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07 mayo 2011

MARGARITA



MARGARITA

Cierta vez, cuando viví esos años en México, conocí a Teodoro y a su padre.  Cuanto más dormía, más creía que era posible contar alguna vez esta historia a otra persona.  Luego, cuando despertaba, las palabras se desorganizaban de nuevo en mi mano, porque la historia de Teodoro y su padre era una historia no para ser vivida sino para ser soñada. 
Cantaba yo por entonces en un coro en el que Teodoro era tenor solista, su voz era de una infinita distancia con este mundo terreno.  Era una voz que emergía desde las profundidades de su estómago, pero este parecía haber sido depositado en las alturas.  A mí nunca me había gustado su aspecto tan pulcro y formal hasta que lo escuché cantar.  Cuando cantaba se transformaba en un fauno moreno que, vestido de oscuro, era tragado por la penumbra del templo y sólo su poderosa voz emergía como un oráculo desde las sombras.  Hipnótica entre sus blancos dientes, su lengua lucía tan roja como la imagen del corazón de Jesús.  Y también me resultaban inquietantes sus manos, finas, delgadas, musicales.  Pintando siempre cuadros religiosos y acariciando amorosamente mis hombros y mi espalda mientras entonábamos “Hosanna en el cielo”.  Su padre, desde el altar, convertía en liturgia la lectura de los salmos y las jaculatorias.
Así transcurría nuestro noviazgo mientras yo preparaba una tesis sobre Civilizaciones del Yucatán.


Yo vivía en una casa pequeña pero muy bonita, con amplias galerías y a veces en exceso luminosa.  Ellos habitaban una casa muy grande y muy húmeda, cubierta por los helechos y las árboles frutales.  Sólo un salón donde estaba el piano y el atellier de Teodoro recibían de pleno la luz natural.  Pasaba muchas horas con ellos, leyéndoles, organizándoles la agenda del personal de servicio, acompañándoles a los actos sociales.  Y a pesar de desenvolverse la vida con una rutinaria normalidad, el día de los muertos era invitada como un verdadero honor a compartir la cena con ellos.  Esa noche se abría una puerta al más allá que nos separaba, poniendo por ocho días las cosas en su sitio.  Cuando llegaba la hora yo me presentaba con mis mejores galas y nos sentábamos los cuatro a la mesa: Teodoro, su padre, yo y la Difunta.  Su presencia era tan persistente como el olor de la ruda por todos los rincones.  La casa se llenaba de velas y de candilejas azules y ocres.  Entonces le poníamos balché y jícama y yo le agregaba pastillas para dormir a la muerta, así no descubría que la que estaba viva era yo.  Y le preparábamos dulce de papaya y atole nuevo y tamales de espelón para que comiera con nosotros.  Pero yo deseaba que se estuviera calladita. 
A mí realmente no me importaba otra cosa que acabar mi tesis y asistía a todos estos sucesivos juegos porque les había tomado cariño y porque estábamos solos.  Así que me sentaba allí una vez al año para ser presentada en sociedad a mi futura suegra, que nunca se metería en mi fiesta de boda, ni en mi ajuar, ni opinaría sobre cuando habrían de venir los nietos, sólo se tomaría el chocolate y se comería el pan de muerto sin decirme una palabra.  


  

Pero yo sentía que su aprobación o su disgusto flotaban en el aire, cargado de resplandores y de olores cada noche de muertos.  Desde sus fotos, enmarcadas como cuadros y puestas sobre altares por toda la casa, me observaba con sus distintos estados de ánimo.  Al pasar frente a la cocina me sonreía franca y juvenil desde una playa.  En el pasillo al salón me miraba desde lo alto de una pirámide escudriñándome como si fuera a robarme algo.  En la cabecera de la mesa nos bendecía con un amor desinteresado y más allá de lo humano.
Quizás en esos cuatro años conocí más a los muertos que a los vivos.  Margarita parecía decidir mi futuro de una manera dramática.  Yo me anudaba una cinta negra en la muñeca como le hacían a los niños, para que no me llevara.  Ellos decían que venía unos días antes de la ceremonia para lavar sus ropas y acicalarse para el homenaje.  Hay mecanismos extraños que determinan el destino de las personas.  Aunque entre esos mecanismos debe contarse el azar, la vida no es exactamente una ruleta.  Y si un fantasma mueve los acontecimientos como un jugador sus piezas de ajedrez, entonces el destino se vuelve infinitamente menos intrigante.  Cuando sus elecciones, aún sin ser las esperadas, van cambiando circunstancias y consecuencias como los colores de un cuadro.

A lo largo de un año mi presencia se volvió insustituible, como una hija más, como una madre, una esposa solícita, una amiga, una amante.  Sólo dejaba a Teodoro y su padre para trabajar en mi tesis y que ellos se reconciliaran con sus neurosis.   Uno se encerraba a pintar iconos, ensayando cantatas y salmos.  El otro buscaba en sus amigos de sociedad actividades bendecidas por el cura párroco.
Y luego de un año llegaba noviembre.   Y  otra vez la noche de difuntos bebiendo balché.   Y de nuevo el suspense se cernía sobre los comensales.   Porque quien ha estado fuera un año, no siempre aprueba lo que ocurrió en su ausencia.


