desconozco la diferencia entre la suavidad y el desprecio.   Para mí son conceptos similares.  Desde el 73 no los explico ni los distingo.

 Laura se empeña en coleccionar esos huacos eróticos de la cultura moche que para mí solo tienen una finalidad: recordarme que la falta de sensaciones no es algo que te impida vivir ni que te torture, aunque prescindir del tacto no significa prescindir del dolor.
 Puedo describir la  piel de su espalda con la misma indiferencia que al pasar los dedos por el mármol de una lápida, o sobre esas vasijas del Cuzco que decoran la chimenea, como único escenario donde se repiten las posturas sexuales y los miembros erectos.
 Laura sí me siente.  Experimenta con mi cuerpo.  Supongo que su empeño es inversamente proporcional a mi respuesta.  A veces pasa su lengua por mis ingles con lentitud y yo escucho la ligera presión de su rostro entre mis piernas, trato de imaginar el calor húmedo de su saliva, la venenosa y dulce mordedura de su boca.  Pero mi estómago no se contrae, no se abren mis poros más de lo que puede abrirse el tejido de las sábanas.  Intento mentirle, decirle que lo siento.  Y ella simplemente arremete otra vez balanceando la gravedad de sus senos sobre mi torso lampiño.
 A menudo deseo ser ciego.  No porque sea más digno carecer de un sentido que de otro, sino porque al apagarse el mundo dentro de los ojos, surgen las percepciones olvidadas y muertas que yacen fuera del cuerpo.  Ya ni siquiera soy capaz de recordar el contacto helado y el golpe seco de la picana.  Mi cerebro por borrarlo, lo borró todo.  En la oscuridad de aquella celda se desprendieron de mi las texturas y con ellas el género hombre.  Máscaras o vendas, cuerdas, sed y hambre, el persistente dolor de la electricidad en los genitales, ese hedor a chamusquina, el recorrido caliente de las heces y la orina por mis muslos...Y luego una ausencia del mundo que solo yo fui capaz de proclamar cuando me vendaron los ojos con mi propia bufanda.
 Tocar, palpar, acariciar, rozar su pubis es un acto mecánico que no conduce a nada.  Ese hilo invisible del placer, del goce de su cuerpo, se ha roto y sus cabos se han perdido en la profundidad de mi olvido y mi memoria.  Ahora aunque lo intento no soy capaz de unirlos nuevamente.  No son mis dedos los que han perdido las huellas de las cosas, es cada centímetro de mi piel que se ha vuelto inerte, loco, que le da lo mismo el calor que el frío, el sudor que el llanto.

 Quisiera encontrarme con ese hijo de puta en un interminable simulacro de fusilamiento y devolverle al final todo este vacío con un tiro en las pelotas.

27 noviembre 2010

Lila Downs - La Llorona

SI TU FUERAS HAITI...


Tus ojos se hunden
dentro del hueco de tu estómago.
Lejos,
muy lejos de tu atado de piel,
de mugre y de huesos
decidiremos si tu hambre tiene precio.
Mataremos el clamor de la conciencia
para seguir mintiendo.
Hasta que un invisible
recaudador de sueños
haga con ellos otra vez
carroña,
explotación,
indignidad
y hambre.


a Helena Branco
que siempre me hace creer que será posible...