01 mayo 2011

Jaime Urrutia y Bunbury - El Calor del amor en un bar

EL CAZADOR

Margarita Georgiadis

El sótano era profundo, húmedo, silencioso. Cada vez que emergía de aquellas escaleras metálicas sentía un golpe helado en su nuca. Se extendía por debajo de la casa lleno de laberintos y falsas puertas en toda su dimensión. Era raro que Él se quedara a dormir en la casa del bosque. La oscuridad que provocaban los árboles casi pegados a los muros podía ser oportuna pero también desagradable. Siempre prefirió los espacios abiertos para evitar múltiples posibilidades de fuga. Echó la llave a todos los cerrojos y subió a su avioneta después de cerciorarse de que todas las puertas y ventanas estaban bloqueadas. Era guapo, corpulento, seductor, olía a colonias caras y siempre iba bien afeitado. Puso en marcha los motores para regresar a la civilización y mientras giraban debajo los quinientos metros de tejados, las espirales del bosque se los iban tragando. Pensó que en poco más de media hora estaría en su oficina preparando el próximo fin de semana.

Ella esperaba el ascensor y tuvo la sensación de que alguien estaba a sus espaldas, sintió que quien miraba su trasero también la estaba oliendo como un animal. Permaneció inmóvil, algo excitada, conteniendo la respiración hasta que se abrieron las puertas. Se relajó al ver por el espejo al hombre impecable, vestido con elegancia que estaba detrás de Ella y que la empujaba con el roce de su cuerpo. Apretó involuntariamente los glúteos debajo del vestido y un escalofrío pareció advertirle que en ese punto todo alrededor había cambiado.   Su tímida percepción del éxito la hizo sonreír despreocupada aunque con cierto malestar de estómago.  Y aquel hombre estimulante en tres o cuatro frases ya le había propuesto una cita.
La noche anterior Ella había decidido no volver al Wild Cherry.  No era el tipo de bar donde encontraría lo que buscaba. No todo le valía. Ya no quería frecuentar habitaciones hechas de tableros fenólicos y moquetas flocadas. Quería lo que querían todas las mujeres, despertar en una cama blanda, blanca, limpia y luminosa.
En el coqueteo de los primeros dos días comenzó la danza de la sincronicidad, exponiendo diversas afinidades y planes. Entonces al tercer día llegó el golpe de efecto: “Te gustaría volar en mi avioneta?”. Ninguna chica se resistía a esa pregunta, aunque algo parecido al pánico acechase detrás de la oferta. El vuelo siempre era fantástico y la llegada a la casa impactante.
Ella esperó con ansias el fin de semana. El viernes la pasó a buscar por su casa y llegaron al aeródromo. Los preparativos desbordaban la excitación de ambos. Cada uno tenía sus planes meticulosamente soñados, dentro de todas las realidades que se presentaban como posibles. Ella se sentía poderosa y desvalida a la vez. Él sólo sentía la pulsión de adrenalina en sus sienes.  Al llegar a la casa los juegos se precipitaron, dejando poco sitio para las palabras. Él la rodeó con los brazos y la desnudó con extremo cuidado.   La volteó de espaldas y tal como hizo en el ascensor, la  empujó con la sutileza de una sombra hasta el inmenso ventanal que daba al bosque. Lo abrió mientras ponía la boca en su cuello y metiendo la lengua en su oreja le susurró: “Ahora corre hasta que yo te alcance”.



27 abril 2011

Mal bicho Letra - Los fabulosos cadillacs

MAL BICHO

Todo tiene truco. Se sentó bajó la noche caliente y húmeda, confundido. Mintió tantas veces para disimular que era a él a quién buscaban. Los foguetes de Vista Alegre cada vez que tronaban lo descomponían un poco más, estaba todo rojo y sudaba como cuando se subía a un avión y empezaba a retorcer las manos y pasárselas por los muslos una y otra vez. Lo habían descubierto, mentía. Tendría que decir cualquier cosa que justificara sus escapadas al monte a media noche, porque después de la primera mentira se descubren todas. 
 Se había estado escondiendo detrás de la intimidación y el acoso, presionando, asustando, amenazando, pero ahora él era el acorralado. Había revisado todos los archivos y todos los papeles buscando cualquier cosa que pudiera implicarle y nada. Sabía que existía una inexplicable sospecha. Lo sabía porque ella era mujer, de las que no respetaba los códigos de servilismo, detestaba el doble discurso del obsecuente. Precisamente en el vientre de los sepulcros habitaban esta clase de mujeres, de las que pueden hablar en voz alta. Fingió ser generoso y amable durante una temporada y le pidió favores, datos, información, fingió pedir ayuda. Le pidió dinero prestado. 
 Pero esa noche tenía en las manos el arma limpia, sin una sola huella. Se había deshecho de cualquier evidencia de encuentro, había preparado perfectamente la coartada. Y pensando otra vez en ella se rascó ferozmente con las uñas negras todavía llenas de tierra.  



24 abril 2011

LA MADRE DE ANTONIETA




Faltaba apenas un lustro para liquidar el siglo diecinueve cuando Buenos Aires ya tenía en funcionamiento el primer tranvía eléctrico. Y para mediados de los cuarenta del nuevo siglo la ciudad ya crecía a un ritmo febril. La terminal de Palermo que era la antigua Plaza de los Portones, se llamaba ahora Plaza Italia donde estaba el monumento a Giuseppe Garibaldi. Ahí comenzaba hacia el río de la Plata el parque 3 de Febrero, en los terrenos donde Sarmiento había planificado el jardín zoológico y el botánico; muy cerca de lo que había sido la estancia de su enemigo, el caudillo federal. La Plaza Italia, como un altar de sacrificios de razas y nacionalidades, terminal del tramway, el sitio por el que pasaban lavanderas, planchadoras, amas de leche, limpiadoras, fruteras, entre las que también caminaba Angelita, única hija de inmigrantes italianos dueños de un puesto de verduras en el mercado. 




 Era por entonces una mujer de exquisita fealdad, tenía esos ojos hundidos e inmensos, de párpados anchos como para escribir en ellos, la frente con curvatura de bóveda y extensa hacia atrás, el cuello largo y la boca pequeña dentro de una cara estrecha y huesuda. En su juventud había sido muy atractiva, sin embargo ahora tenía una vejez en la que solo resplandecía su belleza interior. Sus manos se habían doblado por la artritis y sus uñas eran gruesas, duras y descuidadas como caparazones. Pero su rostro áspero todavía daba esos besos cálidos que sólo las madres saben dar.
Cuando se casó con Hipólito se mudaron a una habitación en la primera planta de una casa chorizo que había comprado una gallega. Hipólito era guarda en el tramway, por eso todas las mañanas llegaba primero, caminando ya uniformado hacia la terminal.




En la casa de inquilinos tenían derecho a un baño donde la ducha funcionaba con azul alcohol de quemar. Había una cocina a leña o a querosene por habitación pero el baño era compartido. Para ellos era casi un departamento, la pieza estaba en una pequeña terraza y se podía ver todo el patio desde la baranda, que por las tardes servía de balcón. 
En esa habitación transcurrió toda su vida. Había una cama de una plaza y media donde cabían dos personas no muy holgadamente, dos mesas de luz, un ropero, una alacena donde guardaban la escasa vajilla, una mesa de apenas un metro cuadrado, dos sillas thonet y un banquito. Una pequeña ventana daba a la milimétrica cocina que no era más que un portón de madera para evitar la lluvia sobre cuatro azulejos, un tiraje y una encimera de cemento donde se apoyaba el calentador Bram Metal de bronce que en los días de invierno también servía de estufa.

FOTO ADRIANA LESTIDO



Allí nació Antonieta que vivió y creció como los demás niños de la casa, que también dormían en un sofá cama. Todos iban al colegio municipal, cuando eran muy pequeños se turnaban para llevarlos pero al cumplir diez años los mayores empezaban a ir solos. Una vez al año llegaba al barrio la Gran Exposición Rural, una feria del campo que se hacía a la vuelta de la casa, en unos terrenos poblados de enormes pabellones con el nombre de familias aristocráticas, donde los estancieros traían su ganadería para exhibirla en enormes establos y participar de los grandes premios y los remates. 




Venían los gauchos, paseaban con sus botas de carpincho, sus rastas de plata y sus facones como si fueran los hacendados, pero en el campo andaban en patas y dormían ahí entre las vacas, sobre los fardos de alfalfa. Entonces el aire se hacia espeso y la casa rezumaba por sus paredes olor a bosta y a arroz con leche. Una vez al día iban al ordeñe y volvían con baldes o damajuanas de litros.  Así que había que hervir, colar, sacar la nata, y aparecían esas enormes fuentes blancas por todas las cocinas, cubiertas de una costra de canela y flotando las cáscaras de limón en sus esquinas. Ese era uno de los días en que Angelita preparaba los niños envueltos, bien apretados con escarbadientes y guisados en salsa de tomate hasta casi deshacerse. Para Antonieta era su día de fiesta que superaba cualquier otro agasajo a pesar de que nunca tuvo demasiados juguetes, guardaba bolsas inmensas de tatuajes del pájaro loco que venían en los chicles de banana y toneladas de muñequitos de plástico que traían los chocolatines sorpresa Jack. Le costó años deshacerse de ellos, pero no había sitio para tesoros. Hipólito murió muy jóven, así que pronto Antonieta abandonó el sofá y durmió con su madre hasta que apareció el Ministro.





Angelita se preguntaba con qué había llenado su vida que parecía tan extensa, entre las mismas cuatro paredes, haciendo su arroz con leche y zurciendo medias. Todo lo que se preguntaba por las noches sobre el pasado quedaba borrado en el café con leche de las mañanas o se consumían sus pensamientos en el fuego de las ventosas que le aplicaban cuando le dolía la espalda. No era capaz de recordar nada. Nunca discutió ni reprochó lo que le tocaba. Aceptaba el bien y el mal como venían y siempre hizo lo mejor que pudo. Soñaba con todo lo que había logrado que era muy poco y con todo lo que iba a lograr en el tiempo que le quedaba. La idea de la muerte no le resultaba dolorosa, había padecido amargas semanas y ya estaba cansada. Últimamente se preguntaba si había una relación entre la manera en que una persona vive y la manera en que muere. La distancia entre sus metas había sido tan corta y el tiempo para alcanzarlas se había hecho tan largo que morir se le hacía fácil.
En cambio para Antonieta morir era un absurdo. No en el sentido metafísico, pues ella jamás se planteaba ningún sentido para las cosas, era orgánica, visceral. Sus respuestas eran instintivas, meras invenciones, fantasías o especulaciones producto de la facilidad con que daba rienda suelta a sus impulsos primarios de vivir o morir. Por la misma razón absurda que se suicidaría sin pensarlo, en ella siempre muerto un deseo aparecía inmediatamente el gérmen de otro, así que era el deseo lo que la mantenía viva y no el instinto de supervivencia.