F O T O   A L I C E   S M E E T S
  

20 noviembre 2010

Tom Waits - November

DREAM




Foto Jerry N. Uelsmann

Mi cuerpo extraña el llanto,
desdibuja la anatomía
de su angustia,
es todo maceración
de huesos.
Siento que aún 
no te arranqué de mí
y ya te has ido,  
siento que aquella
carne de mi carne
me ha dado sepultura,
que ha pronunciado
por mí
una plegaria, que recogió
su atado de recuerdos
y se marchó besando
la tierra que me besa.
Espérame en el parque,
corazón,
mientras comienza el juego.
Y cúbrete los pies con la hojarasca,
para que el viento
pueda izarte,
cometa de otoño,
sobre los carballos.
Tu corazón es el timón,
tus ojos el velamen,
tus manos van segando el aire.
Pero aquí abajo el juego                                         
se anuda y se desata,
los sueños se entretejen
de anhelos de verano.
La visión del mar
me atrae hacia el poniente.
En un amanecer
de bocas entreabiertas
asoma el rictus de mi alma,
la mueca de una sombra
y del ocaso.
El juego empieza,
arriba                                
Foto Jr Vega /Maqroll
el sueño 
ha comenzado.
Juguemos a que el mundo
despierta otra mañana,
a que no estoy
mientras tú estás ausente.
Juguemos a que todo
fue pasado
pretérito imperfecto,
final de melodía.
Juguemos otra vez
las mismas cartas
para desconocernos,
para saber que abandonaste
la partida,                       
que hay una baza sin jugar,
que ya no quedan parques
donde esconderse,
que el sueño despertó
del sueño.

Madrid,17/11/10                                                             

13 noviembre 2010

MALA SUERTE MARIA

María tenía los ojos del color de la yerba nueva.  Su cuerpo moreno amanecía cuando el sol empezaba a despegar el vapor de la tierra...Y un día tras otro, lo primero que hacía era tejer sus trenzas negras.  Tenía la frente redonda y mestiza, y sus párpados jamás se plegaban detrás de esas pestañas duras que crecían para abajo.  Cumplía doce años algún día de ese diciembre pero no sabía cuál.  Abría la puerta de la tapera y sin salir al rocío le tiraba el maíz a las gallinas.  Miraba al cielo púrpura y sabía.    Sabía todo.  Si llovería. Si tendría que recoger pronto la ropa.  Si podría salir descalza.

Lidija Kristina Klobučar
    En la estancia ya debían estar los hombres alrededor del fogón, en la matera.  Los primeros en llegar avivaban un fuego que nunca se extinguía.  Don Cito dejaba bastante brasa para no tener que prenderlo de mañanita.  María esa mañana sangraba.  Su abuela le había avisado que eso iba a pasarle algún día.  A todas las madrecitas les pasaba.  Pero a ella le daba no sé qué  ir así a trabajar.  A ver si todavía le pasaba como a Felisa, la perra del patrón, que iba dejando sus vergüenzas por los rincones de la casa.






   Cuando salió dejó el brasero encendido aunque su abuela aún dormía.  Así podría poner temprano la olla y tener listo el puchero cuando ella regresara para el mediodía.  Ya empezaban a aullar los monos cuando el aire del estero se le antojó más pesado que otros días.  Sentía la humedad y el frío del barro seco en las plantas de los pies y se le enredaba un poco la bolsa entre los pastizales.  Atravesó la ciénaga sin cantar y al abrirse un poco la selva de lapachos y palmeras, se adivinó allá lejos la estancia, tenuemente iluminada.  Un fueguito anunciaba que los gauchos ya estaban mateando.


Fotografia Nicolás Zonvi


   Pasó por al lado del fogón bajando la cabeza, con sus trenzas gruesas y la nuca dividida por una raya despareja.  Don Cito gritaba que no lo dejaran rengo, porque le había tocado sólo un mate, y Aceto encimaba tanto la ronda que la yerba ya se estaba lavando.  Las risas se le clavaron en la espalda cuando llegó a la cocina.  Todos le hacían el artículo de que no había mejor cebadora, porque le pesaba la pava y con el miedo a quemarse le echaba poca agua al cimarrón y entonces el sabor duraba, estiraba la vida de ese jugo polvoriento, caliente y amargo que los mantenía siempre despiertos como un brevaje de gloria.