FOTO ADRIANA LESTIDO


Mientras su madre agonizaba en la cama del hospital, Antonieta esperaba dentro del baño a que el médico terminara la ronda de visitas. No quería que su madre la viera sufrir, no quería verse sufrir a sí misma. Era su manera de seguir conectada a la vida, de darle sentido, de impedir que de pronto se transformara en un drama. Su deseo de amor siempre superaba su deseo de muerte y esa era la peor forma de soledad.
Angelita sólo respiraba por Antonieta, incluso después de aparecer el Ministro. Él vivía en la casa de en frente, era casado y tenía cuatro hijos, y era ya un muchacho cuando Hipólito y ella se mudaron al barrio. Jamás le dijo una sola palabra ni le hizo el menor reproche a su hija. Aunque todos los vecinos lo sabían sólo se comentaba en los sitios y momentos oportunos. Ahora que se moría solo deseaba que Antonieta no sintiera la mínima culpa. Ella padecía otra soledad, la auténtica soledad del que ama.
Y Antonieta gemía de placer, de compasión y de venganza mientras hacía el amor sobre el inodoro para que su madre se muriera tranquila. Para que no pensara que ella iba a sufrir, que iba a quedarse sola o con el Ministro que era lo mismo, para que pudiera irse en paz a la otra vida. Así, con la incerteza de que el amor tarde o temprano nos encuentra.
El pequeño mundo que rodeaba a Angelita se había desvanecido para siempre, y parecía llevárselo el vapor de aquella tarde fogosa en Buenos Aires, mientras los ventiladores de la casa velatoria empujaban hacia la calle nuestras carcajadas y Antonieta se dejaba caer en los brazos de un hombre sin pantalones.




14 abril 2011

LA HERMOSA MATILDE

MATILDE SE ENJUAGABA EL PELO TODOS LOS DIAS CON INFUSIÓN DE  MANSANILLA PORQUE HABRÍA QUERIDO SER RUVIA TODA LA BIDA.
TENÍA UN CUERPO ESBELTO, AUSTERO Y NADA LLAMATIVO, Y  AÚN CONSERBABA PARTE DE SU MUSCULATURA A PESAR DEL ROHYPNOL.  HABIA SIDO TAN PROSTITUÍDA COMO ERMOSA.  LE HABÍAN DADO TANTAS OPORTUNIDADES DE SER NADIE QUE SE HABIA OLVIDADO HASTA DE SU APELLIDO.
NO TENIA NINGUNA ESPERANSA DE RECUPERAR NI EL TIEMPO NI LA CORDURA, Y ADEMÁS EN CUANTO EL TIEMPO SE LE ESCURRÍA, SÓLO LA IDEA DE DORMIR LA TRANQUILISAVA.  ASI ENGENDRABA UNA SERPIENTE EN ESPIRAL QUE SE LA DEVORAVA POCO A POCO, DESDE LOS PÁRPADOS HASTA LOS PIES ESCUÁLIDOS, ATRAPÁNDOLA EN LAS REDES DE SU MELENA COLOR UEVO.
ERA RITUAL Y ONÍRICO, COMO SE SENTABA EN LA VAÑERA Y ABRÍA LAS PIERNAS DESNUDAS CON LA CAVESA HACIA ADELANTE.  ENTONCES BOLCABA ESA PÓSIMA, UNA TURBIA COLASIÓN QUE DEJAVA ESE COLOR DECADENTE EN SUS RISOS INTACTOS DE LA NIÑA QUE HABÍA SIDO.  CUANDO COSINAVA  LAS TRES COSAS QUE SOLÍA HACER, SE ENVOLVÍA LA CABEZA EN UNA TOALLA  PARA QUE EL PELO NO LE OLIERA.  POR TRES SALCHICHAS Y ALGÚN CALDO NO IBA A DEJARSE PERFUMAR LAS OBSESIONES.
TUVO DOS IJOS COMO DOS APÉNDICES EXTIRPADOS.  NADA LA UNIÓ A ELLOS. QUISÁS DE VES EN CUANDO ALGÚN ESCÁNDALO CON  EL ENCARGO DE CONSEGUIRLE MAS PASTILLAS.  