   Aceto tenía cerca de cincuenta.  Siempre andaba contando las historias de su abuelo, que si era unitario o federal y que había luchado por la independencia.  Por eso a él no le iban a dejar sin la papeleta, decía.  Si el patrón no se la firmaba antes de terminar el año había más estancias en Loreto donde quisieran un capataz bueno para la doma.  Aunque tuviera que andar dos horas a caballo.  Pero él quería llevarse a María.  Le regalaba caramelos, camisetas, pintura de uñas que traía del pueblo para aquerenciarla, y así cuando se tuviera que ir la china quedara prendada.




   Si María le pasaba cerca se le secaba la boca, se le calentaba la sangre como agua quemada.  Ella olía a flor de alfalfa y a laurel, era como una mariposa azul de la tarde.  Entonces él estiraba una pierna en medio de su camino para que viese sus botas de potro y se metía los pulgares dentro de la rastra de plata, con los brazos en jarra, como si fuese a bailar un malambo.  Decían que Aceto había cazado un yacaré y una boa para unos franceses que vinieron a hacer una película y pararon en la estancia.  Tenía fama de usar bien el rebenque y de tener muchos hijos.


Fotografia Nicolás Zonvi


   María se preparaba un tecito de yuyos porque le dolía la barriga.  Las viejas de la casa le decían panza verde porque andaba todo el día haciendo rezongar la bombilla mientras limpiaba.
"Vos te hacés querer haciéndole la comida y poniéndole bien la faja.  Él seguro que no te molesta para nada, solamente cuando necesite un poco de cariño."  Y esas palabras la asqueaban.


   Pero María no se imaginaba con Aceto.  Su padre había muerto joven pero Aceto era más viejo.  "Y si quedás preñada, nena, corteza hervida con orégano y en dos o tres días lo largás todo.  No tengas chicos todavía."  Pero María no se imaginaba con Aceto.  Ella todavía quería correr persiguiendo cuises, tirarle piedras a los loros, esperar a los sábalos en los rincones del río y ver pasar las víboras  para enroscarlas con un palo hacia la orilla.  Nunca, en todos sus once años, le había tenido miedo a las pirañas.
 






07 noviembre 2010

2046 Adagio by Secret Garden

PLAY

Juguemos a que el mundo se despierta
y nadie sabe adónde fue la muerte.
Todos sucumben a la estruendosa vida
que aguarda en los estanques
donde ahogarse es imposible.
Juguemos a que los insensatos sueños son factibles,
y a que la lluvia no cesa ni el sol se pone.
Juguemos a este juego ...





Johnny Depp - Dead Man / David Bowie - Nature Boy

"NO LE DIGAS NADA A NADIE"

"No le digas nada a nadie".  Fue lo último que escuchó al colgar el teléfono.  Le quedaban diez minutos para terminar el desayuno y volar a la oficina.  Si Santa Fe estaba muy cargada ganaría tiempo por Libertador.  El salón estaba ordenado, estaría por llegar Miriam, tenía mucha ropa que lavar.  Miki aún dormía, le iba a dejar en el salón "los mil ladrillos".  Ese juego había dado ya tantas vueltas que no soportaría otra mudanza.  "Que los use, si los pierde los perdió y punto".  Llevaba treinta años dando vueltas por los armarios y Miki se lo pedía cada vez que lo veía.  Si dejaban la casa en un mes había que embalarlo todo y sacar los pasajes sin demoras.  Escuchó las llaves en la puerta.  Desde el balcón vió como la paraguaya se sacaba la campera.  Entró y cerró con fuerza, todavía estaba fresco afuera.  Dejó la taza en la pileta de la cocina y se fue a darle un beso a Miki.
"Chau nena!!".  Salió sin verla, ella estaba ordenando el baño.  En el garage se contaban todos los coches porque nadie en el edificio salía tan temprano.  Cuando se abrió el portón se encontró de frente con el sol que le partió la cabeza, bajó la guantera y se puso las gafas.  Pesado.  Pesado el tráfico.  Pesado el lunes.  Pesado el trámite que tenía que hacer.  El escribano llegaba a las diez asi que primero repasaría unos expedientes.  Ese viaje a París que venía planeando era el punto de goce que le faltaba.  Con una descripción absoluta y rigurosa de todo lo que se llevaría, quedó su agenda abierta sobre la cómoda.
"Merde" pensó. "Si ésta me lo lee se va a dar cuenta de todo".