ESE PUTO MUNDO DE AHI AFUERA NO LE HABIA DADO NADA.  NI PADRES DIGNOS, NI COLEJIO, NI  MÉDICO NI CURA PARA LAS BIOLACIONES CONSENTIDAS.
COMO UN  FABOR RECÍPROCO HACIA ESA BIDA ASQUEROSA, SE DEDICÓ  A ESPERAR QUE ESOS DOS NIÑOS SIN PADRE ALCANSARAN LA EDAD SUFISIENTE  PARA TRAERLE LO QUE LES PIDIERA.  SU MADRE DE PEQUEÑA SIEMPRE LE DECÍA: "MATILDE ...ES MEJOR CRIAR SERDOS QUE IIJOS... AL MENOS TE LOS COMES"
LA BERDAD NO RECORDAVA SI ALGUNA VEZ ELLA LES HABÍA REPETIDO  LO MISMO A LOS SUYOS COMO ESOS LÁTIGOS QUE VAN PASANDO DE MANO EN MANO.  SIMPLEMENTE UN DIA YA NO BOLVIERON.  HABRÍAN PREFERIDO ROVAR PARA ELLOS MISMOS.  O NO QUISIERON OLER MÁS ESE ÁSIDO OLOR A CAMOMILLA, A MATRICARIA SECA, COMO SUS OVARIOS DESFLORESIDOS. TAMPOCO ABRÍAN VUELTO A LAS BIAS DEL TREN.  EN LA ÚLTIMA APUESTA,   EL NEGRO TARTA SE QUEDÓ SIN PIERNA, Y TODO POR OTROS 20 PESOS.  ELLOS ALGO LA QUERÍAN A MATILDE...PERO TAL VEZ QUISIERAN MÁS A SUS PIERNAS.
SE FUERON SIN DESIRLE NADA.  MATILDE  PASÓ UNOS DIAS SIN COMER Y SIN LEBANTARSE DE LA CAMA.  CUANDO SE LE ACAVÓ EL ROHYPNOL CREYÓ QUE IBA SIENDO HORA DE CORTARSE EL PELO. Y POR AHÍ EMPESÓ.

Y SI TODABÍA NO ENCONTRASTE UN FONTANERO TE VAS A LA PUTA MADRE QUE TE PARIÓ

05 abril 2011

LA MAMA VIEJA




Con mayor frecuencia y mayor premura que la deseada, descubrimos que nada es como fue la primera vez.  Tita pronto cumpliría ochenta años y se sabía de memoria todos los guiones porque había visto las mismas películas muchas veces. Adoraba esos diálogos que se repiten como un déjà vu porque jugaba a improvisar sus bandas sonoras.  Fantaseaba con sus divas del cine.  Le gustaba con diferencia emular a Gene Tierney, tan sofisticada y bella.  Ensayaba sus gestos distinguidos y el aplomo de su cabeza frente al empañado espejo del baño, mientras se calzaba la abultada pollera roja y candombeaba unos pasos enclenques antes de salir para el corso.  Durante todo el año se reunía la murga, un grupo de sexagenarios en el que ninguno tenía las piernas ágiles de Tita.  Al terminar los ensayos, a veces, se quedaba a comer unas pizzas en casa del Gramillero.  Eran una pareja casi obligada por sus personajes murgueros, ella era la Mama Vieja.




Tanto en el candombe como en la vida, porque Tita era negra y la Mama Vieja representaba la dignidad de las mujeres negras y su bondadosa alma abnegada, bailando con orgullo poniendo siempre la cabeza alta.  El Gramillero era Cosme, se pegoteaba con un pastiche su barba de algodón y al bailar cargaba el maletín de yuyos con una mano y el bastón en la otra. Cosme no era negro, había quedado muchas generaciones atrás el último mulato, asi que practicamente la suya se habia blanqueado, pero en cuanto empezaba la cuerda de tambores, entre el chico y el repique la sangre se le volvía negra.  Tita, quizás por ser mayor que él, sabía muy bien qué frase soltar cuando quería que la invitaran al cine o la acompañasen al médico.  Había adquirido de su gata la singular destreza de obtener compañía siempre que se presentase la ocasión.



Todo podría haber sido perfecto salvo por la circunstancia de que a Tita la habían trasplantado, no de un órgano sino de toda una geografía.  A los treinta, cuando trabajaba de criada, había conocido a un hombre que le prometió que nunca más volvería a preocuparse por nada y había cumplido con creces.  La sacó de una ciudad vertiginosa, de un lupanar de subterráneos, colectivos y vendedores ambulantes para llevarla a un pueblo, a un barrio de un pueblo, en el que conocía a todo el mundo pero no podía contarle su vida a nadie, de tan larga y aburrida que era.  Y a Cosme, que era veinte años más jóven que ella,  le quedaba un suspiro en este mundo.
Así que se juró que ese febrero sería el último carnaval.  No tenía a nadie.  Le pareció que lo más duro que había hecho en todos estos años había sido ir tachando de uno en uno los nombres de su agenda.  Cerca del final, su único encuentro apasionado era con los recuerdos que se metían en su cama y la abordaban musitando nombres propios, para no dejarla dormir sola, ni con pastillas ni con valerianas.




Era joven cuando se casó con aquel hombre capaz de amarla hasta la impotencia, un hombre que jamás había usado una palabra inconveniente, ni había reparado en otra mujer que no fuese Tita, a quien ese amor indisputable y axiomático la ponía enferma, la dejaba moribunda, sin ansias de respirar, al borde del aburrimiento y la apatía.
El pobre Víctor amaba como ama un santo, con inapropiada devoción como para arrugar las sábanas, como aman algunos hombres a su madre.  Amaba con una bondad tan extenuante que Tita comprendía, no solo que ella no merecía ese amor sino que jamás desearía obtenerlo, porque era un amor tan grande que se bastaba a sí mismo y envuelto en esa inanición no percibía ni la indiferencia.
Así que cuando Tita finalmente quedó viuda, descubrió que existían los deseos y las fantasías.  Lo que le pasaba a Tita es que nadie la necesitaba nunca, nadie la había necesitado realmente.  
Sin pensar siquiera en cuánto tiempo podría quedarle al Gramillero, rompió una hucha que había remendado varias veces en la que estuvo guardando vueltos y sueños, y contó.  Había de sobra.  Así que se fué a una agencia de viajes y compró un tour completo para dos personas a la Patagonia.  Era su último sueño pero el más esperado, era la primera vez de algo por fin, por primera vez en años.
Fugitivos de sí mismos en diez exultantes días escaparon de una vejez que detenía el paso.  Antes de regresar, la última tarde, se tomaron un whisky escocés frente al glaciar, como lo sirven en el barco del fin del mundo, con esos cubitos de hielo prehistóricos que sacan del agua helada, envueltos los dos en la misma frazada mientras se les congelaban los mocos y los minutos de vida que quedaran.




25 marzo 2011

ADIOS BUENOS AIRES



Rumor de verano en las esquinas
vaivén de baldosas flojas
sonidos perfectos y esperados
que pueblan mi memoria.
Los gestos familiares que atraviesan
en un relámpago las fotografías.
Camino libre sin itinerario
las gentes por las calles
van y vienen de a cientos
como hormigas
entre autos,
colectivos, bicicletas
bendiciendo los últimos
calores de la tarde.
Tres o cuatro se suman
a la mesa de un café
y dos se abrazan
sellando un reencuentro.
Camino y contamino mis recuerdos
uno por uno,
la singularidad del éxodo
que nos vuelve a casi todos
como recién llegados
o partidos por el medio,
ya no tenemos barrios ni vecinos.

Ligeras mis alas
van buscando vuelo.
Dejé el corazón,
ahogado en marrón
de un río de barro.

Volví a darle cuerda
a esa vieja botella
donde la bailarina
bajo nieve dorada
danza infinitamente
el Danubio Azul
sobre su caja de música.

ADIOS BUENOS AIRES

Entrecerré mis ojos
demasiado cargados
por el resplandor de las alas.
En medio de las cuadrículas grises
y el Riachuelo
deposité el corazón
envuelto en azul y azufre.
Sobre la inmensidad marrón
de un río aceitoso
bajo mi vuelo
le dí cuerda a esa vieja botella
donde se ahoga una bailarina
entre la lluvia de pan de oro
que al ritmo del Danubio Azul
gira infinitamente sobre su caja de música.

27 febrero 2011

MADONNA

EDVARD MUNCH  1894
SI DIOS FUERA UNA MUJER

¿Y si Dios fuera una mujer?
Juan Gelman


¿y si dios fuera mujer?
pregunta juan sin inmutarse

vaya vaya si dios fuera mujer
es posible que agnósticos y ateos
no dijéramos no con la cabeza
y dijéramos sí con las entrañas

tal vez nos acercáramos a su divina
desnudez
para besar sus pies no de bronce
su pubis no de piedra
sus pechos no de mármol
sus labios no de yeso

si dios fuera mujer la abrazaríamos
para arrancarla de su lontananza
y no habría que jurar
hasta que la muerte nos separe
ya que sería inmortal por antonomasia
y en vez de transmitirnos sida o pánico
nos contagiaría su inmortalidad

si dios fuera mujer no se instalaría
lejana en el reino de los cielos
sino que nos aguardaría en el zaguán del
infierno
con sus brazos no cerrados
su rosa no de plástico
y su amor no de ángeles

ay dios mío dios mío
si hasta siempre y desde siempre
fueras una mujer
qué lindo escándalo sería
qué venturosa espléndida imposible
prodigiosa blasfemia

Mario Benedetti

26 febrero 2011

A MARQUESIÑA


     

              A Marquesiña temblaba con sólo recordar como  A Marquesa se quitaba el anillo. Tres dedos flacos ceñían su anular por la base para desnudarlo de un pedrolo que podía dejar alguna huella.  Solamente le pegaba con la mano del revés y sus nudillos eran gruesos como nueces.   A Marquesa era una mujer de peinados altos, voluptuosos y pomposas faldas.   Siempre parecía irritarse con su proximidad y giraba la cabeza soslayándola, frunciendo el ceño como si estuviese oliendo a establo.  En casa de A Marquesiña no había agua, así que cuando llegaba al Pazo por las mañanas todavía no se había lavado las manos.  Pero su naríz... Su naríz aún estaba impregnada por los narcisos y las amapolas de los pechos de  A Marquesa Lo primero era preparar el desayuno y luego limpiar uno por uno todos los crucifijos del Pazo.  Una de las principales excusas para el castigo eran las telarañas.  Así que cuando sucedía algo inesperado que podía quebrar esa rutina profiláctica  A Marquesiña  en seguida reconocía esa mirada.  Una mezcla de amenaza y placer que le traía de inmediato a su mente  el anillo.