Cuando entró al despacho sentía la ropa pegada al cuerpo por el sudor, estaba agitada, tenía palpitaciones y se fue a servir un vaso de agua.  Sonó la alarma del móvil.  El teléfono desde el cuál llegaba el mensaje era desconocido pero ponía  "30.000 dólares".  Se quedó vacía, con la mente en blanco, no tenía ni idea de qué se trataba.  Casi al segundo entró otro.  Se veía una foto de Miki sentado en la mesa del comedor, jugando con una pirámide de ladrillitos blancos de plástico.  No estaba asustado, sonreía feliz porque le encantaba ese juego.  Sonó otra vez la alarma: "En dos horas".  No se dió cuenta de que se le habían doblado las piernas y María y Joaquín ya la estaban levantando del suelo.  "Sentate acá" le dijeron.  "Soltame, me tengo que ir".  Ni siquiera vió sus caras, apenas escuchó la voz de María que le gritaba : "Estás loca?".  El banco abría a las diez, se preguntaba cuánto tardarían en acceder a la caja de seguridad, a veces está ajustada para entrar en horas determinadas.  Su auto roncaba cada vez que metía un cambio.  Lo dejó en la puerta, abierto, algo sobre la acera, y entró como una ráfaga.  No supo cómo habló, ni qué dijo, pero al rato el empleado la estaba bajando a la bóveda.  Abrió la caja y metió los fajos de billetes en el bolso.  Salió dejando la llave sobre el mostrador.  Su auto de camino se transformó en la silla eléctrica.  De un frenazo lo montó sobre un cantero de la entrada y se lanzó por las escaleras.  Al abrir la puerta de su casa vió a dos tipos en el salón, tiró el bolso sobre la mesa: "Ahí los tenés".  Abrazó a su hijo y no le importó nada de lo que ocurrió luego.  Vaciaron el bolso y se fueron al terminar la faena.  Ella todavía temblaba, abrazada a Miki, sabiendo que nunca más volvería a ver la cara de esa furiosa ciudad.



JERRY N. UELSMANN


EL NAHUAL

 Esa noche iba a probar por primera vez la ayahuaca.  Las chozas bajas de la pequeña aldea comenzaban a dibujarse entre las sombras y la selva se apretujaba sobre los hombres.  Desde atrás de la iglesia me llegaba aún el resuello de las cabras dando golpes antes de echarse.  Los indígenas se habían retirado al descanso después de la última oración, pero quedaba algún monje rondando las murallas, rezando.  Nadie sabía que yo esperaba agazapado en la oscuridad al chamán.  Nadie sabía que el chamán todavía ejercía sus oscuras prácticas conmigo.  Estaba prohibido utilizar la magia.  Por la gracia de Dios el animal humano había sido elevado a un estado de conciencia que sólo le permitía trabajar y orar.   Y sólo a veces, para conveniencia de la Corona, reproducirse.  Pero esa noche el animal humano volvería a despertar aquel instinto primero que lo dominaba desde otras eras y del que no podía renegar.

FOTO GABRIEL CORREIA

 Yo todavía llevaba puesto el hábito y el cordel del sayo se me enredaba en las piernas, dobladas en cuclillas.  Una mano tocó mi hombro y supe que había llegado la hora.  Me levanté entumecido para seguirlo a través de la selva, soportando los calambres que iban entorpeciendo algunos de mis pasos.  Mi cerebro latía con furia y el temor me abrazaba pero no quería soltarlo, me hacía sentir excitado y poderoso.  Era mayor el ansia que mi piedad.  Años antes en el monasterio había sentido por primera vez algo parecido.  Cuando me sometí al ayuno y a la penitencia, me había puesto de pie a las puertas de algo que cambiaría para siempre mi vida.  Cuando la flagelación, el ayuno y la oscuridad hicieron mella en mí, las alucinaciones se transformaron en mi alimento.  Después de todos esos años en la selva quería volver a experimentarlo, la apertura total de la conciencia y el conocimiento, el poder sobre la muerte.  El brujo me había convencido de intentarlo, lo que me iba a suceder era endemoniado y prohibido, iba contra mi fe y contra las reglas.  Yo intuía en las imágenes los caprichos de mi voluntad, pero no era capaz de ver el universo tan claramente como si fuera Cristo en el desierto.  La mente se extendía sobre todas las cosas y éstas iban robándole la vida en trozos a mi cadaver.