22 febrero 2011

LA MUJER BORRADA

    
     El amanecer le traía con la primera luz el angustioso roce de las sábanas sobre el muñón cicatrizado.  Podía ocurrir en cualquier momento mientras dormía, no tenía aviso ni presagios, tan sólo despertaba cualquier mañana y le faltaba un dedo, o una oreja, incluso una teta. 
     Esta vez pensó inmediatamente que tendría que levantarse con muletas.  Siempre las dejaba por si acaso al lado de la cama.  Se sentó y apartó las mantas.  Ahí estaba, perfecta y redondeada la rótula.  Media pierna menos. 
     Así que esperó, como hacía habitualmente durante unos minutos, a que el bálsamo de la resignación cayera sobre ella y le permitiera seguir andando mientras mecánicamente al menos le fuera posible.

19 febrero 2011

ANTONIETA Y EL MINISTRO



     Antonieta era de esas mujeres cuya capacidad histriónica estaba profundamente ligada a la atención que le dispensaba su público.  Jamás se preguntaba cuál era el papel que debía interpretar para los próximos minutos, eso ni se le cruzaba por la cabeza.  Tenía un don innato, una fuerza, un fuego interior que la derretía y la transformaba alquímicamente en cualquier cosa, la ponía lo mismo en trance que en éxtasis.  La tarde que murió su madre estabamos todos encerrados en una viciada habitación oscura, donde apenas resistían los pabilos por la falta de oxígeno que provocaban las flores. 

     Como si hubiese caído presa de un espíritu que la poseía gritó: "Bueno, yo no quiero que ésto parezca un velorio, así que ahora todos a contar chistes!!!!"  Y soltó una carcajada histérica que nos empujó a cometer la forzada escenificación de un burdel en medio de una sala mortuoria.  Es bien sabido que el humor y la muerte mal se llevan, pero en ocasiones hay un insano placer en presentarlos.  Al cabo de dos horas estaba a las puertas del velatorio una patrulla policial pidiendo que guardáramos el orden y el decoro, pues los deudos del finado del piso de arriba se quejaban de nuestras risotadas. 

     Pero Antonieta igual que hizo aquello podría haber hecho cualquier otra cosa, podría haber estado esas dos horas tirada sobre el féretro abierto, abrazando en medio de un mar de llanto los despojos de su madre muerta.  Y a pesar de todo esa tarde en medio de las caras largas que sobrevinieron a las risas, a pesar de las enormes coronas que impedían el paso atravesadas por lazos que rezaban "Tu familia", "Tus Amigos", "Tus Compañeros de Trabajo", llegó el Ministro montado entre los redondos cantos de su Jaguar, a la misma hora de siempre.  Esta vez para dar las condolencias a Antonieta y el último adios a su vecina.

     No hizo excepciones, igual que cualquier otro día de calor, esos en los que el mercurio tocaba los treinta y ocho grados a la sombra en una  Buenos Aires donde quemaba hasta el zumbido de las chicharras, el Ministro se bajó del auto en calzoncillos con los pantalones prolijamente doblados sobre el brazo.  El barrio parecía un sainete, un cruce caprichoso de vidas entre los adoquines por los que aún pasaba el tranvía.


FOTOS ALICIA SEGAL


VICENTICO - EL OTRO - SOLO UN MOMENTO

02 febrero 2011

HOMÓGRAFOS

Escapan de un dibujo imaginario
las infames palabras malgastadas.
Ignoran su acepción, domesticadas
en la prisión de un fértil diccionario.
Se encadenan a su significado
de nimia variedad de enciclopedia
cumpliendo el triste rito cotidiano
del contenido hipócrita que encierran.
No pueden mencionar lo que no existe.
Con silenciosa inequidad y engaño
pronuncio uno por uno los vocablos
que al golpear con mis labios se resisten.
Se transforma en homógrafo el Hambre,
ya no es el hambre light, es Hambre inmunda,
Hambre feroz matada por el Hambre.
Descarrila en los folios el lenguaje,
en la tinta de una pancarta burda.
Cáscaras secas caen de mi boca
nombrando Horror, Pobreza y Resistencia.
La justicia, una fantasía obscena
deja una trampa absurda en los fonemas,
nos niega la Verdad de Miserables.

31/01/2011


FOTO WERNER BISCHOF

24 enero 2011

La suburbana blues- La brisa y el sol

RECUPERAR LA CORDURA

Perder
por extenuación
la adicción a tus pociones.
Matar al galope al corazón
y que enmudezca.
Que se apriete como un puño
aunque quiera buscar 
como flecha su diana.
Soltar las cadenas
al fantasma de tu cuerpo
que se me pega a la piel
como placenta.
Olvidar tu voz,
el sabor de tu voz sobre mi lengua.
Olvidar incluso tu espejismo
para no saber que te amé
ni que te odié de tal manera.
Constatar que aún estás
aunque no pueda verte,
que en la ausencia de mí
ésta locura se vuelve impertinente
y no me deja escapar
hacia la triste cordura
donde aún están anclados tus ojos.

23/01/2011

FOTOGRAFÍA ANTONIO SEGURA LEÓN

16 enero 2011

EL CIELO PUNTO COM

   Todos ellos habían llegado hasta ahí después de completar exhaustivos cuestionarios.  Pero Ana K. se iría a dormir una vez más bajo la mirada crooner de Tom Waits que le decía..."Well...the moon was gold...her hair like wind...she said don´t look back" desde los acordes de "Hold on".  Todo había cambiado tanto...Ya no podía tirar sus huesos en el sofá de algún bar para enredarse con el humo y el gin tonic en alguna conversación interminable por la que pasaran Nick Cave o Leonard Cohen.  Ahora el aire inmaculado de los bares se intoxicaba de conversaciones banales y puntos suspensivos de los que salían a fumar a la calle.  Así que tomó la decisión  y antes de lavarse los dientes encendió el penúltimo cigarrillo de la noche y prefirió continuar.  Mientras respondía veía las lamparillas noctámbulas del chat y paladeaba alternadamente a Clapton, al Winston, a Joe Cocker o a Johnny Cash.  Tendría que esforzarse un poco más , ahora vendría esa parte del relato que no puede ser ejecutado con púa, donde hace falta sacar las uñas y agudizar los sentidos, explorarlos, abrir las compuertas del recuerdo y dejar que fluya esa catarata como entre los dedos de un bluesman.
Apareció un cartel que decía:  "Si quiere avanzar en la aplicación agregue el nombre completo de las personas más importantes de su vida".  Comenzó a pensar y se dio cuenta que si no arrancaba de una vez, nunca lo haría.  Desde la infancia no, muy tedioso, la mayoría ya estarían muertos.  Entonces escribió sólo los nombres de aquellos que pudieran sobrevivirla: su hijo, su marido, su amante, sus hermanos, algunos pocos amigos...
Un paso más y otra barrera, una nueva aplicación que le decía:  "Seleccione una de las personas importantes y describa extensamente los recuerdos en común ".
Escogió a Luis primero y comenzó por aquel día de la primera nieve, recogiendo ramas para echar a un fuego que ya se había extinguido.  Intentó describir sus labios morados y helados, sus gruesos guantes, los kilómetros de abrigos que separaban los cuerpos, el olor en el aire de los robles y la bondad de las castañas en magosto.  Procuró volcar cada palabra, cada silencio necesario, las peleas, las reconciliaciones. 
Durante el día apuntaba en una libreta todas las imágenes que aparecían en su mente, un flashback que entraba en la moviola y nunca se detenía.  Entonces se preguntaba cuál sería el siguiente de la lista, cuál era el orden ? Era aleatorio.  No lo marcaba la razón.  Le costaba desprenderse de todos sus recuerdos que cobraban la identidad de objetos cuando los narraba.  En el momento de soltarlos repetía una y otra vez el ritual de cada despedida para dejar de ser un hecho doloroso y transformarse en un estado permanente, quedaban ahí transcriptos en el portal del tiempo y el espacio ocupando un lugar que no podría ser violado ni siquiera después de su muerte.
Pensó en su hijo y reanudó la escritura.  La primera vez que notó su presencia dentro del cuerpo, la forma en que su cabeza sobreabultaba su vientre cuando se acomodaba, el primer instante en que lo pusieron en sus brazos, la forma de dormir y de asustarse. 
Pero cómo podría describirle el sonido del vuelo de una mariposa, lo sutil, lo inasible, lo inalienable.  Todas las veces que le leyó un cuento o las mañanas de domingo cuando juntos pintaban un cuadro.
Así fue pasando por toda su vida, día tras día, por toda su vida compartida. Lo escrito. Lo dicho. Lo escuchado. Lo contemplado. Lo fotografiado.  Por todos los momentos que además de ella algún otro podría recordar.  Escaneó álbum tras álbum.  Agregó a ese mundo de humo cada archivo de su música, la banda de sonido de toda su existencia, un songster que ejecuta su última melodía.
Un día cualquiera, después de muchos años, Dante encendió el ordenador y escribió: "Mamá, te extraño".  Y alguien del otro lado respondió : "Hola amor, yo también te extraño.  ¿Recuerdas esa tarde de verano cuando corrimos por el parque?

09 enero 2011

CADENA PERPETUA

Me has condenado
a la prisión de tu silencio
mutilando sentidos
desgarrando la carne.
No importan para nada
los recuerdos,
van mutando irremediablemente
en otras realidades.

El hombre es ese dios que cree
poseer el vano don
de moldear su pasado
haciendo su presente
soportable...

Pero cuenta solamente
con el fatuo poder
de la palabra
que teme al fuego
y que en el mapa traza
como una coordenada
cualquier hecho fortuito
indeclinable
que ha quedado marcado
para siempre
en esa decadente evolución
de la rueda y los relojes.

Sólo el olvido nos bendice
o nos maldice
con otro comienzo.


Foto Vari Carames   www.varicarames.com



   

04 enero 2011

TRENES



Subió al tren de las doce.
La ventana entreabierta
y la brisa pasaba
y pasaba la noche.
Su pelo le marcaba
la dimensión,
el rumbo,
se apagaron las luces
y comenzó el viaje.
Cruzaron todo un bosque,
una foresta inmensa
de húmedos helechos.
Ella miraba al frente
y el horizonte huía,
él ansiaba abrazar
otro que se acercaba.
Tumbados frente a frente
notaron que el vacío
rozaba sus miradas,
que cada uno viajaba
en un tren diferente.
Aún así se amaban,
se olían, se tocaban
en un vagón imaginario
en el que se prendían
fuego las palabras,
los labios se tornaban
jinetes de carmín
sobre las blancas sábanas.        
De rubias Afroditas
se poblaron los andenes
y sus cuerpos se apearon
en estaciones con lunas
para verse desnudos
y retomar el viaje
con la piel entrelazada.

Foto Berenice Abbott