 El chamán entró en la cueva y comenzó a preparar el fuego.  Me senté junto a él mientras manipulaba el mortero.  Sus dedos viejos cortaron los hongos con facilidad.  Su voz de compases graves me llevó poco a poco a la inconsciencia junto con el brevaje, y cabalgando sobre esa letanía fuí chocando contra las paredes de mi cuerpo hasta que desaparecieron sus bordes.  Entonces fui puma jadeante frente al brujo.  Con la mirada amarilla clavada en el otro.  Fija en el pecho del anciano.  Mis fauces de arena ansiaban desgarrar su carne.  El brujo dibujó un círculo en el aire y yo salté a través de él, huyendo libre por la espesura.
 El nahual pasaba por entre las ramas apenas sin tocarlas y un vencido indomable se atragantaba dentro mío.  Yo era el nahual.  No había hacia donde correr, el cerco de la selva lo abarcaba todo.  Los indios y los monjes dormían.  Todas las formas se disolvían en el movimiento ondulante de mis pupilas.
 En el calendario sagrado esa noche era sacramental, el momento único, la repetición de un ritual del macrocosmos.  No había dioses, ni cruces, ni rezos, ni evangelios.  La noche se tragaba las lunas, los eclipses y el sonido animal de mi respiración me empujaba hacia adelante.

FOTO AFRIKITA PEREZ 

 Merodeé la aldea con las orejas erguidas y sensibles, nada me parecía vivo.  Mis sentidos me otorgaban paraísos e infiernos de acuerdo a una justicia que no era de este mundo.  Fue en ese instante que escuché el sonido hueco del cencerro.  Mi sangre y mi olfato sabían cómo hallarla.  Bordeando las paredes de piedra de la iglesia encontré el pequeño establo.  Me abalancé hambriento sobre ellas.  Sentí debajo de mí cuerpo, el cuerpo caliente del animal.  Un deseo sexual atravesó mi columna y desgarré su cuello.  El rojo manchaba la piel clara de mi presa bajo el indiferente resplandor de las estrellas.  En ese minuto bestial y orgásmico aparecieron ante mí dos inquisidores.  Un indio y un monje me cerraban el paso.  Mi espectro danzaba trazando una línea recta frente a los dos cuerpos.  El hombre y el animal convivían dentro de mi horrible y hermoso mundo preguntándose a cuál atacar primero. Ante el puma, la destreza del indio se mostraba innata y ancestral.  El monje era un desecho de carne más junto a la cabra.  Salté sobre el hombre, sentí sus barbas volviéndose pegajosas y sus piernas temblando con los estertores de la muerte.  Las manos ocres del aborígen intentaron apartarme de la víctima del sacrificio, que aún permanecía sentada con las piernas cruzadas junto al chamán frente al fuego.  El indio se agarraba a mi piel y tiraba por mi cuerpo para apartarme de su pecho.  Mis colmillos alcanzaron por fin su corazón atravesando el grueso tejido de su hábito.  Y devoré sus dudas, sus secretos más profundos, sus oscuros pecados y sus entrañas en una bocanada de realidades.  Cesó la lucha.  El cuerpo exhausto del chamán quedó tendido boca abajo.  Mi espíritu por fin era libre.  Y él cavaría mi tumba.

John Mayall, The Bluesbreakers - Sensitive Kind